Conflictos incomprendidos

Redacción

Por Redacción

Al iniciarse lo que, con optimismo desbordante, los medios más importantes del Occidente llamaron “la primavera árabe”, muchos querían creerse frente a una rebelión masiva contra dictaduras brutales protagonizada por una nueva generación de demócratas jóvenes resueltos a modernizar sus países respectivos. Se equivocaban, claro está. Como no tardó en enseñarles el triunfo de partidos islamistas en las elecciones en Túnez y Egipto, en los países mayormente musulmanes del norte de África y el Oriente Medio los demócratas auténticos constituyen una minoría atípica relativamente pequeña, pero aun así hay muchos políticos occidentales, entre ellos el presidente norteamericano Barack Obama, el secretario de Estado John Kerry, el senador republicano John McCain, que quieren que Estados Unidos y Europa ayuden a los rebeldes sirios en su lucha contra el dictador Bashar al Assad porque, según ellos, se trata de “moderados” confiables. ¿Lo son? Si bien es de suponer que algunos sí son demócratas sinceros, no cabe duda de que los combatientes mejor preparados de las fuerzas rebeldes son integrantes de Al Qaeda y otros grupos de ideología yihadista que están en guerra contra todo cuanto a su juicio representan Estados Unidos y sus aliados europeos. Por lo tanto, el canciller sirio tenía buenos motivos para preguntarse cómo es posible que Obama haya optado por aliarse con los responsables del atentado terrorista que derribó las Torres Gemelas de Nueva York y un ala del Pentágono en Washington. Asimismo, el gobierno decididamente autoritario del presidente ruso Vladimir Putin ha aprovechado la oportunidad para incomodar a Obama afirmándose muy preocupado por el destino de los aproximadamente dos millones de cristianos que viven en Siria. De caer el régimen de Al Assad, muchos morirían a manos de los islamistas que, en las zonas que dominan, ya han comenzado a “limpiarlas” de minorías religiosas, asesinando con impunidad a cristianos, alauitas y drusos. No estará en lo cierto el papa Francisco cuando insinúa que los norteamericanos están más interesados en provocar “guerras comerciales para vender armas” que en castigar a Al Assad por el presunto uso de armas químicas, pero es lógico que se oponga a cualquier ataque que sirva para debilitar la dictadura. No lo dirá en público, pero el pontífice entenderá que, por atroz que sea Al Assad, un régimen islamista envalentonado por un triunfo luego de una guerra civil cruenta sería con toda seguridad mucho peor desde el punto de vista de los cristianos y miembros de otras minorías religiosas o étnicas. Por desgracia, en este conflicto, y en los que están estallando en otros países de la región, ya no es cuestión de optar entre apoyar a tiranías reaccionarias por un lado y, por el otro, ayudar a personas de mentalidad democrática que se sienten comprometidas con el pluralismo. Antes bien, se trata de elegir entre un statu quo terrible, como el de Siria antes de cobrar fuerza la insurrección sunnita, y alternativas que podrían ser más horrorosas aún. En Estados Unidos se ha hecho habitual atribuir la oposición del grueso de la ciudadanía a cualquier intervención en Siria a los costos siderales que supondría y al “cansancio” causado por la falta de resultados indiscutiblemente positivos de las operaciones militares en Irak y Afganistán, pero la verdad es un tanto distinta. En América del Norte y en Europa, la mayoría está harta de los conflictos brutales que están desgarrando el mundo musulmán y no quiere que sus propios países se involucren en luchas interminables en un intento vano por solucionar problemas ajenos que a menudo le parecen incomprensibles desde que, en sus propias sociedades, la religión es considerada un asunto personal. Tal actitud no puede sino incidir de manera muy negativa en la relación de las nutridas comunidades musulmanas que se han establecido en Europa y Estados Unidos con el resto de la población, al intensificarse la sensación de que el islam es incompatible con el pluralismo democrático y que en última instancia sería imposible la convivencia basada en el respeto mutuo. Así las cosas, lejos de servir para reducir la distancia entre los musulmanes y quienes no lo son, como tantos habían esperado, las consecuencias de la primavera árabe haría todavía más profundo el abismo que los separa.


Al iniciarse lo que, con optimismo desbordante, los medios más importantes del Occidente llamaron “la primavera árabe”, muchos querían creerse frente a una rebelión masiva contra dictaduras brutales protagonizada por una nueva generación de demócratas jóvenes resueltos a modernizar sus países respectivos. Se equivocaban, claro está. Como no tardó en enseñarles el triunfo de partidos islamistas en las elecciones en Túnez y Egipto, en los países mayormente musulmanes del norte de África y el Oriente Medio los demócratas auténticos constituyen una minoría atípica relativamente pequeña, pero aun así hay muchos políticos occidentales, entre ellos el presidente norteamericano Barack Obama, el secretario de Estado John Kerry, el senador republicano John McCain, que quieren que Estados Unidos y Europa ayuden a los rebeldes sirios en su lucha contra el dictador Bashar al Assad porque, según ellos, se trata de “moderados” confiables. ¿Lo son? Si bien es de suponer que algunos sí son demócratas sinceros, no cabe duda de que los combatientes mejor preparados de las fuerzas rebeldes son integrantes de Al Qaeda y otros grupos de ideología yihadista que están en guerra contra todo cuanto a su juicio representan Estados Unidos y sus aliados europeos. Por lo tanto, el canciller sirio tenía buenos motivos para preguntarse cómo es posible que Obama haya optado por aliarse con los responsables del atentado terrorista que derribó las Torres Gemelas de Nueva York y un ala del Pentágono en Washington. Asimismo, el gobierno decididamente autoritario del presidente ruso Vladimir Putin ha aprovechado la oportunidad para incomodar a Obama afirmándose muy preocupado por el destino de los aproximadamente dos millones de cristianos que viven en Siria. De caer el régimen de Al Assad, muchos morirían a manos de los islamistas que, en las zonas que dominan, ya han comenzado a “limpiarlas” de minorías religiosas, asesinando con impunidad a cristianos, alauitas y drusos. No estará en lo cierto el papa Francisco cuando insinúa que los norteamericanos están más interesados en provocar “guerras comerciales para vender armas” que en castigar a Al Assad por el presunto uso de armas químicas, pero es lógico que se oponga a cualquier ataque que sirva para debilitar la dictadura. No lo dirá en público, pero el pontífice entenderá que, por atroz que sea Al Assad, un régimen islamista envalentonado por un triunfo luego de una guerra civil cruenta sería con toda seguridad mucho peor desde el punto de vista de los cristianos y miembros de otras minorías religiosas o étnicas. Por desgracia, en este conflicto, y en los que están estallando en otros países de la región, ya no es cuestión de optar entre apoyar a tiranías reaccionarias por un lado y, por el otro, ayudar a personas de mentalidad democrática que se sienten comprometidas con el pluralismo. Antes bien, se trata de elegir entre un statu quo terrible, como el de Siria antes de cobrar fuerza la insurrección sunnita, y alternativas que podrían ser más horrorosas aún. En Estados Unidos se ha hecho habitual atribuir la oposición del grueso de la ciudadanía a cualquier intervención en Siria a los costos siderales que supondría y al “cansancio” causado por la falta de resultados indiscutiblemente positivos de las operaciones militares en Irak y Afganistán, pero la verdad es un tanto distinta. En América del Norte y en Europa, la mayoría está harta de los conflictos brutales que están desgarrando el mundo musulmán y no quiere que sus propios países se involucren en luchas interminables en un intento vano por solucionar problemas ajenos que a menudo le parecen incomprensibles desde que, en sus propias sociedades, la religión es considerada un asunto personal. Tal actitud no puede sino incidir de manera muy negativa en la relación de las nutridas comunidades musulmanas que se han establecido en Europa y Estados Unidos con el resto de la población, al intensificarse la sensación de que el islam es incompatible con el pluralismo democrático y que en última instancia sería imposible la convivencia basada en el respeto mutuo. Así las cosas, lejos de servir para reducir la distancia entre los musulmanes y quienes no lo son, como tantos habían esperado, las consecuencias de la primavera árabe haría todavía más profundo el abismo que los separa.

Registrate gratis

Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento

Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora