Cuando leer sea cool

¿En algún momento podrá la lectura convertirse en una moda? Elementos no faltan: cada día aparecen más dispositivos que facilitan esa maravillosa aventura de abrir un libro.

Redacción

Por Redacción

Claudio Andrade candrade@rionegro.com.ar

Un día le llegará su turno en la aldea de los eternamente colgados on-line. Global, perdón. La lectura, el acto de leer novelas, poesía, textos de divulgación científica, filosofía, largo etcétera, se convertirá en un momento o en otro en un hecho “cool”, en moda, en uno de esos exquisitos aunque populares objetos prêt-à-porter que sus dueños sienten el orgullo de poseer. Es decir: llegará la tarde de sábado en que Juanito podrá lucir tanto el auto del año con 4.000 kilómetros a la fecha, flamante, como un volumen de William Faulkner, “Sartoris”, una de las primeras novelas del autor norteamericano. “Faulkner recomendaba leer este libro antes que los otros porque representaba un momento iniciático a lo largo de su carrera”, explicará el “Flaco” a sus amigos que lo escucharán con la prepotencia de la curiosidad brillando en sus mejillas. Por una vez en décadas, leer significará tanto como vestir bien. ¿Por qué? Porque está visto que a todo le llega su turno de liviandad. De imaginario colectivo. De hacinamiento. A todo y a todos nos alcanzan aquellos 15 minutos de gloria de los que hablaba Andy Warhol. Incluso a la palabra con gesto literario. Entonces alguien recordará vagamente que los científicos aseguraban que leer traía aparejados amplios beneficios relacionados con el desarrollo de la inteligencia y la prevención de enfermedades de la memoria. Y hasta alguno citará un trabajo, amplio y definitivo, como el de la Asociación Sociológica Británica que establece que existe un correlato entre el éxito económico y la lectura. En otro términos, que quienes leen profusamente en su infancia y adolescencia tienen un gran porcentaje de posibilidades de alcanzar puestos gerenciales en su vida laboral adulta. Esto no es “fruta”, no lo dice el periodista, lo indican los doctores. Ese momento utópico, más no desprovisto de un riguroso plan de marketing, del que hablo no tardará demasiado en llegar. La aparición furiosa de rutilantes dispositivos de lectura: tablets, teléfonos inteligentes, televisores inteligentes, lavarropas inteligentes y ¡hasta planchas inteligentes! (lo sé porque acabo de comprarme una que todavía no entiendo pero, según el prospecto, terminará ella sabiendo bastante de mí) está disparando la posibilidad hacia nuevos espacios de lectura y así hacia nuevas oportunidades compositivas. Hace un par de años el periodista y escritor Hernán Casciari se imaginaba una novela interactiva que daba formal inicio con la chispa del primer autor para luego multiplicarse en una red de imágenes y situaciones dibujadas por miles o acaso millones de otros autores-usuarios interesados en prolongar la trama. Entonces, en este caso, todos los recursos resultarían pertinentes. Textos de una línea o párrafos completos, la inclusión de fotografía y video en HD con epígrafes o subtítulos, música compuesta especialmente para ciertas escenas con canciones de letras que encajen en el tópico, diálogos recreados; en fin, el Aleph o una de las tantas formas del Aleph hecho cuerpo pos-Borges (porque al parecer a Borges esto y más se le había ocurrido 60 años atrás). Sin embargo, para que esto acontezca, para que escribir y explayarse con soltura sea como jugar impávido una mano de poker o dar un pase profundo con el balón, primero hay –habrá– que leer. Y para escribir y seducir hay que leer mucho más. Mucho. En una columna publicada la semana pasada en “El Mercurio”, la excelente periodista argentina Leila Guerriero señalaba (y lo hizo pensando especialmente en los periodistas): “Querer escribir, y no querer leer, no sólo es un contrasentido. Querer escribir y no querer leer es una aberración”. Leer y escribir son secuencias de un misma película. Alternativas de un mismo plan maestro. Sus destinos se encuentran atados de un modo tan misterioso como necesario. Es una expresión capicúa de la divinidad. O de una inteligencia superior, quién sabe. Entonces, ya lo verán, un día leer será un motivo de pavoneo. Mientras tanto, leer (puesto que escribir se vincula más al apetito por trascender) continúa siendo lo que es: una ventana abierta, un tesoro que espera a su pirata. La verdadera semilla de una revolución interior.

Faulkner recomendaba comenzar la lectura de su obra por “Sartoris”.


Claudio Andrade candrade@rionegro.com.ar

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