Obama en problemas

Redacción

Por Redacción

Que integrantes militantes de un gobierno como el de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner hayan caído en la tentación de aprovechar el poder del Estado para perjudicar a sus adversarios políticos no es motivo de sorpresa. Sí lo es que en Estados Unidos, un país cuyos dirigentes nunca han vacilado en criticar a otros por su conducta antidemocrática, funcionarios del gobierno del presidente Barack Obama hayan actuado del mismo modo. Para limitar los daños que le ocasionaban las denuncias de acoso fiscal contra grupos vinculados con el Tea Party, una agrupación informal habitualmente calificada de populista a pesar de que, a diferencia de sus presuntos equivalentes de otras latitudes, está a favor del rigor fiscal, Obama optó por echar al jefe de la Internal Revenue Service (IRS), la versión norteamericana de nuestra AFIP. Huelga decir que es nula la posibilidad de que Ricardo Echegaray sea despedido por haber permitido que la repartición que encabeza persiguiera a disidentes. Asimismo, la administración de Obama se ve acusada de espiar a periodistas de la agencia AP que informaban sobre las actividades norteamericanas en Yemen, lo que, según el polémico secretario de Justicia, Eric Holder, planteaba un peligro a la seguridad nacional. A ojos incluso de muchos simpatizantes de Obama, se trata de asuntos muy graves que, desde luego, ya han incidido en la relación, hasta ahora muy amistosa, del gobierno del demócrata con los medios de difusión más prestigiosos. Por afinidad ideológica y por temor a ser tomados por “racistas” si critican el desempeño de un presidente “negro”, diarios considerados progresistas como el New York Times y el Washington Post, además de la mayoría de los canales televisivos, han procurado dar a Obama el beneficio de todas las dudas concebibles, pasando por alto ciertos detalles de su trayectoria y sus vínculos con personajes decididamente turbios que, de haber sido cuestión de un republicano blanco, hubieran subrayado a fin de desacreditarlo. Puede que tal pacto esté por romperse a causa de la militancia excesivamente entusiasta de funcionarios politizados, entre ellos Holder. Aunque se apaguen pronto los escándalos provocados por el acoso fiscal a grupos contrarios al aumento del gasto público y el espionaje a periodistas que supuestamente atentan contra la seguridad nacional, la impresión dejada por dichos episodios parece destinada a desbaratar los esfuerzos de Obama y de la exsecretaria de Estado Hillary Clinton por minimizar el impacto de las revelaciones acerca de su manejo de la crisis causada por el asesinato, a pocas semanas de las elecciones presidenciales del año pasado, en el consulado norteamericano en Bengasi, del embajador de su país y dos funcionarios que trataron de rescatarlo por una banda fuertemente armada de islamistas. Si bien fueron informados de que se trataba de un ataque yihadista y podían haber movilizado a fuerzas especiales en la región para defender el consulado asediado, Obama y Clinton prefirieron atribuirlo a una reacción popular contra la difusión de un video antislámico producido por un copto que vivía en California. Es que Obama quería hacer pensar que, muerto Osama bin Laden, ya había ganado la “guerra contra el terror”, destruyendo por completo la red Al Qaeda, pero lo sucedido en Bengasi no encajaba en el relato absurdamente optimista al que se aferraba. Asimismo, según los adversarios del gobierno demócrata, Obama siempre ha estado tan resuelto a congraciarse con la Hermandad Musulmana y sus aliados terroristas que iría a virtualmente cualquier extremo a fin de congraciarse con quienes llevan la voz cantante en buena parte del mundo islámico, lo que a su juicio sí constituye una amenaza muy seria no sólo a la seguridad de Estados Unidos sino también a aquella de sus aliados tanto en el Medio Oriente como en Europa. De propagarse la convicción de que Obama, Clinton y otros funcionarios demócratas mintieron descaradamente por motivos electoralistas, además de sacrificar a su embajador en Libia por miedo a enfrentar a los islamistas, los más de tres años que aún quedan del mandato presidencial podrían resultar ser tan agitados y tan decepcionantes como fueron las fases finales del período en la Casa Blanca de sus dos antecesores inmediatos, George W. Bush y Bill Clinton.


Que integrantes militantes de un gobierno como el de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner hayan caído en la tentación de aprovechar el poder del Estado para perjudicar a sus adversarios políticos no es motivo de sorpresa. Sí lo es que en Estados Unidos, un país cuyos dirigentes nunca han vacilado en criticar a otros por su conducta antidemocrática, funcionarios del gobierno del presidente Barack Obama hayan actuado del mismo modo. Para limitar los daños que le ocasionaban las denuncias de acoso fiscal contra grupos vinculados con el Tea Party, una agrupación informal habitualmente calificada de populista a pesar de que, a diferencia de sus presuntos equivalentes de otras latitudes, está a favor del rigor fiscal, Obama optó por echar al jefe de la Internal Revenue Service (IRS), la versión norteamericana de nuestra AFIP. Huelga decir que es nula la posibilidad de que Ricardo Echegaray sea despedido por haber permitido que la repartición que encabeza persiguiera a disidentes. Asimismo, la administración de Obama se ve acusada de espiar a periodistas de la agencia AP que informaban sobre las actividades norteamericanas en Yemen, lo que, según el polémico secretario de Justicia, Eric Holder, planteaba un peligro a la seguridad nacional. A ojos incluso de muchos simpatizantes de Obama, se trata de asuntos muy graves que, desde luego, ya han incidido en la relación, hasta ahora muy amistosa, del gobierno del demócrata con los medios de difusión más prestigiosos. Por afinidad ideológica y por temor a ser tomados por “racistas” si critican el desempeño de un presidente “negro”, diarios considerados progresistas como el New York Times y el Washington Post, además de la mayoría de los canales televisivos, han procurado dar a Obama el beneficio de todas las dudas concebibles, pasando por alto ciertos detalles de su trayectoria y sus vínculos con personajes decididamente turbios que, de haber sido cuestión de un republicano blanco, hubieran subrayado a fin de desacreditarlo. Puede que tal pacto esté por romperse a causa de la militancia excesivamente entusiasta de funcionarios politizados, entre ellos Holder. Aunque se apaguen pronto los escándalos provocados por el acoso fiscal a grupos contrarios al aumento del gasto público y el espionaje a periodistas que supuestamente atentan contra la seguridad nacional, la impresión dejada por dichos episodios parece destinada a desbaratar los esfuerzos de Obama y de la exsecretaria de Estado Hillary Clinton por minimizar el impacto de las revelaciones acerca de su manejo de la crisis causada por el asesinato, a pocas semanas de las elecciones presidenciales del año pasado, en el consulado norteamericano en Bengasi, del embajador de su país y dos funcionarios que trataron de rescatarlo por una banda fuertemente armada de islamistas. Si bien fueron informados de que se trataba de un ataque yihadista y podían haber movilizado a fuerzas especiales en la región para defender el consulado asediado, Obama y Clinton prefirieron atribuirlo a una reacción popular contra la difusión de un video antislámico producido por un copto que vivía en California. Es que Obama quería hacer pensar que, muerto Osama bin Laden, ya había ganado la “guerra contra el terror”, destruyendo por completo la red Al Qaeda, pero lo sucedido en Bengasi no encajaba en el relato absurdamente optimista al que se aferraba. Asimismo, según los adversarios del gobierno demócrata, Obama siempre ha estado tan resuelto a congraciarse con la Hermandad Musulmana y sus aliados terroristas que iría a virtualmente cualquier extremo a fin de congraciarse con quienes llevan la voz cantante en buena parte del mundo islámico, lo que a su juicio sí constituye una amenaza muy seria no sólo a la seguridad de Estados Unidos sino también a aquella de sus aliados tanto en el Medio Oriente como en Europa. De propagarse la convicción de que Obama, Clinton y otros funcionarios demócratas mintieron descaradamente por motivos electoralistas, además de sacrificar a su embajador en Libia por miedo a enfrentar a los islamistas, los más de tres años que aún quedan del mandato presidencial podrían resultar ser tan agitados y tan decepcionantes como fueron las fases finales del período en la Casa Blanca de sus dos antecesores inmediatos, George W. Bush y Bill Clinton.

Registrate gratis

Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento

Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora