“Ay, Rojo de mi vida”

Redacción

Por Redacción

Esto suena raro, ¡no? Una mujer escribiendo algo de fútbol… Bueno, hay motivos para hacerlo y, si no los hubiera, sería sólo el sentimiento, ¡qué embromar! Nací en Lanús Este, en el sur de Buenos Aires, pero por casualidad. Yo viví mi infancia en Avellaneda. Y no sé por qué cada vez que lo digo siento como que el pecho se me hincha un poco… Siento un cierto orgullo por haber dado mis primeros pasos, corrido mis primeras carreras, andado mis primeros metros en bicicleta con rueditas, y luego mis orgullosos kilómetros sin ellas, por las calles, los potreros o los campitos de esa Avellaneda… Avellaneda de mi niñez liviana, despreocupada, risueña. Avellaneda de mi casa pequeña al fondo de un pasillo largo y con piso de tablero de ajedrez. Avellaneda de los veranos increíbles con las charlas de vecinos en las veredas y las visitas bajando del colectivo justo en la esquina. Avellaneda de las fábricas y la escuela Nº 4, con su ennegrecida campana, que se vino abajo con la inundación del 68. Avellaneda del Rojo… sólo del Rojo de avenida Mitre. ¡Cómo no voy a tener sentimientos para escribir si mi viejo vibraba con el Rojo! A la cancha siempre, socio vitalicio del club, me invitaba a ponerme un pulóver rojo y sentarme junto a él en el solecito de las tardes de invierno a escuchar el partido en la radio…. Yo era su talismán, o mi pulóver rojo, o las ganas de que hubiera sido Raúl Omar en lugar de Mirna, para acompañarlo en el fútbol, ¡su pasión! Y para que los planetas se alinearan, los vientos soplaran a favor y la misteriosa y a veces esquiva suerte se viniera a nuestro patio e hiciera que la mágica radio gritara goles del Rojo, seguíamos ese tipo de liturgia cada domingo… ¡Y funcionaba! ¡Claro que sí! Por lo menos en mis recuerdos. El Rojo ganaba. Arrollaba. Conseguía copa tras copa… ¡el rey de copas! Pasó el tiempo, dejamos Avellaneda y nuestra pequeña casa de alquiler con las plantas de tomate de papá (tomate era su planta preferida… ¡y eran rojísimos!) Y recorrimos otros caminos, pero el Rojo siguió ganando y mi viejo siguiéndolo y riendo como con nada y sufriendo amargamente ante cada derrota, pero eran pocas… El Rojo era ganador, era portador de estandartes triunfadores y orgullosos. Los setenta fueron de gloria… ¡Nunca vi a Raúl Costa tan feliz! Ahora es el 2013. Ya no está el abuelo Raúl, pero hoy está Emiliano, su nieto de 20 años, fanático del Rojo, del Rojo de su abuelo Raúl y de su abuelo Ángel, del Rojo de su padre, del Rojo de siempre, aunque no tan igual, claro… ¿Qué le ha pasado? Y… nada, o todo. La vida. Las idas y vueltas de la vida, de las que nada ni nadie escapa. El yin y el yan; la cima de la montaña y el fondo del pozo; la noche y el día; el frío y el calor; la luz y la sombra; la abundancia y la falta; el cielo y el infierno. Ese infierno, cuna del Rojo por su esencia de ‘diablo’ pero tan ‘cielo’ para todos los que lo hemos seguido ganador y amado siempre… Tal vez por eso tanto sentimiento en este tiempo de grisura, de tropezones, de caída tras caída, de sonrisas efímeras, de suspiros ahogados, de broncas contenidas, de esperanzas huecas… ¡Tal vez por eso tanto sentimiento! Tal vez no sea sólo la caída del Rojo, sino todo lo que ese viejo y glorioso equipo significa para tantas vidas y para la mía. Banquémoslo igual, sea lo que fuere que la vida traiga… Por Avellaneda, por muchas niñeces felices, por tantas lágrimas de alegría vertidas por los amados que se fueron, por tantas tardes de sol y de gloria con la música celestial de los goles del Rojo… Y, sea lo que fuere, acompañémoslo, si es necesario, a renacer de las cenizas y a volver a volar en ese nuestro ‘cielo’, que para el Rojo es su infierno… Mirna Costa, DNI 12.911.805 Neuquén

Mirna Costa, DNI 12.911.805 Neuquén


Esto suena raro, ¡no? Una mujer escribiendo algo de fútbol… Bueno, hay motivos para hacerlo y, si no los hubiera, sería sólo el sentimiento, ¡qué embromar! Nací en Lanús Este, en el sur de Buenos Aires, pero por casualidad. Yo viví mi infancia en Avellaneda. Y no sé por qué cada vez que lo digo siento como que el pecho se me hincha un poco… Siento un cierto orgullo por haber dado mis primeros pasos, corrido mis primeras carreras, andado mis primeros metros en bicicleta con rueditas, y luego mis orgullosos kilómetros sin ellas, por las calles, los potreros o los campitos de esa Avellaneda… Avellaneda de mi niñez liviana, despreocupada, risueña. Avellaneda de mi casa pequeña al fondo de un pasillo largo y con piso de tablero de ajedrez. Avellaneda de los veranos increíbles con las charlas de vecinos en las veredas y las visitas bajando del colectivo justo en la esquina. Avellaneda de las fábricas y la escuela Nº 4, con su ennegrecida campana, que se vino abajo con la inundación del 68. Avellaneda del Rojo… sólo del Rojo de avenida Mitre. ¡Cómo no voy a tener sentimientos para escribir si mi viejo vibraba con el Rojo! A la cancha siempre, socio vitalicio del club, me invitaba a ponerme un pulóver rojo y sentarme junto a él en el solecito de las tardes de invierno a escuchar el partido en la radio…. Yo era su talismán, o mi pulóver rojo, o las ganas de que hubiera sido Raúl Omar en lugar de Mirna, para acompañarlo en el fútbol, ¡su pasión! Y para que los planetas se alinearan, los vientos soplaran a favor y la misteriosa y a veces esquiva suerte se viniera a nuestro patio e hiciera que la mágica radio gritara goles del Rojo, seguíamos ese tipo de liturgia cada domingo… ¡Y funcionaba! ¡Claro que sí! Por lo menos en mis recuerdos. El Rojo ganaba. Arrollaba. Conseguía copa tras copa… ¡el rey de copas! Pasó el tiempo, dejamos Avellaneda y nuestra pequeña casa de alquiler con las plantas de tomate de papá (tomate era su planta preferida… ¡y eran rojísimos!) Y recorrimos otros caminos, pero el Rojo siguió ganando y mi viejo siguiéndolo y riendo como con nada y sufriendo amargamente ante cada derrota, pero eran pocas… El Rojo era ganador, era portador de estandartes triunfadores y orgullosos. Los setenta fueron de gloria… ¡Nunca vi a Raúl Costa tan feliz! Ahora es el 2013. Ya no está el abuelo Raúl, pero hoy está Emiliano, su nieto de 20 años, fanático del Rojo, del Rojo de su abuelo Raúl y de su abuelo Ángel, del Rojo de su padre, del Rojo de siempre, aunque no tan igual, claro… ¿Qué le ha pasado? Y… nada, o todo. La vida. Las idas y vueltas de la vida, de las que nada ni nadie escapa. El yin y el yan; la cima de la montaña y el fondo del pozo; la noche y el día; el frío y el calor; la luz y la sombra; la abundancia y la falta; el cielo y el infierno. Ese infierno, cuna del Rojo por su esencia de ‘diablo’ pero tan ‘cielo’ para todos los que lo hemos seguido ganador y amado siempre… Tal vez por eso tanto sentimiento en este tiempo de grisura, de tropezones, de caída tras caída, de sonrisas efímeras, de suspiros ahogados, de broncas contenidas, de esperanzas huecas… ¡Tal vez por eso tanto sentimiento! Tal vez no sea sólo la caída del Rojo, sino todo lo que ese viejo y glorioso equipo significa para tantas vidas y para la mía. Banquémoslo igual, sea lo que fuere que la vida traiga… Por Avellaneda, por muchas niñeces felices, por tantas lágrimas de alegría vertidas por los amados que se fueron, por tantas tardes de sol y de gloria con la música celestial de los goles del Rojo… Y, sea lo que fuere, acompañémoslo, si es necesario, a renacer de las cenizas y a volver a volar en ese nuestro ‘cielo’, que para el Rojo es su infierno… Mirna Costa, DNI 12.911.805 Neuquén

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