La muerte de un dictador
De haber fallecido Jorge Rafael Videla poco después de terminar los cinco años en que ocupó la presidencia de la Nación, no sólo sus camaradas militares sino también muchos políticos y comentaristas que aún están entre nosotros, lo hubieran elogiado por la forma en que había gobernado un país que, en vísperas del golpe de 1976, pareció estar al borde de una guerra civil caótica, una que, se temía, resultaría ser todavía peor que la que efectivamente se dio. Pero, por fortuna, mucho ha cambiado desde entonces. Aunque algunos siguen reivindicando, a menudo por motivos familiares, el “idealismo” que atribuyen a los integrantes de Montoneros y otras bandas armadas que tanto habían contribuido a crear una situación en que muy pocos veían una alternativa a una dictadura militar brutal, e incluso los hay que celebran las hazañas sanguinarias de regímenes como el cubano, prestándole apoyo diplomático, la mayoría repudia cualquier manifestación de violencia política en la Argentina misma. Así, pues, escasean los dispuestos a lamentar la muerte en una celda de Videla, a una edad relativamente avanzada. Parecería que, de acuerdo común, fue el responsable máximo, si bien no el único ya que otros militares, como su rival en la junta, el almirante Emilio Massera, hicieron un aporte mayúsculo, de los horrores de la bien llamada guerra sucia. Formalmente lo fue, de eso no cabe duda, pero se engañan los que dan a entender que, si no fuera por el fanatismo cerril del muy piadoso Videla, los guerrilleros urbanos de consignas revolucionarias y los asesinos de los escuadrones de la muerte de la Triple-A peronista se hubieran transformado pronto en pacifistas respetuosos de los derechos ajenos. En aquellos tiempos, era más frecuente oír alusiones a la noción, formulada por el dictador genocida chino Mao Zedong, de que el poder necesariamente procediera de la boca del fusil que de expresiones de fe en la democracia y los méritos de la convivencia pluralista. Aunque eran reacios a confesarlo de manera explícita, políticos de casi todas las tendencias compartían tal actitud; al sentirse impotentes frente al desafío planteado por las organizaciones armadas, no titubearon en dejar todo en manos de los militares a sabiendas de que tratarían a los guerrilleros como si fueran enemigos extranjeros. Los sindicalistas no declararon una huelga por tiempo indefinido en un esfuerzo por frenar a los golpistas y los políticos no procuraron organizar manifestaciones públicas; sabían que sería inútil porque amplios sectores ciudadanos querían que los militares se apropiaran del poder para restaurar el orden por los medios que fueran. Asimismo, antes de la derrota en la guerra de las Malvinas que, en sus fases iniciales, fue apoyada con fervor triunfalista y militarista por una mayoría abrumadora, muy pocos políticos –Raúl Alfonsín era una excepción notable– protestaban en público contra la violación sistemática de los derechos humanos. A juicio de los demás, Videla no era un monstruo sino un hombre con el que era posible dialogar. Fue gracias en parte a la guerra de las Malvinas, que desprestigió a la casta militar, y en parte al coraje del gobierno radical de Alfonsín, que asumió el poder en diciembre de 1983, que los acusados de graves crímenes de lesa humanidad, tanto los militares y sus auxiliares como ciertos líderes terroristas, fueron juzgados como corresponde por los crímenes que habían perpetrado. De haber ganado el peronista Ítalo Argentino Luder las elecciones que precedieron al fin de la dictadura, hubiera cohonestado la “autoamnistía” que los militares se habían otorgado, como harían los gobiernos civiles de otros países latinoamericanos que volvían a la democracia luego de sufrir otro intervalo dictatorial. Con todo, si bien Videla y sus cómplices tuvieron que pagar un precio alto por lo que hicieron y, de tal modo, exoneraron simbólicamente al resto de la sociedad, la muerte de aquel exgeneral y expresidente de facto, gris y nada carismático, debería tomarse por una oportunidad para reflexionar en torno a la clase de sociedad que lo produjo y que, por mucho tiempo, aprobó tácitamente la metodología empleada en la lucha contra agrupaciones terroristas que, con los pretextos ideológicos en aquel entonces favorecidos por los tentados por la violencia, también despreciaban los derechos humanos de quienes consideraban enemigos.
Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.031.695 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Sábado 18 de mayo de 2013
De haber fallecido Jorge Rafael Videla poco después de terminar los cinco años en que ocupó la presidencia de la Nación, no sólo sus camaradas militares sino también muchos políticos y comentaristas que aún están entre nosotros, lo hubieran elogiado por la forma en que había gobernado un país que, en vísperas del golpe de 1976, pareció estar al borde de una guerra civil caótica, una que, se temía, resultaría ser todavía peor que la que efectivamente se dio. Pero, por fortuna, mucho ha cambiado desde entonces. Aunque algunos siguen reivindicando, a menudo por motivos familiares, el “idealismo” que atribuyen a los integrantes de Montoneros y otras bandas armadas que tanto habían contribuido a crear una situación en que muy pocos veían una alternativa a una dictadura militar brutal, e incluso los hay que celebran las hazañas sanguinarias de regímenes como el cubano, prestándole apoyo diplomático, la mayoría repudia cualquier manifestación de violencia política en la Argentina misma. Así, pues, escasean los dispuestos a lamentar la muerte en una celda de Videla, a una edad relativamente avanzada. Parecería que, de acuerdo común, fue el responsable máximo, si bien no el único ya que otros militares, como su rival en la junta, el almirante Emilio Massera, hicieron un aporte mayúsculo, de los horrores de la bien llamada guerra sucia. Formalmente lo fue, de eso no cabe duda, pero se engañan los que dan a entender que, si no fuera por el fanatismo cerril del muy piadoso Videla, los guerrilleros urbanos de consignas revolucionarias y los asesinos de los escuadrones de la muerte de la Triple-A peronista se hubieran transformado pronto en pacifistas respetuosos de los derechos ajenos. En aquellos tiempos, era más frecuente oír alusiones a la noción, formulada por el dictador genocida chino Mao Zedong, de que el poder necesariamente procediera de la boca del fusil que de expresiones de fe en la democracia y los méritos de la convivencia pluralista. Aunque eran reacios a confesarlo de manera explícita, políticos de casi todas las tendencias compartían tal actitud; al sentirse impotentes frente al desafío planteado por las organizaciones armadas, no titubearon en dejar todo en manos de los militares a sabiendas de que tratarían a los guerrilleros como si fueran enemigos extranjeros. Los sindicalistas no declararon una huelga por tiempo indefinido en un esfuerzo por frenar a los golpistas y los políticos no procuraron organizar manifestaciones públicas; sabían que sería inútil porque amplios sectores ciudadanos querían que los militares se apropiaran del poder para restaurar el orden por los medios que fueran. Asimismo, antes de la derrota en la guerra de las Malvinas que, en sus fases iniciales, fue apoyada con fervor triunfalista y militarista por una mayoría abrumadora, muy pocos políticos –Raúl Alfonsín era una excepción notable– protestaban en público contra la violación sistemática de los derechos humanos. A juicio de los demás, Videla no era un monstruo sino un hombre con el que era posible dialogar. Fue gracias en parte a la guerra de las Malvinas, que desprestigió a la casta militar, y en parte al coraje del gobierno radical de Alfonsín, que asumió el poder en diciembre de 1983, que los acusados de graves crímenes de lesa humanidad, tanto los militares y sus auxiliares como ciertos líderes terroristas, fueron juzgados como corresponde por los crímenes que habían perpetrado. De haber ganado el peronista Ítalo Argentino Luder las elecciones que precedieron al fin de la dictadura, hubiera cohonestado la “autoamnistía” que los militares se habían otorgado, como harían los gobiernos civiles de otros países latinoamericanos que volvían a la democracia luego de sufrir otro intervalo dictatorial. Con todo, si bien Videla y sus cómplices tuvieron que pagar un precio alto por lo que hicieron y, de tal modo, exoneraron simbólicamente al resto de la sociedad, la muerte de aquel exgeneral y expresidente de facto, gris y nada carismático, debería tomarse por una oportunidad para reflexionar en torno a la clase de sociedad que lo produjo y que, por mucho tiempo, aprobó tácitamente la metodología empleada en la lucha contra agrupaciones terroristas que, con los pretextos ideológicos en aquel entonces favorecidos por los tentados por la violencia, también despreciaban los derechos humanos de quienes consideraban enemigos.
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