“El impacto del acto”
El asunto de esta carta es el impulso por centrarme en algo que tiene sentido para vivir. Tal impulso no es una mera abstracción sin referencia empírica, sino la marca dejada por una persona que acaba de jubilarse, en quien aquí escribe. Para evitar cansar, no seguiré el fatigoso muestrario de reunión de pruebas selectivas; tan sólo tomaré como referencia uno de sus actos, tendiente a sustentar lo que interpreto constituye su don de gente. Dicho acto es el siguiente: a inicios de 1984, yo, recién llegado a Fisque Menuco, vivía en un viejo conventillo de condiciones edilicias bastante deficitarias. Pues bien, ese año fue invierno de gran nevazón. En medio del tiempo blanco, un día me visitó quien en ese momento era titular del área del hospital en la cual yo laboraba. Comprendí que llegó a visitarme como producto de un acto empático (empatía no es más que ponerse en el pellejo del otro) para conmigo: como cualquier recién llegado al cual le pasan cosas por dentro sin que nada diga, yo sentía que eso me ocurría, lo cual sumado al frío que surgía desde todos lados, me replegaba en la frontera donde visteaban entrelazados el desarraigo y el arraigo. ¿Puede negarse que visitar a alguien para conversar no equivale al acto preventor que en situaciones especiales hasta puede curar males emocionales que, como la tristeza, constituyen la puerta de acceso a complicaciones mayores? El día de su visita, todo lo que el visitante tuvo que hacer fue estar ahí para sentir lo que yo sentía: frío. Al otro día, nuevamente me visitó, mas sorprendiéndome con el obsequio de una estufa para calefaccionar la pieza. Tan sólo ese gesto. Gesto que no fue el único en el tiempo posterior que le hube conocido. Gesto que valoro y reconozco positivamente. (Para no caer en desagradecimiento, no desplazo del territorio de la memoria a innúmeras personas que no han rehuido estar a mi lado con su aportación en épocas de sequía –María Luisa, mi madre, mujer osada, lúcida e inteligente, me educó desde niño a no obviar lo sustancial– y si no las menciono aquí no es por especulación coyuntural propia del ladino camaleónico, tampoco por limitada percepción para discernir lo importante de lo que no lo es, sino porque la referencia de quien despierta estas líneas amerita tratamiento singular). Ahora pienso en cómo en lo extremo, en la carencia, en la incertidumbre, aparecen seres humanos imperceptibles, incidiendo en la historia de otros seres humanos. Aquel invierno de blancura congelada tornó a inusualmente cálido tiempo no por cambio alguno en las condiciones climáticas, sí por la sensibilidad humana que tiene muchísima más fuerza que cualquier invierno, pues los inviernos pasan pero la elegancia personal de sujetos con principios y valores –como las ideas– permanece. Recordar la postal de aquel invierno del 84 es todo un incentivo: desarraigo-arraigo geográfico y emocional, mísero conventillo, patio de tierra hecho barro, nieve congelada en techo de chapas, baño común para diez personas sólo provisto con agua fría, joven con desconocimiento de lo que en realidad se trata este lío llamado vida, entre otros detalles no más divertidos de contar. Yo tenía necesidad de abrigo y quien en el presente año acaba de jubilarse me lo proveyó. Por tales razones, a pesar de pertenecer a un género proclive a no percibir lo esencial en los pequeños sucesos del cotidiano, yergo mi voz para proclamar tesoros en los basurales, en lo mísero, en los márgenes del margen, en las bajuras de lo superficial, en los actos irrelevantes aunque trascendentales, en fin, en la poquedad de lo humano. Confieso que al escribir esta carta he disfrutado de la sensación de no haberla escrito yo, sino la historia de quien hoy se aleja del ajetreo cotidiano de las actividades públicas: Mario Rivoire. Deseo para vos, estimado Mario, el simple sentido del tiempo y de la tranquilidad para continuar viviendo plenamente. Víctor Alberto Cumio DNI 12.698.653 Roca
Víctor Alberto Cumio DNI 12.698.653 Roca
El asunto de esta carta es el impulso por centrarme en algo que tiene sentido para vivir. Tal impulso no es una mera abstracción sin referencia empírica, sino la marca dejada por una persona que acaba de jubilarse, en quien aquí escribe. Para evitar cansar, no seguiré el fatigoso muestrario de reunión de pruebas selectivas; tan sólo tomaré como referencia uno de sus actos, tendiente a sustentar lo que interpreto constituye su don de gente. Dicho acto es el siguiente: a inicios de 1984, yo, recién llegado a Fisque Menuco, vivía en un viejo conventillo de condiciones edilicias bastante deficitarias. Pues bien, ese año fue invierno de gran nevazón. En medio del tiempo blanco, un día me visitó quien en ese momento era titular del área del hospital en la cual yo laboraba. Comprendí que llegó a visitarme como producto de un acto empático (empatía no es más que ponerse en el pellejo del otro) para conmigo: como cualquier recién llegado al cual le pasan cosas por dentro sin que nada diga, yo sentía que eso me ocurría, lo cual sumado al frío que surgía desde todos lados, me replegaba en la frontera donde visteaban entrelazados el desarraigo y el arraigo. ¿Puede negarse que visitar a alguien para conversar no equivale al acto preventor que en situaciones especiales hasta puede curar males emocionales que, como la tristeza, constituyen la puerta de acceso a complicaciones mayores? El día de su visita, todo lo que el visitante tuvo que hacer fue estar ahí para sentir lo que yo sentía: frío. Al otro día, nuevamente me visitó, mas sorprendiéndome con el obsequio de una estufa para calefaccionar la pieza. Tan sólo ese gesto. Gesto que no fue el único en el tiempo posterior que le hube conocido. Gesto que valoro y reconozco positivamente. (Para no caer en desagradecimiento, no desplazo del territorio de la memoria a innúmeras personas que no han rehuido estar a mi lado con su aportación en épocas de sequía –María Luisa, mi madre, mujer osada, lúcida e inteligente, me educó desde niño a no obviar lo sustancial– y si no las menciono aquí no es por especulación coyuntural propia del ladino camaleónico, tampoco por limitada percepción para discernir lo importante de lo que no lo es, sino porque la referencia de quien despierta estas líneas amerita tratamiento singular). Ahora pienso en cómo en lo extremo, en la carencia, en la incertidumbre, aparecen seres humanos imperceptibles, incidiendo en la historia de otros seres humanos. Aquel invierno de blancura congelada tornó a inusualmente cálido tiempo no por cambio alguno en las condiciones climáticas, sí por la sensibilidad humana que tiene muchísima más fuerza que cualquier invierno, pues los inviernos pasan pero la elegancia personal de sujetos con principios y valores –como las ideas– permanece. Recordar la postal de aquel invierno del 84 es todo un incentivo: desarraigo-arraigo geográfico y emocional, mísero conventillo, patio de tierra hecho barro, nieve congelada en techo de chapas, baño común para diez personas sólo provisto con agua fría, joven con desconocimiento de lo que en realidad se trata este lío llamado vida, entre otros detalles no más divertidos de contar. Yo tenía necesidad de abrigo y quien en el presente año acaba de jubilarse me lo proveyó. Por tales razones, a pesar de pertenecer a un género proclive a no percibir lo esencial en los pequeños sucesos del cotidiano, yergo mi voz para proclamar tesoros en los basurales, en lo mísero, en los márgenes del margen, en las bajuras de lo superficial, en los actos irrelevantes aunque trascendentales, en fin, en la poquedad de lo humano. Confieso que al escribir esta carta he disfrutado de la sensación de no haberla escrito yo, sino la historia de quien hoy se aleja del ajetreo cotidiano de las actividades públicas: Mario Rivoire. Deseo para vos, estimado Mario, el simple sentido del tiempo y de la tranquilidad para continuar viviendo plenamente. Víctor Alberto Cumio DNI 12.698.653 Roca
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