El hombre del norte

Redacción

Por Redacción

El secretario del Tesoro norteamericano Paul O»Neill no habrá visto nada en el curso de su breve visita al país que no pudo haber averiguado en Washington, pero es posible que su gira de inspección haya servido para algo al brindarle algunos pretextos plausibles para modificar su actitud frente a una crisis que está resultando ser mucho más devastadora de lo que cualquiera había pronosticado. Como miembro clave del equipo del presidente George W. Bush, al iniciar su gestión a comienzos del año pasado O»Neill se veía comprometido con una política de «dureza» hacia los países que se negaban a manejar sus cuentas con realismo y por lo tanto se oponía por principio a los rescates masivos que habían organizado sus antecesores del gobierno del presidente Bill Clinton. La rigidez así supuesta tenía sus méritos: no cabe duda de que nuestros gobernantes se habían acostumbrado a la idea de que en última instancia el FMI les permitiría seguir gastando mucho más de lo debido, enviándoles miles de millones de «dólares frescos» toda vez que el paquete anterior se agotara, mientras que la manera festiva con la que Adolfo Rodríguez Saá proclamó el default no pudo haber sido más vergonzosa. Sin embargo, pese a que el escarmiento que siguió a aquel alarde de estupidez habrá tenido algunos efectos positivos al enseñarle a la mayoría de los políticos la importancia de respetar ciertas reglas básicas, las consecuencias para el país en su conjunto han sido tan brutales que ya está resultando contraproducente.

A más de medio año del default, escasean los dirigentes políticos que aún se nieguen a reconocer que el desastre se debe principalmente a nuestros propios errores. Incluso el presidente Eduardo Duhalde, político que antes de llegar a la Casa Rosada encarnaba la irresponsabilidad populista, se ha visto obligado a hacer del acuerdo con el FMI y la reintegración «al mundo» una prioridad absoluta. Pero, como los gravísimos problemas del Brasil, Uruguay y otros países latinoamericanos están mostrando, es muy poco realista atribuir el colapso de nuestro sistema financiero a nada más que la estupidez de la clase política. Como O»Neill, un «industrialista» que comparte el desprecio por las finanzas de los populistas locales, ya entenderá, los movimientos de capitales que viajan de un país a otro impulsados por rumores se han hecho tan colosales que pueden arrasar con sectores enteros que de otro modo hubieran resultado capaces de prosperar. Pues bien: lo que en Estados Unidos provocaría una recesión localizada o la bancarrota de una municipalidad, en América Latina podría ocasionar el desplome de un país mediano como la Argentina o incluso de uno tan grande como el Brasil. Al fin y al cabo, conforme a algunos cálculos nuestro Producto Bruto es inferior a aquel de muchas empresas privadas gigantescas, pero mientras que la desaparición de Enron o de WorldCom es tolerable en el contexto de la economía estadounidense, el hundimiento de un país abrumado por un maremoto financiero constituye una catástrofe de un orden de magnitud incomparablemente mayor.

Otra desventaja que enfrentan países como la Argentina consiste en el proteccionismo norteamericano y europeo que les impide vender sus productos agrícolas en los mercados que serían capaces de comprarlos. Si bien los prejuicios de los que por motivos ideológicos se oponen al campo han contribuido a empobrecernos, los golpes más brutales han sido los asestados por la Unión Europea, cuyas políticas agrícolas siempre han sido fijadas por Francia, y por Estados Unidos, cuyo gobierno acaba de dar a los granjeros locales el equivalente de 70 mil millones de dólares por motivos netamente políticos, para no decir electoralistas. En otras palabras, cuando hay intereses políticos de por medio, el gobierno de Bush está más que dispuesto a violar sus propios principios capitalistas. Por ahora, O»Neill y otros funcionarios norteamericanos se han resistido a incluir el destino de la Argentina entre tales intereses, pero ya que una variante de la misma crisis amenaza con desatar convulsiones económicas en el Brasil y muchos otros países de la región, tienen motivos concretos para pensar nuevamente y con mayor seriedad sobre lo que está sucediendo en esta parte de América Latina.


El secretario del Tesoro norteamericano Paul O"Neill no habrá visto nada en el curso de su breve visita al país que no pudo haber averiguado en Washington, pero es posible que su gira de inspección haya servido para algo al brindarle algunos pretextos plausibles para modificar su actitud frente a una crisis que está resultando ser mucho más devastadora de lo que cualquiera había pronosticado. Como miembro clave del equipo del presidente George W. Bush, al iniciar su gestión a comienzos del año pasado O"Neill se veía comprometido con una política de "dureza" hacia los países que se negaban a manejar sus cuentas con realismo y por lo tanto se oponía por principio a los rescates masivos que habían organizado sus antecesores del gobierno del presidente Bill Clinton. La rigidez así supuesta tenía sus méritos: no cabe duda de que nuestros gobernantes se habían acostumbrado a la idea de que en última instancia el FMI les permitiría seguir gastando mucho más de lo debido, enviándoles miles de millones de "dólares frescos" toda vez que el paquete anterior se agotara, mientras que la manera festiva con la que Adolfo Rodríguez Saá proclamó el default no pudo haber sido más vergonzosa. Sin embargo, pese a que el escarmiento que siguió a aquel alarde de estupidez habrá tenido algunos efectos positivos al enseñarle a la mayoría de los políticos la importancia de respetar ciertas reglas básicas, las consecuencias para el país en su conjunto han sido tan brutales que ya está resultando contraproducente.

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