Escobar anglófono
La eventual "derrota" del inglés en la Argentina no perjudicaría a los norteamericanos, británicos, canadienses y australianos, sino a los argentinos mismos.
Molesto por la proliferación de carteles en inglés en su jurisdicción, el intendente de Escobar, Luis Patti, ha ordenado a los comerciantes agregarles una traducción al castellano del mismo tamaño y tipo de letra antes de mayo del 2004 con el propósito, dice, de ayudar a quienes no pueden entender nada del galimatías que les supondrán palabras como «drugstore», «video games», «shopping», «sale» y otras de procedencia sajona. Según el político, el uso del inglés es discriminatorio, porque los jóvenes de hogares pobres no son capaces de entenderlo. Sin embargo, de ser éste un problema significante, Patti también tendría que disponer que palabras acaso castizas pero aun así difíciles como «odontólogo» sean escoltadas por una traducción menos académica como «dentista» o, lo que sería preferible, mejorar los colegios de Escobar a fin de que todos los chicos de la zona puedan entender todos los carteles. Pero, claro está, las alusiones del ex comisario a la discriminación social supuesta por la «invasión» del inglés son meros pretextos. Es de suponer que lo que le interesan no son las deficiencias de los colegios de su partido o la incomprensión de «los humildes», sino el deseo de anotarse como un líder nacionalista en un momento en que la negativa de Estados Unidos de enviarnos más dinero está alimentando una reacción «antiimperialista» que, por motivos evidentes, muchos integrantes de la clase política quisieran estimular y, cuando no, aprovechar.
Patti dista de ser el único político que se haya sentido irritado por la presencia cada vez más frecuente del inglés y sería una exageración tomar su actitud por una manifestación de nacionalismo cerril típicamente argentino. La verdad es que en muchos países el fastidio ocasionado por la irrupción de vocablos de origen presuntamente inglés ha estimulado legislación encaminada a proteger las esencias lingüísticas patrias. En Francia, la lucha contra la lengua de los eternos rivales «anglosajones» es para muchos una prioridad nacional desde hace más de medio siglo y ha dado pie a leyes decididamente autoritarias. Asimismo, en Alemania parlamentarios conservadores han intentado frenar el uso del inglés esgrimiendo argumentos en cierto modo similares a los empleados por Patti, aunque en su caso se han quejado por la discriminación contra los ancianos porque sucede que la mayoría abrumadora de los jóvenes alemanes entiende inglés muy bien. Con todo, en una época en que, nos guste o no, el inglés se ha convertido en el idioma internacional por antonomasia -los anglófonos nativos ya constituyen una minoría y se prevé que dentro de treinta o cuarenta años más de la mitad de la población mundial estará en condiciones de hablarlo, aunque fuera de manera rudimentaria-, todos los intentos de impedir su difusión están destinados a fracasar, porque ya no es una cuestión de modas pasajeras ni del poderío económico norteamericano, sino del hecho patente de que en un mundo «globalizado» les convenga a todos poder comunicarse con los demás. Así, pues, la eventual «derrota» del inglés en la Argentina no perjudicaría a los norteamericanos, británicos, canadienses y australianos, sino a los argentinos mismos.
Irónicamente, parecería que a juicio de Patti la vanguardia de la nueva invasión inglesa está conformada por los comerciantes de Escobar, personas que con escasas excepciones no se habrán familiarizado demasiado con «la lengua del imperio», pero que por sus propios motivos han optado por bautizar sus negocios con nombres de resonancias norteamericanas, sin duda por descontar que sirven para otorgarles una imagen más «moderna» y más «primermundista». En vista de que su intención consiste en comunicarse lo mejor posible con sus clientes en potencia, los políticos deberían respetar su voluntad, absteniéndose de amonestarlos por no compartir sus ideas en cuanto a la identidad nacional. Si lo que quieren es prestigiar más el uso de la variante local del castellano entre aquellos compatriotas que han adquirido cierto gusto por las palabras en inglés, la única forma de lograrlo consistiría en trabajar con más eficacia para que nadie tenga motivos para suponer que los productos, las instituciones, el sistema educativo y, huelga decirlo, los políticos argentinos no están a la altura de sus equivalentes anglosajones.
Molesto por la proliferación de carteles en inglés en su jurisdicción, el intendente de Escobar, Luis Patti, ha ordenado a los comerciantes agregarles una traducción al castellano del mismo tamaño y tipo de letra antes de mayo del 2004 con el propósito, dice, de ayudar a quienes no pueden entender nada del galimatías que les supondrán palabras como "drugstore", "video games", "shopping", "sale" y otras de procedencia sajona. Según el político, el uso del inglés es discriminatorio, porque los jóvenes de hogares pobres no son capaces de entenderlo. Sin embargo, de ser éste un problema significante, Patti también tendría que disponer que palabras acaso castizas pero aun así difíciles como "odontólogo" sean escoltadas por una traducción menos académica como "dentista" o, lo que sería preferible, mejorar los colegios de Escobar a fin de que todos los chicos de la zona puedan entender todos los carteles. Pero, claro está, las alusiones del ex comisario a la discriminación social supuesta por la "invasión" del inglés son meros pretextos. Es de suponer que lo que le interesan no son las deficiencias de los colegios de su partido o la incomprensión de "los humildes", sino el deseo de anotarse como un líder nacionalista en un momento en que la negativa de Estados Unidos de enviarnos más dinero está alimentando una reacción "antiimperialista" que, por motivos evidentes, muchos integrantes de la clase política quisieran estimular y, cuando no, aprovechar.
Registrate gratis
Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento
Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora