El gran hermano Obama

Redacción

Por Redacción

Cuando de hacer frente al desafío planteado por el terrorismo islamista se trata, no hay mucha diferencia entre la estrategia del presidente norteamericano actual, el demócrata Barack Obama, y la de George W. Bush, el republicano que lo precedió en el cargo. Si bien Obama se ha esforzado aún más que Bush por convencer a los musulmanes de que cree que su religión es esencialmente pacífica y que los guerreros santos que en docenas de países perpetran atrocidades en su nombre no tienen nada que ver con el islam auténtico, su forma de accionar ha sido igualmente vigorosa. Puede que haya exagerado aquel exfuncionario que dijo que Obama está llevando adelante “el cuarto mandato de Bush” al apurar la retirada de las tropas norteamericanas de Irak, robustecer su presencia en Afganistán, multiplicar los ataques con drones, demorar el cierre prometido de la cárcel extraterritorial de Guantánamo e impulsar un programa de escuchas telefónicas en gran escala, pero es legítimo suponer que, de haber permanecido el republicano algunos años más en la Casa Blanca, hubiera actuado del mismo modo. Obama, como Bush en la fase final de su gestión, se ha sentido constreñido a minimizar los riesgos corridos por los militares norteamericanos en las zonas más conflictivas del mundo musulmán. Sabe que, merced a la proliferación de medios sociales, cualquier episodio truculento tendría un impacto muy fuerte en la opinión pública, pero así y todo es consciente de que sería suicida subestimar las dimensiones del peligro planteado por los yihadistas. Para solucionar el problema así supuesto, prefiere las operaciones clandestinas a las batallas convencionales y el uso de aviones no tripulados para matar a enemigos en lugares remotos como las montañas del norte de Pakistán. Aunque Obama se comprometió a poner fin a “la guerra contra el terror” declarada por Bush, no podrá hacerlo a menos que los yihadistas también depongan las armas, una opción que, claro está, no les interesa en absoluto. Por el contrario, todo hace pensar que creen que Estados Unidos está batiéndose en retirada, de suerte que les conviene redoblar su ofensiva. Además de las actividades de los talibanes en Afganistán y Pakistán, de Al Qaeda y grupos afines en el Oriente Medio y el norte de África y de las milicias chiitas que responden a los belicosos teócratas iraníes, el islamismo militante cuenta con muchos adherentes en diversas partes de Estados Unidos. Pocos días transcurren sin que se informe de la encarcelación de terroristas que planeaban cometer atentados como el que hace poco mató a varias personas en Boston. Para frustrarlos, el gobierno de Obama depende de los datos conseguidos por las agencias de seguridad a través del espionaje electrónico. Según acaba de revelarse, desde hace por lo menos siete años en Estados Unidos se monitorean todos los días millones de comunicaciones telefónicas en busca de evidencia que serviría para desbaratar conspiraciones terroristas, violando de este modo la privacidad de una multitud de personas inocentes. En esta oportunidad, los más indignados por lo que está sucediendo son aquellos partidarios de Obama que habían esperado que, por tratarse de un progresista decidido a hacer lo posible por congraciarse con los islamistas, le sería fácil dejar atrás la “guerra contra el terror” que tantos habían atribuido a nada más que la agresividad de Bush y a la presunta incapacidad del los halcones derechistas de entender que el yihadismo es una consecuencia previsible de los atropellos del imperialismo norteamericano. Es probable que antes de ser elegido presidente Obama haya pensado como quienes lo están criticando, pero parecería que luego de instalarse en la Casa Blanca cambió de opinión. Como señaló su vocero, le es necesario “lograr el equilibrio correcto entre proteger nuestra seguridad nacional y proteger los derechos constitucionales y las libertades civiles”. Mientras no haya más atentados devastadores en suelo norteamericano como los del 11 de septiembre de 2001, los preocupados por dicho tema se sentirán escandalizados por el espionaje electrónico que, mal que nos pese, es rutinario en virtualmente todos los países, pero sería suficiente que se produjera un solo ataque grave achacable a la falta de vigilancia para que la mayoría lo encontrara plenamente justificado.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.031.695 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Domingo 9 de junio de 2013


Cuando de hacer frente al desafío planteado por el terrorismo islamista se trata, no hay mucha diferencia entre la estrategia del presidente norteamericano actual, el demócrata Barack Obama, y la de George W. Bush, el republicano que lo precedió en el cargo. Si bien Obama se ha esforzado aún más que Bush por convencer a los musulmanes de que cree que su religión es esencialmente pacífica y que los guerreros santos que en docenas de países perpetran atrocidades en su nombre no tienen nada que ver con el islam auténtico, su forma de accionar ha sido igualmente vigorosa. Puede que haya exagerado aquel exfuncionario que dijo que Obama está llevando adelante “el cuarto mandato de Bush” al apurar la retirada de las tropas norteamericanas de Irak, robustecer su presencia en Afganistán, multiplicar los ataques con drones, demorar el cierre prometido de la cárcel extraterritorial de Guantánamo e impulsar un programa de escuchas telefónicas en gran escala, pero es legítimo suponer que, de haber permanecido el republicano algunos años más en la Casa Blanca, hubiera actuado del mismo modo. Obama, como Bush en la fase final de su gestión, se ha sentido constreñido a minimizar los riesgos corridos por los militares norteamericanos en las zonas más conflictivas del mundo musulmán. Sabe que, merced a la proliferación de medios sociales, cualquier episodio truculento tendría un impacto muy fuerte en la opinión pública, pero así y todo es consciente de que sería suicida subestimar las dimensiones del peligro planteado por los yihadistas. Para solucionar el problema así supuesto, prefiere las operaciones clandestinas a las batallas convencionales y el uso de aviones no tripulados para matar a enemigos en lugares remotos como las montañas del norte de Pakistán. Aunque Obama se comprometió a poner fin a “la guerra contra el terror” declarada por Bush, no podrá hacerlo a menos que los yihadistas también depongan las armas, una opción que, claro está, no les interesa en absoluto. Por el contrario, todo hace pensar que creen que Estados Unidos está batiéndose en retirada, de suerte que les conviene redoblar su ofensiva. Además de las actividades de los talibanes en Afganistán y Pakistán, de Al Qaeda y grupos afines en el Oriente Medio y el norte de África y de las milicias chiitas que responden a los belicosos teócratas iraníes, el islamismo militante cuenta con muchos adherentes en diversas partes de Estados Unidos. Pocos días transcurren sin que se informe de la encarcelación de terroristas que planeaban cometer atentados como el que hace poco mató a varias personas en Boston. Para frustrarlos, el gobierno de Obama depende de los datos conseguidos por las agencias de seguridad a través del espionaje electrónico. Según acaba de revelarse, desde hace por lo menos siete años en Estados Unidos se monitorean todos los días millones de comunicaciones telefónicas en busca de evidencia que serviría para desbaratar conspiraciones terroristas, violando de este modo la privacidad de una multitud de personas inocentes. En esta oportunidad, los más indignados por lo que está sucediendo son aquellos partidarios de Obama que habían esperado que, por tratarse de un progresista decidido a hacer lo posible por congraciarse con los islamistas, le sería fácil dejar atrás la “guerra contra el terror” que tantos habían atribuido a nada más que la agresividad de Bush y a la presunta incapacidad del los halcones derechistas de entender que el yihadismo es una consecuencia previsible de los atropellos del imperialismo norteamericano. Es probable que antes de ser elegido presidente Obama haya pensado como quienes lo están criticando, pero parecería que luego de instalarse en la Casa Blanca cambió de opinión. Como señaló su vocero, le es necesario “lograr el equilibrio correcto entre proteger nuestra seguridad nacional y proteger los derechos constitucionales y las libertades civiles”. Mientras no haya más atentados devastadores en suelo norteamericano como los del 11 de septiembre de 2001, los preocupados por dicho tema se sentirán escandalizados por el espionaje electrónico que, mal que nos pese, es rutinario en virtualmente todos los países, pero sería suficiente que se produjera un solo ataque grave achacable a la falta de vigilancia para que la mayoría lo encontrara plenamente justificado.

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