“Oligodemocracia o popular democracia”
Esta fue y es la lucha en nuestra patria: oligodemocracia o popular democracia. Los pequeños, pero poderosos grupos de intereses vernáculos, al servicio de los intereses coloniales extranjeros, gobernaron siempre, a pesar de las conquistas temporarias de próceres como San Martín, Rosas, Yrigoyen, Alfonsín y, sobre todo, Perón. Próceres que por un tiempo intentaron que nuestra patria se transformara en una nación libre, justa y soberana. Pero fueron derrotados por la traición interna y por las uniones “democráticas” del cipayaje y la extranjería. Y así llegamos a los albores del nuevo siglo, con un país quebrado, con una sociedad disuelta, con gente huyendo del desastre, con el comercio convertido en trueque, con los bancos huyendo con dinero ajeno y con la disolución nacional a la vuelta de la esquina. Y ahí apareció un desgarbado patagónico, que no figuraba en la lista de nadie de los que pedían a grito pelado que se vayan todos, y realizó el milagro que todos conocen y que algunos ruines niegan. Pero por amor a su pueblo, es decir, a su patria, no se cuidó, su cuerpo no resistió el esfuerzo y se nos fue. Allí quedó plantada, de pata al suelo, sola, su viuda, la heredera de Evita. Una mujer argentina, valiente y lúcida, munida de una inteligencia superior, que tomó las banderas enarboladas por su marido y siguió tozudamente adelante. Luchando contra las potencias coloniales en crisis y contra las corporaciones oligopólicas y mafiosas nacionales, que habían disciplinado a todos y cada uno de los partidos vergonzosamente conducidos por rastreros y ambiciosos dirigentes de cuarta, sedientos de poder personal. El pueblo, que es sabio, le dio su apoyo y solita les ganó a todos juntos, conquistando el Ejecutivo y las dos mayorías legislativas. Y así salieron las nuevas leyes del pueblo, a través de sus representantes, pero, por arte de magia, fueron frenadas. Entonces, de golpe y ferozmente, el pueblo aprendió que en esta oligodemocracia, el pueblo gobierna hasta que los oligopolios del poder interno y la extranjería quieren. Porque cualquier juez, surgido de cualquier lado –del genocidio, de los oligopolios, del soborno, de la basura, menos de la decisión popular– puede frenar, y para siempre, lo que el tonto pueblo decide, a través de sus representantes, demostrando que la popular democracia no existe. Es la oligodemocracia la que manda a través de jueces inamovibles, dado que ellos mismos se juzgan, en connivencia con los profesionales que dependen de sus fallos y con los representantes de las mínimas minorías, que de esta forma construyen poder para cristalizar sus bajas ambiciones personales. Esta es la democracia que sufrimos, la oligodemocracia, es decir, la democracia de pocos, que frenan las decisiones de muchos, para conservar la injusticia y el atropello. Cosa convalidada por una Corte, que por un lado dice “la Justicia no gobierna”, pero no hace nada para que así sea, trabajando de frontón y rebotando cuanta cosa le llega. Y así estamos los del pueblo, los que construimos esta mayoría, la cual es frenada en esta denigrante y trucha oligodemocracia, viendo que nos han encajonado, dejándonos sólo dos salidas. Una es juntar todos los votos populares y patriotas que haya en esta tierra y en octubre reventar las urnas con votos celestes y blancos e ir por la reforma constitucional, que posibilite una popular democracia, aboliendo este adefesio constitucional que tenemos, que origina la oligodemocracia que nos esclaviza e indigna. Que lo único que da es “seguridad jurídica” a los que roban al pueblo y entregan la patria. La otra salida es la no deseada por nadie, que es movilizar a la mayoría e ir por los que le impiden la popular democracia, como hicieron mis antepasados franceses, padres de la popular democracia. Antonio Tourville, DNI 7.817.849 Las Grutas
Antonio Tourville, DNI 7.817.849 Las Grutas
Esta fue y es la lucha en nuestra patria: oligodemocracia o popular democracia. Los pequeños, pero poderosos grupos de intereses vernáculos, al servicio de los intereses coloniales extranjeros, gobernaron siempre, a pesar de las conquistas temporarias de próceres como San Martín, Rosas, Yrigoyen, Alfonsín y, sobre todo, Perón. Próceres que por un tiempo intentaron que nuestra patria se transformara en una nación libre, justa y soberana. Pero fueron derrotados por la traición interna y por las uniones “democráticas” del cipayaje y la extranjería. Y así llegamos a los albores del nuevo siglo, con un país quebrado, con una sociedad disuelta, con gente huyendo del desastre, con el comercio convertido en trueque, con los bancos huyendo con dinero ajeno y con la disolución nacional a la vuelta de la esquina. Y ahí apareció un desgarbado patagónico, que no figuraba en la lista de nadie de los que pedían a grito pelado que se vayan todos, y realizó el milagro que todos conocen y que algunos ruines niegan. Pero por amor a su pueblo, es decir, a su patria, no se cuidó, su cuerpo no resistió el esfuerzo y se nos fue. Allí quedó plantada, de pata al suelo, sola, su viuda, la heredera de Evita. Una mujer argentina, valiente y lúcida, munida de una inteligencia superior, que tomó las banderas enarboladas por su marido y siguió tozudamente adelante. Luchando contra las potencias coloniales en crisis y contra las corporaciones oligopólicas y mafiosas nacionales, que habían disciplinado a todos y cada uno de los partidos vergonzosamente conducidos por rastreros y ambiciosos dirigentes de cuarta, sedientos de poder personal. El pueblo, que es sabio, le dio su apoyo y solita les ganó a todos juntos, conquistando el Ejecutivo y las dos mayorías legislativas. Y así salieron las nuevas leyes del pueblo, a través de sus representantes, pero, por arte de magia, fueron frenadas. Entonces, de golpe y ferozmente, el pueblo aprendió que en esta oligodemocracia, el pueblo gobierna hasta que los oligopolios del poder interno y la extranjería quieren. Porque cualquier juez, surgido de cualquier lado –del genocidio, de los oligopolios, del soborno, de la basura, menos de la decisión popular– puede frenar, y para siempre, lo que el tonto pueblo decide, a través de sus representantes, demostrando que la popular democracia no existe. Es la oligodemocracia la que manda a través de jueces inamovibles, dado que ellos mismos se juzgan, en connivencia con los profesionales que dependen de sus fallos y con los representantes de las mínimas minorías, que de esta forma construyen poder para cristalizar sus bajas ambiciones personales. Esta es la democracia que sufrimos, la oligodemocracia, es decir, la democracia de pocos, que frenan las decisiones de muchos, para conservar la injusticia y el atropello. Cosa convalidada por una Corte, que por un lado dice “la Justicia no gobierna”, pero no hace nada para que así sea, trabajando de frontón y rebotando cuanta cosa le llega. Y así estamos los del pueblo, los que construimos esta mayoría, la cual es frenada en esta denigrante y trucha oligodemocracia, viendo que nos han encajonado, dejándonos sólo dos salidas. Una es juntar todos los votos populares y patriotas que haya en esta tierra y en octubre reventar las urnas con votos celestes y blancos e ir por la reforma constitucional, que posibilite una popular democracia, aboliendo este adefesio constitucional que tenemos, que origina la oligodemocracia que nos esclaviza e indigna. Que lo único que da es “seguridad jurídica” a los que roban al pueblo y entregan la patria. La otra salida es la no deseada por nadie, que es movilizar a la mayoría e ir por los que le impiden la popular democracia, como hicieron mis antepasados franceses, padres de la popular democracia. Antonio Tourville, DNI 7.817.849 Las Grutas
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