¿Dónde hay un mango, viejo Gómez?
Para consternación de Cristina, la Argentina se resiste a comportarse como quisiera. Acostumbrada como está la presidenta a que el país le entregue con gusto toda la plata que necesita para continuar alimentando como corresponde el gigantesco aparato político que heredó su marido y que, gracias a su ayuda abnegada, ha engordado aún más hasta adquirir sus dimensiones monstruosas actuales, le motivan indignación las protestas de quienes se niegan a darle todo cuanto pide, quejándose por la “presión impositiva”, el “cepo cambiario” y otros presuntos inconvenientes. En su opinión, son todos sujetos malos, amarretes, oligarcas que no saben nada de solidaridad con el pueblo trabajador. Si fueran buenas personas, invertirían con entusiasmo en el proyecto salvador que está cambiando la historia del país pero, por razones que le cuesta entender, son reacias a darle una mano. Así, pues, a pesar del asco que le provoca tanta mezquindad antipopular, Cristina ha decidido ofrecerles una oportunidad, la última, para poner el hombro al gran proyecto nacional que tanto está beneficiando a los pobres, víctimas de los horrores de la década de los noventa neoliberal, de ahí el blanqueo. Puesto que el gobierno necesita más plata que la suministrada por la soja y la minería y ya ha gastado la que consiguió cuando se apropió de los fondos previsionales de quienes no confiaban en el generoso sistema público, ha llegado a la conclusión de que no tiene más alternativa que la de pactar con los malditos evasores, amnistiándolos a cambio de un aporte modesto que, con suerte, sirva para que los buenos triunfen en las elecciones legislativas próximas. ¿Y después? Veremos. La frustración que siente Cristina por la falta de dólares frescos puede comprenderse. Cuenta con media docena de asesores, eruditos como Axel Kicillof, hombres de acción fuertes como Guillermo Moreno, aquel chico simpático Hernán Lorenzino y algunos otros, entre ellos el pibe de la moto carísima Amado Boudou, pero no hay nadie que pueda contestar una pregunta muy sencilla. “¿Dónde hay un mango, que los financistas, ni los periodistas, ni perros, ni gatos, noticias, ni datos de su paradero no me saben dar?” Le informan que el resto del mundo está nadando en plata barata, en “liquidez”, pero parecería que los banqueros, especuladores y los odiosos técnicos de organismos como el Fondo Monetario Internacional no quieren que otros países adopten el exitoso modelo argentino, razón por la cual se rehúsan a prestarle a Cristina dinero a una tasa de interés que no sea usuraria. En verdad, algunos son tan envidiosos que se han aliado con los buitres carroñeros que tienen sus nidos en Nueva York. ¿Viejo Gómez, dónde está? Desgraciadamente para la presidenta, aquel sabio misterioso habrá muerto hace muchos años. Lo mismo que tantos otros políticos a través de los siglos, Cristina pensó que, por ser su propia versión del país la mejor concebible, sus habitantes no tardarían en adaptarse a ella. Por un rato, muchos, encandilados no tanto por el esplendor del relato presidencial cuanto por la sensación de que la economía estaba por disfrutar de una bonanza duradera, procuraron hacerlo, pero andando el tiempo cada vez más se dieron cuenta de que el esquema kirchnerista no era más que una fantasía estudiantil, una ilusión como las que produjeron en su momento el primer peronismo, el desarrollismo de Arturo Frondizi, diversos regímenes castrenses que se comprometieron a reemplazar el caos por un simulacro de orden, el radicalismo de Raúl Alfonsín, el menemismo del uno a uno y la Alianza. No es que las ilusiones sean forzosamente malas. Antes bien, son necesarias. Al fin y al cabo, toda comunidad humana, por primitiva o sofisticada que sea, está conformada por personas que comparten ciertos prejuicios y aspiraciones que sirven para mantenerla unida, pero conviene que los prejuicios sean compatibles con la cohesión social y que las aspiraciones sean realistas. Si no lo son, el destino del conjunto suele ser ya triste, ya catastrófico, como siempre ha sido el caso en países dominados por sectas totalitarias resueltas a obligar a todos a desempeñar el papel que el régimen les ha adjudicado en el relato oficial. Por fortuna, la Argentina no es una dictadura. Sigue siendo una democracia, si bien una destartalada que podría desmoronarse pronto si Cristina persiste en tratar de demoler aquellas instituciones que le impiden hacer pleno uso del poder. Salvando las distancias, la conducta de la presidenta y sus militantes se asemeja a la de los jerarcas comunistas cuando la Unión Soviética se acercaba a su fin. Aunque los más sensatos entendían que su “experimento” había fracasado de manera irremediable, otros insistieron en que, por tratarse de una empresa noble, abandonarlo equivaldría a traicionar a los millones que se habían sacrificado, voluntariamente o, en el caso de la mayoría, sin entender muy bien lo que les sucedía, en un esfuerzo vano por construir un paraíso proletario. Huelga decir que el credo kirchnerista es mucho más flexible y menos brutal que el marxismo-leninismo de los soviéticos o sus herederos cubanos y norcoreanos, pero así y todo es demasiado rígido como para que el gobierno pueda superar con éxito los obstáculos que, de resultas de su propia imprevisión, ha permitido acumularse en el camino que se había propuesto. Como otros autoritarios, Cristina y sus compañeros se han convencido de que en última instancia lo que más importa es la voluntad, que si todos creen a pie juntillas que algo es factible les será dado transformarlo en realidad. Apostaron a que la economía terminara pareciéndose a la esbozada por los militantes del Indec, que fue intervenido en enero del 2007 por orden de Néstor Kirchner, como si en el fondo la inflación fuera un fenómeno meramente psicológico, una cuestión de manejar las expectativas. Por lo demás, luego de haberse asegurado de que todos los males del país se debieron a la estupidez de los despreciados “ortodoxos neoliberales”, optaron por mofarse de sus advertencias. Alentados por el ejemplo brindado por los gobiernos de países desarrollados que trataban de estimular el consumo fabricando cantidades colosales de dinero, los kirchneristas decidieron hacer lo mismo sin preocuparse por las consecuencias. Los resultados están a la vista: una vez más, la Argentina se ha acercado al borde de un abismo económico. ¿Se precipitará en él, como en tantas ocasiones en el pasado? Puesto que el gobierno se resiste a cambiar de rumbo, es poco probable que logre evitarlo.
SEGÚN LO VEO
JAMES NEILSON
Para consternación de Cristina, la Argentina se resiste a comportarse como quisiera. Acostumbrada como está la presidenta a que el país le entregue con gusto toda la plata que necesita para continuar alimentando como corresponde el gigantesco aparato político que heredó su marido y que, gracias a su ayuda abnegada, ha engordado aún más hasta adquirir sus dimensiones monstruosas actuales, le motivan indignación las protestas de quienes se niegan a darle todo cuanto pide, quejándose por la “presión impositiva”, el “cepo cambiario” y otros presuntos inconvenientes. En su opinión, son todos sujetos malos, amarretes, oligarcas que no saben nada de solidaridad con el pueblo trabajador. Si fueran buenas personas, invertirían con entusiasmo en el proyecto salvador que está cambiando la historia del país pero, por razones que le cuesta entender, son reacias a darle una mano. Así, pues, a pesar del asco que le provoca tanta mezquindad antipopular, Cristina ha decidido ofrecerles una oportunidad, la última, para poner el hombro al gran proyecto nacional que tanto está beneficiando a los pobres, víctimas de los horrores de la década de los noventa neoliberal, de ahí el blanqueo. Puesto que el gobierno necesita más plata que la suministrada por la soja y la minería y ya ha gastado la que consiguió cuando se apropió de los fondos previsionales de quienes no confiaban en el generoso sistema público, ha llegado a la conclusión de que no tiene más alternativa que la de pactar con los malditos evasores, amnistiándolos a cambio de un aporte modesto que, con suerte, sirva para que los buenos triunfen en las elecciones legislativas próximas. ¿Y después? Veremos. La frustración que siente Cristina por la falta de dólares frescos puede comprenderse. Cuenta con media docena de asesores, eruditos como Axel Kicillof, hombres de acción fuertes como Guillermo Moreno, aquel chico simpático Hernán Lorenzino y algunos otros, entre ellos el pibe de la moto carísima Amado Boudou, pero no hay nadie que pueda contestar una pregunta muy sencilla. “¿Dónde hay un mango, que los financistas, ni los periodistas, ni perros, ni gatos, noticias, ni datos de su paradero no me saben dar?” Le informan que el resto del mundo está nadando en plata barata, en “liquidez”, pero parecería que los banqueros, especuladores y los odiosos técnicos de organismos como el Fondo Monetario Internacional no quieren que otros países adopten el exitoso modelo argentino, razón por la cual se rehúsan a prestarle a Cristina dinero a una tasa de interés que no sea usuraria. En verdad, algunos son tan envidiosos que se han aliado con los buitres carroñeros que tienen sus nidos en Nueva York. ¿Viejo Gómez, dónde está? Desgraciadamente para la presidenta, aquel sabio misterioso habrá muerto hace muchos años. Lo mismo que tantos otros políticos a través de los siglos, Cristina pensó que, por ser su propia versión del país la mejor concebible, sus habitantes no tardarían en adaptarse a ella. Por un rato, muchos, encandilados no tanto por el esplendor del relato presidencial cuanto por la sensación de que la economía estaba por disfrutar de una bonanza duradera, procuraron hacerlo, pero andando el tiempo cada vez más se dieron cuenta de que el esquema kirchnerista no era más que una fantasía estudiantil, una ilusión como las que produjeron en su momento el primer peronismo, el desarrollismo de Arturo Frondizi, diversos regímenes castrenses que se comprometieron a reemplazar el caos por un simulacro de orden, el radicalismo de Raúl Alfonsín, el menemismo del uno a uno y la Alianza. No es que las ilusiones sean forzosamente malas. Antes bien, son necesarias. Al fin y al cabo, toda comunidad humana, por primitiva o sofisticada que sea, está conformada por personas que comparten ciertos prejuicios y aspiraciones que sirven para mantenerla unida, pero conviene que los prejuicios sean compatibles con la cohesión social y que las aspiraciones sean realistas. Si no lo son, el destino del conjunto suele ser ya triste, ya catastrófico, como siempre ha sido el caso en países dominados por sectas totalitarias resueltas a obligar a todos a desempeñar el papel que el régimen les ha adjudicado en el relato oficial. Por fortuna, la Argentina no es una dictadura. Sigue siendo una democracia, si bien una destartalada que podría desmoronarse pronto si Cristina persiste en tratar de demoler aquellas instituciones que le impiden hacer pleno uso del poder. Salvando las distancias, la conducta de la presidenta y sus militantes se asemeja a la de los jerarcas comunistas cuando la Unión Soviética se acercaba a su fin. Aunque los más sensatos entendían que su “experimento” había fracasado de manera irremediable, otros insistieron en que, por tratarse de una empresa noble, abandonarlo equivaldría a traicionar a los millones que se habían sacrificado, voluntariamente o, en el caso de la mayoría, sin entender muy bien lo que les sucedía, en un esfuerzo vano por construir un paraíso proletario. Huelga decir que el credo kirchnerista es mucho más flexible y menos brutal que el marxismo-leninismo de los soviéticos o sus herederos cubanos y norcoreanos, pero así y todo es demasiado rígido como para que el gobierno pueda superar con éxito los obstáculos que, de resultas de su propia imprevisión, ha permitido acumularse en el camino que se había propuesto. Como otros autoritarios, Cristina y sus compañeros se han convencido de que en última instancia lo que más importa es la voluntad, que si todos creen a pie juntillas que algo es factible les será dado transformarlo en realidad. Apostaron a que la economía terminara pareciéndose a la esbozada por los militantes del Indec, que fue intervenido en enero del 2007 por orden de Néstor Kirchner, como si en el fondo la inflación fuera un fenómeno meramente psicológico, una cuestión de manejar las expectativas. Por lo demás, luego de haberse asegurado de que todos los males del país se debieron a la estupidez de los despreciados “ortodoxos neoliberales”, optaron por mofarse de sus advertencias. Alentados por el ejemplo brindado por los gobiernos de países desarrollados que trataban de estimular el consumo fabricando cantidades colosales de dinero, los kirchneristas decidieron hacer lo mismo sin preocuparse por las consecuencias. Los resultados están a la vista: una vez más, la Argentina se ha acercado al borde de un abismo económico. ¿Se precipitará en él, como en tantas ocasiones en el pasado? Puesto que el gobierno se resiste a cambiar de rumbo, es poco probable que logre evitarlo.
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