Frente a un abismo educativo

Redacción

Por Redacción

Para salir de la ciénaga en la que, para desconcierto tanto de sus habitantes como de aquellos extranjeros que aún se interesan por nuestras vicisitudes extravagantes, la Argentina está hundiéndose, necesitaría contar no sólo con un gobierno más sensato que el kirchnerista sino también con un sistema educativo que sea equiparable con los de los países de Asia oriental y el norte de Europa. Aunque muchos dicen entender que el futuro nacional dependerá en buena medida del nivel educativo promedio de la población, todos los esfuerzos por mejorar el desempeño de las escuelas públicas han brindado resultados sumamente decepcionantes. Hasta hace un par de décadas la educación pública argentina era considerada mejor que la de muchos países europeos, pero últimamente se ha deteriorado hasta tal punto que la superan las de vecinos como Chile, Uruguay e incluso Brasil. Parecería que, tal y como sucede en el ámbito de la política, nuestros dirigentes son congénitamente incapaces de emular a sus homólogos de otras latitudes menos favorecidas por la naturaleza. Cuando de denunciar las deficiencias del estado actual del país se trata, muchos son muy elocuentes, lo que sería encomiable si sólo fueran comentaristas, pero sucede que son los únicos que deberían estar en condiciones de organizarse para remediar aquellas lacras que encuentran escandalosas. En la provincia de Buenos Aires, por mucho la más poblada del país, los docentes encabezados por el sindicalista Roberto Baradel –a juicio de los indignados por los estragos que está provocando, un militante kirchnerista que acata órdenes procedentes de la Casa Rosada– están librando una guerra despiadada contra el gobierno de Daniel Scioli, tomando como rehenes a 3,2 millones de chicos. Aunque el gobierno provincial les ha otorgado, en tres cuotas, un aumento salarial superior al que fue decretado a nivel nacional por el ministro de Educación, Alberto Sileoni, los sindicalistas siguen presionando por más, declarándose en huelga con frecuencia creciente, a sabiendas de que un distrito que ya tambalea al borde de la quiebra no podrá financiarlo. Si bien los vinculados con Scioli atribuyen la ofensiva desatada por Baradel a la voluntad indisimulada de los kirchneristas de eliminar cuanto antes al gobernador de la lista de presidenciables, Scioli mismo sigue negándose a romper con la presidenta Cristina Fernández de Kirchner por miedo a que lo castigue asfixiando financieramente a la provincia con la esperanza de que el caos resultante perjudique sólo a quien a su juicio es un representante de “la oligarquía”. Sea como fuere, las víctimas principales de este conflicto despreciable no son Scioli y sus partidarios sino los millones de jóvenes bonaerenses de ingresos limitados, cuyas perspectivas ya son oscuras, y, desde luego, el país en su conjunto. Si bien nadie ignora que la economía ha entrado en una fase muy difícil, aún no se han hecho sentir plenamente las consecuencias de años de despilfarro irresponsable. Por lo tanto, es de prever que dentro de poco se reduzcan mucho los recursos disponibles para pagar a los empleados estatales, entre ellos los maestros. Pues bien, si en la actualidad es casi imposible darles lo que los sindicalistas politizados del sector están reclamando no sólo en la provincia de Buenos Aires sino también en otros distritos, como Tierra del Fuego, donde militantes han ocupado la Casa de Gobierno, pronto no habrá forma alguna de hacerlo. ¿Cómo reaccionarán? Si optan por declararse en huelga, los días sin clase se multiplicarán, agravando cada vez más la crisis educativa nacional y condenando a una generación de chicos relativamente pobres a la marginación permanente. Puede que tal alternativa parezca positiva a ojos de quienes se han acostumbrado a verse beneficiados por los votos de los sectores más necesitados, pero sería un desastre sin atenuantes para una sociedad ya dolorosamente dividida que corre peligro de continuar degradándose. Por lo demás, a menos que los dirigentes políticos logren revertir la situación que ellos mismos han creado, sería inútil fantasear con “competir” con países como Uruguay y Chile, para no hablar de China o la India, que ya nos habrían dejado irremediablemente atrás, puesto que tendríamos que concentrarnos en mantenernos a la par de rivales como Paraguay y Bolivia.


Para salir de la ciénaga en la que, para desconcierto tanto de sus habitantes como de aquellos extranjeros que aún se interesan por nuestras vicisitudes extravagantes, la Argentina está hundiéndose, necesitaría contar no sólo con un gobierno más sensato que el kirchnerista sino también con un sistema educativo que sea equiparable con los de los países de Asia oriental y el norte de Europa. Aunque muchos dicen entender que el futuro nacional dependerá en buena medida del nivel educativo promedio de la población, todos los esfuerzos por mejorar el desempeño de las escuelas públicas han brindado resultados sumamente decepcionantes. Hasta hace un par de décadas la educación pública argentina era considerada mejor que la de muchos países europeos, pero últimamente se ha deteriorado hasta tal punto que la superan las de vecinos como Chile, Uruguay e incluso Brasil. Parecería que, tal y como sucede en el ámbito de la política, nuestros dirigentes son congénitamente incapaces de emular a sus homólogos de otras latitudes menos favorecidas por la naturaleza. Cuando de denunciar las deficiencias del estado actual del país se trata, muchos son muy elocuentes, lo que sería encomiable si sólo fueran comentaristas, pero sucede que son los únicos que deberían estar en condiciones de organizarse para remediar aquellas lacras que encuentran escandalosas. En la provincia de Buenos Aires, por mucho la más poblada del país, los docentes encabezados por el sindicalista Roberto Baradel –a juicio de los indignados por los estragos que está provocando, un militante kirchnerista que acata órdenes procedentes de la Casa Rosada– están librando una guerra despiadada contra el gobierno de Daniel Scioli, tomando como rehenes a 3,2 millones de chicos. Aunque el gobierno provincial les ha otorgado, en tres cuotas, un aumento salarial superior al que fue decretado a nivel nacional por el ministro de Educación, Alberto Sileoni, los sindicalistas siguen presionando por más, declarándose en huelga con frecuencia creciente, a sabiendas de que un distrito que ya tambalea al borde de la quiebra no podrá financiarlo. Si bien los vinculados con Scioli atribuyen la ofensiva desatada por Baradel a la voluntad indisimulada de los kirchneristas de eliminar cuanto antes al gobernador de la lista de presidenciables, Scioli mismo sigue negándose a romper con la presidenta Cristina Fernández de Kirchner por miedo a que lo castigue asfixiando financieramente a la provincia con la esperanza de que el caos resultante perjudique sólo a quien a su juicio es un representante de “la oligarquía”. Sea como fuere, las víctimas principales de este conflicto despreciable no son Scioli y sus partidarios sino los millones de jóvenes bonaerenses de ingresos limitados, cuyas perspectivas ya son oscuras, y, desde luego, el país en su conjunto. Si bien nadie ignora que la economía ha entrado en una fase muy difícil, aún no se han hecho sentir plenamente las consecuencias de años de despilfarro irresponsable. Por lo tanto, es de prever que dentro de poco se reduzcan mucho los recursos disponibles para pagar a los empleados estatales, entre ellos los maestros. Pues bien, si en la actualidad es casi imposible darles lo que los sindicalistas politizados del sector están reclamando no sólo en la provincia de Buenos Aires sino también en otros distritos, como Tierra del Fuego, donde militantes han ocupado la Casa de Gobierno, pronto no habrá forma alguna de hacerlo. ¿Cómo reaccionarán? Si optan por declararse en huelga, los días sin clase se multiplicarán, agravando cada vez más la crisis educativa nacional y condenando a una generación de chicos relativamente pobres a la marginación permanente. Puede que tal alternativa parezca positiva a ojos de quienes se han acostumbrado a verse beneficiados por los votos de los sectores más necesitados, pero sería un desastre sin atenuantes para una sociedad ya dolorosamente dividida que corre peligro de continuar degradándose. Por lo demás, a menos que los dirigentes políticos logren revertir la situación que ellos mismos han creado, sería inútil fantasear con “competir” con países como Uruguay y Chile, para no hablar de China o la India, que ya nos habrían dejado irremediablemente atrás, puesto que tendríamos que concentrarnos en mantenernos a la par de rivales como Paraguay y Bolivia.

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