Pelea previsible

En nuestro país, cualquier presidente del Banco Central que se dé el lujo de hacer su trabajo corre riesgo de ser defenestrado.

Redacción

Por Redacción

Durante un par de días, el mercado cambiario se vio tan agitado por el conflicto entre el Ministerio de Economía y el Banco Central que fue provocado por sus diferencias de opinión sobre la mejor forma de abrir, aunque fuera parcialmente, el corralito que el peso perdió casi el diez por ciento de su valor. Sin embargo, el nerviosismo así manifestado se habrá debido menos al hecho de que según los medios de difusión Roberto Lavagna y Mario Blejer, secundados con entusiasmo por sus respectivos colaboradores, estaban intercambiando lindezas poco amables, que a la sospecha nada arbitraria de que el episodio podría culminar con la renuncia del banquero. Ocurre que en el mundo entero es normal que el titular de Economía, un funcionario que es obligado por su papel a tomar en cuenta una multitud de factores políticos, se enfrente a veces con el jefe del Banco Central, persona cuya misión fundamental consiste en defender el valor de la moneda.

Lo que a esta altura no es normal es que los titulares del Banco Central sean removidos con regularidad a causa de la presión de políticos enojados por su resistencia a compartir sus prioridades. Sin embargo, como es notorio, en nuestro país cualquier presidente del Banco Central que se dé el lujo de tratar de hacer su trabajo correrá el riesgo de ser defenestrado sin miramientos por populistas resueltos a atribuirle la responsabilidad por la pobreza, la falta de recursos «sociales», las deficiencias del sistema bancario o sus pecados doctrinarios. Por lo tanto, es lógico que muchos hayan pensado que Blejer compartirá el destino de Pedro Pou, lo cual permitiría a los inflacionistas anotarse otro triunfo. De difundirse la convicción de que Blejer no sólo se quedará sino que también se ha mantenido en sus trece, empero, se vería fortalecida la confianza en la voluntad oficial de impedir que el proceso inflacionario que ya está en marcha desemboque en un estallido hiperinflacionario.

Por motivos comprensibles, tanto aquí como en otras latitudes la mayoría suele sentir más simpatía por el ministro de Economía que por el presidente del Banco Central. Por cierto, el deseo de Lavagna de instrumentar cuanto antes una serie de planes que servirían para que los ahorristas por lo menos pudieran usar su dinero secuestrado -y devaluado- para la compra de autos cero kilómetro y casas nuevas, parece mucho más atractivo que la oposición tajante de Blejer a cualquier medida que podría permitir que pesos liberados terminaran transformándose en dólares. Los técnicos del Banco Central creen que la tasa de cambio actual, que claramente no corresponde al poder de compra del peso, se ha debido al «goteo» del corralito estimulado por jueces por razones que no siempre han sido transparentes, y que de aplicarse las recetas de Lavagna el dólar se dispararía y el gobierno tendría que elegir entre la caída en cascada de los bancos por un lado y la emisión hiperinflacionaria por el otro.

Claro, en nuestro país es tradicional que los políticos, acompañados por «la gente», se nieguen a tomar en serio las advertencias de personas como Blejer, sobre todo si el ministro de Economía de turno insiste en que el peligro es mínimo. Después de todo, es cuestión de comparar los beneficios casi inmediatos que produciría la apertura parcial del corralito con las desventajas a medio plazo previstas por los banqueros. Con todo, gracias a nuestra experiencia en materia de hiperinflación y la conciencia de que hoy en día el «largo plazo» podría significar la semana que viene, muchos preferirían la cautela recomendada por el malo de esta película, a arriesgarse con un ministro que tiene sus motivos para querer desempeñar el papel del bueno. Asimismo, es de suponer que el presidente Eduardo Duhalde ya se habrá enterado de que las felicitaciones que recibiría si decidiera flexibilizar el corralito se convertirían muy pronto en insultos y denuncias en el caso de que poco después se desatara una nueva marejada hiperinflacionaria que con toda seguridad pondría un punto final dramático a una gestión que a juicio de una proporción cada vez mayor de la ciudadanía será recordada como una de las peores, cuando no la peor, de la historia de un país que ya se ha acostumbrado a verse defraudado por sus mandatarios.


Durante un par de días, el mercado cambiario se vio tan agitado por el conflicto entre el Ministerio de Economía y el Banco Central que fue provocado por sus diferencias de opinión sobre la mejor forma de abrir, aunque fuera parcialmente, el corralito que el peso perdió casi el diez por ciento de su valor. Sin embargo, el nerviosismo así manifestado se habrá debido menos al hecho de que según los medios de difusión Roberto Lavagna y Mario Blejer, secundados con entusiasmo por sus respectivos colaboradores, estaban intercambiando lindezas poco amables, que a la sospecha nada arbitraria de que el episodio podría culminar con la renuncia del banquero. Ocurre que en el mundo entero es normal que el titular de Economía, un funcionario que es obligado por su papel a tomar en cuenta una multitud de factores políticos, se enfrente a veces con el jefe del Banco Central, persona cuya misión fundamental consiste en defender el valor de la moneda.

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