El futuro del chavismo

Redacción

Por Redacción

Luego de la muerte de su fundador, el peronismo, que ya había dejado de ser un movimiento con doctrinas más o menos coherentes, siguió ampliándose y subdividiéndose hasta cubrir todo el mapa ideológico del país, desde el “neoliberalismo” que adoptaría Carlos Menem en los años noventa hasta variantes locales –por fortuna meramente teóricas– del colectivismo estalinista o, según sus adherentes, maoísta. Es probable que lo mismo suceda con el chavismo. Si bien, a diferencia del peronismo después del exilio de Juan Domingo Perón, el chavismo no se ha alejado mucho de sus orígenes, en el fondo se trata de un movimiento similar, típicamente latinoamericano, que se formó en torno al carisma de un militar determinado, Hugo Chávez, de suerte que la enfermedad, y la eventual muerte, del caudillo le planteará desafíos muy diferentes de los enfrentados por partidos políticos de otras latitudes que se basan en intereses compartidos. Aunque el sucesor elegido por Chávez, el canciller y vicepresidente venezolano Nicolás Maduro, ha jurado permanecer fiel al legado de su jefe, no podrá sustituirlo. Desde antes de iniciar en febrero de 1999 su primera gestión como presidente, Chávez ha dominado por completo el panorama político de su país, “comunicándose” con sus habitantes a través de programas televisivos maratónicos casi diarios repletos de discursos interminables, comentarios chistosos, canciones e incluso bailes. Así las cosas, Maduro no tendría posibilidad alguna de ocupar su lugar. Por lo demás, a menos que, para sorpresa de los especialistas médicos que prevén lo peor, Chávez logre recuperarse del cáncer que lo ha obligado a someterse a otra intervención quirúrgica en Cuba, será necesario que se celebren nuevas elecciones presidenciales. Como candidato, Maduro contaría con cierta ventaja emotiva, ya que muchos venezolanos querrían manifestar su lealtad hacia Chávez, además del apoyo del inmenso aparato electoralista construido por el gobierno y el control absoluto de todas las instituciones estatales, incluyendo un imperio mediático que envidiarían los kirchneristas, pero así y todo no le sería tan fácil triunfar si la oposición se encolumnara nuevamente detrás de Henrique Capriles, el que, en octubre pasado, obtuvo 6,5 millones de votos y, conforme a las encuestas de opinión, hubiera derrotado a cualquier oficialista con la excepción de Chávez mismo. Como sabemos muy bien, en los movimientos políticos unipersonales el líder máximo suele rodearse de individuos que no están en condiciones de hacerle sombra, razón por la que, en su ausencia, propenden a disgregarse. Con el fallecimiento de Perón, el peronismo se convirtió en escenario de una larga serie de batallas por la sucesión que aún no han llegado a su fin, ya que, luego de una tregua de varios años, sectores importantes del movimiento están distanciándose, algunos de manera subrepticia y otros de forma ostentosa, de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner. No sorprendería, pues, que aun cuando el chavismo sobreviviera por muchos años más, adquiriera formas muy distintas de las actuales. De todos modos, mientras que en la fase final de su vida Perón, transformado en un “león herbívoro”, asumió una postura moderada, de centroderecha, afirmándose decidido a superar las antinomias ocasionadas por su propio protagonismo, Chávez, que esperaba continuar en el poder por algunas décadas más, no ha hecho ningún esfuerzo por emularlo. Antes bien, ha intensificado su campaña retórica contra el “imperio” norteamericano, aliándose con las dictaduras más retardatarias del planeta como Irán, Bielorrusia y hasta Corea del Norte, sin por eso dejar de vender grandes cantidades de petróleo al enemigo. Según parece, Maduro comparte plenamente la hostilidad de Chávez hacia la superpotencia, pero así y todo, si lo sucede en el poder, se enfrentará con una situación que le daría motivos para modificar su actitud, puesto que es más que probable que aumente la tensión entre Irán y Estados Unidos que, por cierto, difícilmente toleraría que Venezuela respaldara abiertamente las actividades de los islamistas chiitas en América Latina. Asimismo, el eventual sucesor de Chávez tendría que intentar reparar los daños causados por muchos años de desgobierno económico, tarea ésta que, en los días que siguieron a su reelección, el caudillo mismo confesó era urgente.


Luego de la muerte de su fundador, el peronismo, que ya había dejado de ser un movimiento con doctrinas más o menos coherentes, siguió ampliándose y subdividiéndose hasta cubrir todo el mapa ideológico del país, desde el “neoliberalismo” que adoptaría Carlos Menem en los años noventa hasta variantes locales –por fortuna meramente teóricas– del colectivismo estalinista o, según sus adherentes, maoísta. Es probable que lo mismo suceda con el chavismo. Si bien, a diferencia del peronismo después del exilio de Juan Domingo Perón, el chavismo no se ha alejado mucho de sus orígenes, en el fondo se trata de un movimiento similar, típicamente latinoamericano, que se formó en torno al carisma de un militar determinado, Hugo Chávez, de suerte que la enfermedad, y la eventual muerte, del caudillo le planteará desafíos muy diferentes de los enfrentados por partidos políticos de otras latitudes que se basan en intereses compartidos. Aunque el sucesor elegido por Chávez, el canciller y vicepresidente venezolano Nicolás Maduro, ha jurado permanecer fiel al legado de su jefe, no podrá sustituirlo. Desde antes de iniciar en febrero de 1999 su primera gestión como presidente, Chávez ha dominado por completo el panorama político de su país, “comunicándose” con sus habitantes a través de programas televisivos maratónicos casi diarios repletos de discursos interminables, comentarios chistosos, canciones e incluso bailes. Así las cosas, Maduro no tendría posibilidad alguna de ocupar su lugar. Por lo demás, a menos que, para sorpresa de los especialistas médicos que prevén lo peor, Chávez logre recuperarse del cáncer que lo ha obligado a someterse a otra intervención quirúrgica en Cuba, será necesario que se celebren nuevas elecciones presidenciales. Como candidato, Maduro contaría con cierta ventaja emotiva, ya que muchos venezolanos querrían manifestar su lealtad hacia Chávez, además del apoyo del inmenso aparato electoralista construido por el gobierno y el control absoluto de todas las instituciones estatales, incluyendo un imperio mediático que envidiarían los kirchneristas, pero así y todo no le sería tan fácil triunfar si la oposición se encolumnara nuevamente detrás de Henrique Capriles, el que, en octubre pasado, obtuvo 6,5 millones de votos y, conforme a las encuestas de opinión, hubiera derrotado a cualquier oficialista con la excepción de Chávez mismo. Como sabemos muy bien, en los movimientos políticos unipersonales el líder máximo suele rodearse de individuos que no están en condiciones de hacerle sombra, razón por la que, en su ausencia, propenden a disgregarse. Con el fallecimiento de Perón, el peronismo se convirtió en escenario de una larga serie de batallas por la sucesión que aún no han llegado a su fin, ya que, luego de una tregua de varios años, sectores importantes del movimiento están distanciándose, algunos de manera subrepticia y otros de forma ostentosa, de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner. No sorprendería, pues, que aun cuando el chavismo sobreviviera por muchos años más, adquiriera formas muy distintas de las actuales. De todos modos, mientras que en la fase final de su vida Perón, transformado en un “león herbívoro”, asumió una postura moderada, de centroderecha, afirmándose decidido a superar las antinomias ocasionadas por su propio protagonismo, Chávez, que esperaba continuar en el poder por algunas décadas más, no ha hecho ningún esfuerzo por emularlo. Antes bien, ha intensificado su campaña retórica contra el “imperio” norteamericano, aliándose con las dictaduras más retardatarias del planeta como Irán, Bielorrusia y hasta Corea del Norte, sin por eso dejar de vender grandes cantidades de petróleo al enemigo. Según parece, Maduro comparte plenamente la hostilidad de Chávez hacia la superpotencia, pero así y todo, si lo sucede en el poder, se enfrentará con una situación que le daría motivos para modificar su actitud, puesto que es más que probable que aumente la tensión entre Irán y Estados Unidos que, por cierto, difícilmente toleraría que Venezuela respaldara abiertamente las actividades de los islamistas chiitas en América Latina. Asimismo, el eventual sucesor de Chávez tendría que intentar reparar los daños causados por muchos años de desgobierno económico, tarea ésta que, en los días que siguieron a su reelección, el caudillo mismo confesó era urgente.

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