Un papelón diplomático
Según la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, un motivo por el que ha bajado tanto su propio índice de popularidad consiste en que los medios locales no prestan la debida atención a lo que está ocurriendo en el resto del planeta y en que, si la ciudadanía se informara mejor, entendería que la Argentina cuenta con un gobierno mucho más eficaz que los de otras latitudes. De tratarse de comparar la realidad nacional con la de muchos países africanos y asiáticos la presidenta tendría razón pero, como sucedió al ocurrírsele aludir a la situación fiscal de Australia y Canadá con el propósito de hacer pensar que nuestras finanzas eran decididamente más sanas que las de dos países anglófonos que –el grado de desarrollo político y económico aparte– tienen mucho en común con la Argentina, sólo logró ponerse en ridículo. Asimismo, aunque es legítimo argüir que sería de nuestro interés que los medios redoblaran los esfuerzos por mantenernos al tanto de las vicisitudes de los demás miembros de la comunidad internacional, convendría aún más que lo hiciera la Cancillería ya que, a juzgar por una serie de episodios recientes, no tiene la menor idea de lo que está sucediendo en el exterior. Fue merced al amateurismo impulsivo que desde hace algunos años es la característica más llamativa de la diplomacia kirchnerista que la presidenta se sintió constreñida, al hablar ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, a suplicar a los iraníes que por fin reconocieran, de forma inequívoca, el acuerdo sobre la investigación del atentado terrorista contra la sede de la AMIA, en que murieron 85 personas, que para indignación y desconcierto de todos salvo los oficialistas el Congreso ratificó hace ocho meses. En el transcurso de un discurso que duró casi una hora, a pesar de que conforme a las reglas respetadas por otros mandatarios sólo le correspondían 15 minutos, Cristina les pidió a los iraníes que dijeran de una vez si lo habían aprobado o no, de tal modo confesando su propia frustración frente a la taciturnidad despectiva de sus nuevos aliados estratégicos. Algunos días después el artífice del presunto pacto, el canciller Héctor Timerman, afirmó que su homólogo persa le había asegurado que el acuerdo sí contaba con el aval del régimen teocrático, detalle del que, según parece, sus representantes habían olvidado notificar al gobierno argentino, acaso porque en su opinión carece de importancia. Dicho de otro modo, para los iraníes, que ya han conseguido separar la Argentina de los demás países occidentales, se trata de un problema ya superado. En cuanto a la noción de que estarían dispuestos a colaborar con la Justicia argentina en la búsqueda de la verdad verdadera, aun cuando se vieran involucrados muchos líderes de la “revolución islámica”, entre ellos algunos personajes vinculados por el presidente “moderado” Hassan Rohani, siempre fue absurda. No es ningún secreto que Cristina sintió poco interés por los asuntos internacionales antes de alcanzar su eminencia actual ya que, lo mismo que su marido, subordinaba todo a la política interna, primero la de Santa Cruz y más tarde del país en su conjunto. He aquí una razón por la que hoy en día la Argentina se ve tan aislada. Con la eventual excepción de la Venezuela chavista, no tiene amigos en el exterior. Por distintos motivos, el gobierno de Cristina se ha peleado con todos los vecinos, además de Estados Unidos, los miembros de la Unión Europea y, en ocasiones, hasta con China y Japón. Así las cosas, es natural que para el régimen iraní asumir la responsabilidad por el atentado contra la AMIA o hacer cuanto resulte necesario para convencer al mundo de que integrantes de la cúpula revolucionaria no tuvieron nada que ver con aquel acto de guerra no pueda considerarse una prioridad. Por el contrario, desde el punto de vista de los teócratas sanguinarios de Teherán, es a lo sumo un tema que por un rato provocó molestias pero que, gracias a la voluntad de Cristina de “solucionar” de la manera más heterodoxa posible un problema largamente pendiente y la presunta ingenuidad del canciller Timerman, ya no les preocupa, razón por la que no tendrán la más mínima intención de permitir que fiscales argentinos sometan a indagatoria a los acusados de ser los “autores intelectuales” del peor atentado terrorista que hemos sufrido.
Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.124.965 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Miércoles 2 de octubre de 2013
Según la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, un motivo por el que ha bajado tanto su propio índice de popularidad consiste en que los medios locales no prestan la debida atención a lo que está ocurriendo en el resto del planeta y en que, si la ciudadanía se informara mejor, entendería que la Argentina cuenta con un gobierno mucho más eficaz que los de otras latitudes. De tratarse de comparar la realidad nacional con la de muchos países africanos y asiáticos la presidenta tendría razón pero, como sucedió al ocurrírsele aludir a la situación fiscal de Australia y Canadá con el propósito de hacer pensar que nuestras finanzas eran decididamente más sanas que las de dos países anglófonos que –el grado de desarrollo político y económico aparte– tienen mucho en común con la Argentina, sólo logró ponerse en ridículo. Asimismo, aunque es legítimo argüir que sería de nuestro interés que los medios redoblaran los esfuerzos por mantenernos al tanto de las vicisitudes de los demás miembros de la comunidad internacional, convendría aún más que lo hiciera la Cancillería ya que, a juzgar por una serie de episodios recientes, no tiene la menor idea de lo que está sucediendo en el exterior. Fue merced al amateurismo impulsivo que desde hace algunos años es la característica más llamativa de la diplomacia kirchnerista que la presidenta se sintió constreñida, al hablar ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, a suplicar a los iraníes que por fin reconocieran, de forma inequívoca, el acuerdo sobre la investigación del atentado terrorista contra la sede de la AMIA, en que murieron 85 personas, que para indignación y desconcierto de todos salvo los oficialistas el Congreso ratificó hace ocho meses. En el transcurso de un discurso que duró casi una hora, a pesar de que conforme a las reglas respetadas por otros mandatarios sólo le correspondían 15 minutos, Cristina les pidió a los iraníes que dijeran de una vez si lo habían aprobado o no, de tal modo confesando su propia frustración frente a la taciturnidad despectiva de sus nuevos aliados estratégicos. Algunos días después el artífice del presunto pacto, el canciller Héctor Timerman, afirmó que su homólogo persa le había asegurado que el acuerdo sí contaba con el aval del régimen teocrático, detalle del que, según parece, sus representantes habían olvidado notificar al gobierno argentino, acaso porque en su opinión carece de importancia. Dicho de otro modo, para los iraníes, que ya han conseguido separar la Argentina de los demás países occidentales, se trata de un problema ya superado. En cuanto a la noción de que estarían dispuestos a colaborar con la Justicia argentina en la búsqueda de la verdad verdadera, aun cuando se vieran involucrados muchos líderes de la “revolución islámica”, entre ellos algunos personajes vinculados por el presidente “moderado” Hassan Rohani, siempre fue absurda. No es ningún secreto que Cristina sintió poco interés por los asuntos internacionales antes de alcanzar su eminencia actual ya que, lo mismo que su marido, subordinaba todo a la política interna, primero la de Santa Cruz y más tarde del país en su conjunto. He aquí una razón por la que hoy en día la Argentina se ve tan aislada. Con la eventual excepción de la Venezuela chavista, no tiene amigos en el exterior. Por distintos motivos, el gobierno de Cristina se ha peleado con todos los vecinos, además de Estados Unidos, los miembros de la Unión Europea y, en ocasiones, hasta con China y Japón. Así las cosas, es natural que para el régimen iraní asumir la responsabilidad por el atentado contra la AMIA o hacer cuanto resulte necesario para convencer al mundo de que integrantes de la cúpula revolucionaria no tuvieron nada que ver con aquel acto de guerra no pueda considerarse una prioridad. Por el contrario, desde el punto de vista de los teócratas sanguinarios de Teherán, es a lo sumo un tema que por un rato provocó molestias pero que, gracias a la voluntad de Cristina de “solucionar” de la manera más heterodoxa posible un problema largamente pendiente y la presunta ingenuidad del canciller Timerman, ya no les preocupa, razón por la que no tendrán la más mínima intención de permitir que fiscales argentinos sometan a indagatoria a los acusados de ser los “autores intelectuales” del peor atentado terrorista que hemos sufrido.
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