Pintar lo que las palabras no alcanzan: el diario íntimo de Ana Montes
En Diario de pintura, publicado por Bosque Energético, la escritora y artista visual explora la relación conflictiva entre dos lenguajes. El libro nació como un ejercicio para desprenderse de La flamenca, pero terminó convirtiéndose en una búsqueda íntima: conservar algo de Perla Golbert, su abuela materna, que dedicó su vida a las palabras y fue perdiendo la capacidad de hablar.
ANA MONTES PLANETA ABRIIL 2025
“Siento que es una relación conflictiva, como cualquier relación pasional: si toma mucho espacio la pintura, pierde la escritura; si toma mucho espacio la otra, pierde la pintura”. La que lo dice es Ana Montes, escritora y pintora, autora de cuadros, tapas de libros y también libros, como La flamenca, en el que rescata la vida de la artista Emilia Gutiérrez. Lo suyo es una relación de fuerzas, de convivencias no siempre mansas. A veces gana una, a veces la otra.
De todo eso, de esa cinchada, surgió “Diario de pintura”, que acaba de publicar Bosque energético. Pero no sólo de ese tironeo: en el centro del libro está Perla Golbert, su abuela materna. Lingüista, curiosa, inquieta, interesada tanto en la ópera como en las canciones populares, en el latín y en los relatos que recopilaba y estudiaba de la comunidad mapuche de Ruca Choroy, Perla fue para Montes una figura difícil de encasillar.

Nunca la llamó abuela. Fue Perla o Perli. “En las familias, siempre hay una persona que es un faro, alguien que deja una marca distinta. En mi familia, sin dudas, es mi abuela. Siempre me pareció que la palabra personaje iba bien con ella porque era eso, un personaje fascinante, en todo sentido: súper elocuente, muy misteriosa, muy poco abuela, muy distinta a una abuela”, dice desde el otro lado de la pantalla, en una mañana de viernes y desde un lugar con distinto uso horario.
Ana Montes empezó a darle forma a este diario un poco empujada por el consejo de una amiga que le sugirió que se pusiera a escribir para soltar su anterior novela, “La Flamenca”. En un cuaderno que llevaba en la cartera, y a mano, tomó notas de los colores de las ciudades que visitaba (el azul de Prusia y el gris petróleo de Oporto, el rosa viejo y el mostaza de un atardecer de Madrid), de ese hilo que une un lienzo con un papel, de la dificultad de traducir el nombre de su abuela en una pintura: la perla como un joya natural y Golbert, una deformación del apellido Goldberg, que remite a una montaña de oro. La imagen le parecía hermosa, pero, pese a todos los intentos, no alcanzaba para abarcar a la mujer.
Cuando tenía veinte años, Montes se anotó en la clínica de obra de Diana Aisenberg con una intención: acercar la escritura y la pintura, volverlas una sola cosa. Fue todos los miércoles durante cinco años. Aprendió a trabajar sobre la superficie completa, a construir colores a partir de pizcas de pigmentos y a repetir movimientos hasta que el trazo desapareciera en la mancha.
El puente que había ido a buscar no apareció entonces. “En este libro me interesaba indagar en los distintos lenguajes mediante los que se puede llegar a decir algo. Por eso incluí la figura de mi abuela. Creo que el puente siempre se está tratando de tender: la escritura siempre está tratando de decir lo que no puede decir; la pintura está tratando de pintar lo que no puede pintar”, dice.

Cuando, en la clínica de Aisenberg, le preguntaron por qué se había convertido en artista, Ana eligió a su abuela como respuesta. En ella reconocía una forma de vivir que le resultaba reveladora: la pasión por lo propio, la curiosidad, y una relación con el trabajo que no necesitaba convertirse en reconocimiento público. “Ella nunca renunció a lo suyo, a lo propio, que por ahí no era tan común en esa época. A mí eso siempre me pareció un faro, por su pasión por lo propio, y a la vez porque tenía una humildad muy grande”.
La historia de Perla también está hecha de un tironeo. Viajaba a congresos, recorría lugares, perseguía sus intereses. Sus hijos, recuerda Montes, crecieron con una madre que no respondía al modelo de maternidad de su época. Años después, cuando su abuela se enfermó y empezó a perder sus habilidades, la escritora sintió la urgencia de conservar algo de aquella mujer. “Hace unos años, no tantos, se deterioró mucho, y fue muy triste, es muy triste. Creo que este diario es un intento medio desesperado de ver cómo conservar algo de ella”.
La pérdida del lenguaje volvió ese intento todavía más urgente. Perla, que había dedicado su vida a las palabras y al lenguaje, fue dejando de hablar. “Me pareció muy tirano que ella, que era tan elocuente y tan amante de las palabras y del lenguaje en general, lo perdiera”.
El libro se construye alrededor de esa paradoja. “Es una especie de intento desesperado de conservar algo de eso, de su aura”.
“La mano se cansa, la atención está en las ideas, pero también en el trazo. Lo que se escribe, por más que se tache, deja una huella en el papel y el papel es finito, como un bastidor. Cuando se termina el espacio, se termina la pintura”, escribe en el libro. Y también esto: “para pintar elijo siempre el formato breve (…) En la escritura también tiendo a lo breve. Sólo sé escribir fragmentos. Me da miedo que la novela sea demasiado corta, como si su extensión determinara su valor. El formato breve suele asociarse a géneros menores. Quiero ir contra eso. Una novela breve. Una pintura breve. Una entrada de diario breve porque se termina la tinta de la lapicera”, escribe Ana.
El ejercicio le permitió alejarse de la novela mientras esperaba que siguiera su propio recorrido editorial. También le reveló algo que hasta entonces no había terminado de formular: el puente empezaba a tenderse.
No se trata, para ella, de que ambas disciplinas convivan de manera armoniosa. Es, más bien, una pelea territorial, una disputa por el tiempo y la atención. “Yo creo que la pintura es la que más me enseñó a tener la mirada que tengo sobre el mundo, y eso lo aplico cien por cien en la escritura”, dice. “La enseñanza de la pintura tiene mucho que ver con aprender a mirar para afuera. No tiene que ver con una cosa introspectiva, ensimismada, es como aprender a mirar, a decodificar lo que ves. A mí me parece muy rica esa forma de pensar, te da plasticidad mental, y yo trato de escribir así”.
Esa atención al detalle explica también su preferencia por los formatos breves y la escritura fragmentaria. “Hay algo del detalle y de que nada puede sobrar, que hace que todo tenga que ser una ingeniería lo más cercana posible, una relojería en la que todo funcione bien, que me parece como un desafío que a mí me gusta mucho”.

Aunque escribió para soltar su anterior novela, hay un tono que se cuela. Es el rojo, que obsesionaba a Emilia Gutiérrez y también a la autora. Aquí, en este diario, tiene quizás, una continuidad involuntaria: una tinta que termina manchando el cuaderno, el jean y la mochila; un tono que se impone y vuelve visible aquello de lo que la autora todavía no logra desprenderse. “Me gusta pensar un poco este libro como un lado B del otro, como una voz más íntima, más chiquita, más mía, que también sigue acarreando la obsesión de su personaje”, dice.
Todo eso queda condensado en el diario, en el tironeo entre sus maneras de contar, y en esa abuela/faro que se resiste a ser traducida en un cuadro, o en palabras.
“Siento que es una relación conflictiva, como cualquier relación pasional: si toma mucho espacio la pintura, pierde la escritura; si toma mucho espacio la otra, pierde la pintura”. La que lo dice es Ana Montes, escritora y pintora, autora de cuadros, tapas de libros y también libros, como La flamenca, en el que rescata la vida de la artista Emilia Gutiérrez. Lo suyo es una relación de fuerzas, de convivencias no siempre mansas. A veces gana una, a veces la otra.
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