Un sistema enfermo

Redacción

Por Redacción

Por ser la Argentina un país tan exageradamente caudillista y por estar tan resuelta la presidenta Cristina Fernández de Kirchner a tomar todas las decisiones que le parecen significantes, a menudo sin consultar a nadie salvo, quizás, ciertos miembros de su reducido círculo áulico, no es sorprendente que a menudo sufra problemas de salud. Mientras que en otros países democráticos los mandatarios suelen darse el lujo de alejarse con cierta frecuencia del quehacer político y administrativo –para indignación de sus adversarios, a veces el norteamericano Barack Obama parece estar mucho más interesado en el golf que en actividades que se suponen apropiadas para “el hombre más poderoso del mundo”–, para Cristina gobernar es un trabajo de tiempo completo ya que, además de manejar la economía y los programas sociales, se ha encargado personalmente de la política exterior y de la relación del Poder Ejecutivo nacional con las provincias y los municipios más importantes, obligando a los gobernadores e intendentes que dependen de “la caja” a incluir en sus listas electorales a personajes que a su juicio merecen su confianza. De más está decir que el surmenage así supuesto incidiría en la salud de cualquiera, por robusto y equilibrado que fuera. En otros países democráticos no motivaría mucha preocupación el que el presidente tuviera que guardar reposo por algunas semanas debido a una dolencia considerada poco grave. En el caso de Cristina, no se dispone de suficientes precisiones, aunque los escuetos informes oficiales señalaron la existencia de un hematoma craneal provocado por un golpe que sufrió hace casi dos meses y que requerirá de una cirugía a practicarse hoy tras un más reciente hormigueo en un brazo. A menos que el episodio coincidiera con una gran crisis interna o internacional, el gobierno seguiría trabajando normalmente aunque, claro está, de prolongarse demasiado la ausencia del presidente los problemas comenzarían a multiplicarse. Sin embargo, como es notorio, en la Argentina las instituciones son precarias, no existe nada parecido a un “servicio civil” profesional, y de resultas tanto de la voluntad de la presidenta de asumir cada vez más responsabilidades como de la obsecuencia de los integrantes del gobierno que encabeza y la falta de una oposición coherente, el país se ha acostumbrado a que todo gire en torno a Cristina. Si bien la ciudadanía ya está preparándose para enfrentar una nueva etapa en que otro dirigente ocupe el lugar de la señora en el rudimentario esquema político nacional, aún dista de haberse adaptado a la realidad reflejada por los resultados de las primarias de agosto, de ahí el desconcierto provocado por la enfermedad presidencial, que es de esperar sea tan pasajera como los partes médicos oficiales hacen prever. De acuerdo común, el vicepresidente Amado Boudou no está en condiciones de sustituir, aunque sólo fuera formalmente, a Cristina porque carece por completo de prestigio, además de verse involucrado en varias causas judiciales. Sin embargo, para muchos kirchneristas las deficiencias patentes de Boudou motivarán más alivio que pesar. Desde su punto de vista, es mejor que el vicepresidente sea una persona repudiada por la mayoría de lo que sería que la presidencia tuviera que ceder el mando a alguien como los exvicepresidentes Julio Cobos y Daniel Scioli, que poseen cualidades que, aprovechadas con habilidad, les permitirían figurar como los sucesores naturales de Cristina. Desde que el entonces presidente interino Eduardo Duhalde eligió a Néstor Kirchner para ser su candidato en las elecciones del 2003, tanto el así favorecido como sus seguidores se han esforzado por debilitar a quienes podrían aspirar a reemplazarlos en el poder con el propósito de crear una situación como la actual, en que no se ve ninguna alternativa al statu quo que no supusiera una crisis institucional de proporciones alarmantes. Puede que no fuera por tal motivo que Cristina eligió, para asombro hasta de sus colaboradores más cercanos, a Boudou para ser su compañero de fórmula en las elecciones presidenciales del 2011, pero le hubiera sido difícil pensar en una forma más eficaz de asegurar que, aun cuando problemas de salud la forzaran a delegar el poder por un rato, el vicepresidente resultara incapaz de socavar su autoridad personal.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.124.965 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Martes 8 de octubre de 2013


Por ser la Argentina un país tan exageradamente caudillista y por estar tan resuelta la presidenta Cristina Fernández de Kirchner a tomar todas las decisiones que le parecen significantes, a menudo sin consultar a nadie salvo, quizás, ciertos miembros de su reducido círculo áulico, no es sorprendente que a menudo sufra problemas de salud. Mientras que en otros países democráticos los mandatarios suelen darse el lujo de alejarse con cierta frecuencia del quehacer político y administrativo –para indignación de sus adversarios, a veces el norteamericano Barack Obama parece estar mucho más interesado en el golf que en actividades que se suponen apropiadas para “el hombre más poderoso del mundo”–, para Cristina gobernar es un trabajo de tiempo completo ya que, además de manejar la economía y los programas sociales, se ha encargado personalmente de la política exterior y de la relación del Poder Ejecutivo nacional con las provincias y los municipios más importantes, obligando a los gobernadores e intendentes que dependen de “la caja” a incluir en sus listas electorales a personajes que a su juicio merecen su confianza. De más está decir que el surmenage así supuesto incidiría en la salud de cualquiera, por robusto y equilibrado que fuera. En otros países democráticos no motivaría mucha preocupación el que el presidente tuviera que guardar reposo por algunas semanas debido a una dolencia considerada poco grave. En el caso de Cristina, no se dispone de suficientes precisiones, aunque los escuetos informes oficiales señalaron la existencia de un hematoma craneal provocado por un golpe que sufrió hace casi dos meses y que requerirá de una cirugía a practicarse hoy tras un más reciente hormigueo en un brazo. A menos que el episodio coincidiera con una gran crisis interna o internacional, el gobierno seguiría trabajando normalmente aunque, claro está, de prolongarse demasiado la ausencia del presidente los problemas comenzarían a multiplicarse. Sin embargo, como es notorio, en la Argentina las instituciones son precarias, no existe nada parecido a un “servicio civil” profesional, y de resultas tanto de la voluntad de la presidenta de asumir cada vez más responsabilidades como de la obsecuencia de los integrantes del gobierno que encabeza y la falta de una oposición coherente, el país se ha acostumbrado a que todo gire en torno a Cristina. Si bien la ciudadanía ya está preparándose para enfrentar una nueva etapa en que otro dirigente ocupe el lugar de la señora en el rudimentario esquema político nacional, aún dista de haberse adaptado a la realidad reflejada por los resultados de las primarias de agosto, de ahí el desconcierto provocado por la enfermedad presidencial, que es de esperar sea tan pasajera como los partes médicos oficiales hacen prever. De acuerdo común, el vicepresidente Amado Boudou no está en condiciones de sustituir, aunque sólo fuera formalmente, a Cristina porque carece por completo de prestigio, además de verse involucrado en varias causas judiciales. Sin embargo, para muchos kirchneristas las deficiencias patentes de Boudou motivarán más alivio que pesar. Desde su punto de vista, es mejor que el vicepresidente sea una persona repudiada por la mayoría de lo que sería que la presidencia tuviera que ceder el mando a alguien como los exvicepresidentes Julio Cobos y Daniel Scioli, que poseen cualidades que, aprovechadas con habilidad, les permitirían figurar como los sucesores naturales de Cristina. Desde que el entonces presidente interino Eduardo Duhalde eligió a Néstor Kirchner para ser su candidato en las elecciones del 2003, tanto el así favorecido como sus seguidores se han esforzado por debilitar a quienes podrían aspirar a reemplazarlos en el poder con el propósito de crear una situación como la actual, en que no se ve ninguna alternativa al statu quo que no supusiera una crisis institucional de proporciones alarmantes. Puede que no fuera por tal motivo que Cristina eligió, para asombro hasta de sus colaboradores más cercanos, a Boudou para ser su compañero de fórmula en las elecciones presidenciales del 2011, pero le hubiera sido difícil pensar en una forma más eficaz de asegurar que, aun cuando problemas de salud la forzaran a delegar el poder por un rato, el vicepresidente resultara incapaz de socavar su autoridad personal.

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