Prisionera de su salud

Redacción

Por Redacción

No sorprendería del todo que el régimen que, según los médicos que la atienden, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner tendrá que respetar le resultara ser aún más estresante de lo que le fue su hiperactiva rutina habitual. Al darla de alta, los especialistas de la Fundación Favaloro le señalaron que debería guardar “estricto reposo” por 30 días y permanecer recluida en la Residencia de Olivos porque no podrá subir a un avión para trasladarse a El Calafate, donde con toda seguridad se sentiría más cómoda. Es de prever, pues, que por algunas semanas la presidenta se vea tironeada por su presunta voluntad de acatar las instrucciones de los médicos y su aversión a permitir que otros tomen decisiones importantes. Tanto para Cristina como para los integrantes del gobierno que encabeza, se trata de una situación sumamente difícil. El jefe de Gabinete, Juan Manuel Abal Medina, insiste en recordarnos que la presidenta monopoliza “todo” el poder, pero de ser así le será necesario ejercerlo porque, de lo contrario, el país quedaría sin gobierno hasta que se haya completado su recuperación, ya que sus colaboradores están más acostumbrados a obedecer sin chistar las órdenes “de arriba” que a actuar con cierto grado de autonomía como harían en circunstancias similares sus homólogos en otras partes del mundo. Sin embargo, si Cristina optara por intervenir, correría el riesgo de sufrir una recaída. Si bien es probable que los facultativos de la Fundación Favaloro hayan exagerado un poco, lo que sería comprensible porque no querrán que nadie los acuse de poner en peligro la salud presidencial, Cristina entenderá que sería un error mofarse de sus consejos, como solía hacer su marido, con consecuencias fatales. Todo sería mucho más sencillo si Amado Boudou fuera una persona que, además de poseer las cualidades apropiadas para un mandatario ocasional, mereciera la plena confianza de su jefa y de otros miembros del gobierno nacional, pero sucede que, a juicio de casi todos, el vicepresidente dista de estar a la altura de las responsabilidades que acaba de asumir. Por lo demás, los miembros más influyentes del círculo áulico presidencial lo creen un intrigante inescrupuloso que en cualquier momento podría traicionar a su benefactora, razón por la que lo tienen bajo vigilancia constante para que no se le ocurra tomar en serio el cargo que le ha tocado. De ser sólo cuestión de un par de días de “estricto reposo”, seguidos por el regreso triunfal al trabajo de Cristina, el extraño drama ocasionado por la ausencia forzosa de una mandataria imprescindible y su sustitución por un personaje impresentable no causaría demasiados problemas, pero parecería que se prolongará por varias semanas. Asimismo, una vez terminado este interludio anómalo Cristina seguiría enfrentando el dilema planteado por su propia voluntad y la de sus dependientes de aferrarse a todo el poder que ha sabido construir, por un lado y, por el otro, la conciencia de que, si trata de aprovecharlo con vigor excesivo su salud se vería perjudicada. El gobernador bonaerense Daniel Scioli dice que en los dos años que, según la Constitución, le quedan en el poder Cristina “va a poner lo mejor de ella” para que quien le “tome la posta” en el 2015 se encuentre con un país “en óptimas condiciones”, pero sólo se trata de una expresión de deseos. Ya antes de caer enferma la presidenta era penosamente evidente que en la fase final de su gestión continuarían agravándose problemas atribuibles al abismo cada vez más ancho y profundo que se abría entre la Argentina del “relato” o del Indec y el país real. Para que Cristina estuviera en condiciones de “poner lo mejor de ella” con el propósito de legar al próximo gobierno un país con la inflación controlada, las reservas del Banco Central en un nivel adecuado y así por el estilo, tendría que entender que le convendría hacerlo, pero no existen motivos para suponer que ha llegado a la conclusión de que sería necesario modificar el rumbo. Antes bien, sería probable que luego de recuperarse de su enfermedad se negara a tomar medidas destinadas a asegurar que el próximo gobierno reciba una herencia tan espléndida como la prevista por el gobernador que, para disgusto de los kirchneristas más comprometidos con “el modelo”, aún espera sucederla en la Casa Rosada.


No sorprendería del todo que el régimen que, según los médicos que la atienden, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner tendrá que respetar le resultara ser aún más estresante de lo que le fue su hiperactiva rutina habitual. Al darla de alta, los especialistas de la Fundación Favaloro le señalaron que debería guardar “estricto reposo” por 30 días y permanecer recluida en la Residencia de Olivos porque no podrá subir a un avión para trasladarse a El Calafate, donde con toda seguridad se sentiría más cómoda. Es de prever, pues, que por algunas semanas la presidenta se vea tironeada por su presunta voluntad de acatar las instrucciones de los médicos y su aversión a permitir que otros tomen decisiones importantes. Tanto para Cristina como para los integrantes del gobierno que encabeza, se trata de una situación sumamente difícil. El jefe de Gabinete, Juan Manuel Abal Medina, insiste en recordarnos que la presidenta monopoliza “todo” el poder, pero de ser así le será necesario ejercerlo porque, de lo contrario, el país quedaría sin gobierno hasta que se haya completado su recuperación, ya que sus colaboradores están más acostumbrados a obedecer sin chistar las órdenes “de arriba” que a actuar con cierto grado de autonomía como harían en circunstancias similares sus homólogos en otras partes del mundo. Sin embargo, si Cristina optara por intervenir, correría el riesgo de sufrir una recaída. Si bien es probable que los facultativos de la Fundación Favaloro hayan exagerado un poco, lo que sería comprensible porque no querrán que nadie los acuse de poner en peligro la salud presidencial, Cristina entenderá que sería un error mofarse de sus consejos, como solía hacer su marido, con consecuencias fatales. Todo sería mucho más sencillo si Amado Boudou fuera una persona que, además de poseer las cualidades apropiadas para un mandatario ocasional, mereciera la plena confianza de su jefa y de otros miembros del gobierno nacional, pero sucede que, a juicio de casi todos, el vicepresidente dista de estar a la altura de las responsabilidades que acaba de asumir. Por lo demás, los miembros más influyentes del círculo áulico presidencial lo creen un intrigante inescrupuloso que en cualquier momento podría traicionar a su benefactora, razón por la que lo tienen bajo vigilancia constante para que no se le ocurra tomar en serio el cargo que le ha tocado. De ser sólo cuestión de un par de días de “estricto reposo”, seguidos por el regreso triunfal al trabajo de Cristina, el extraño drama ocasionado por la ausencia forzosa de una mandataria imprescindible y su sustitución por un personaje impresentable no causaría demasiados problemas, pero parecería que se prolongará por varias semanas. Asimismo, una vez terminado este interludio anómalo Cristina seguiría enfrentando el dilema planteado por su propia voluntad y la de sus dependientes de aferrarse a todo el poder que ha sabido construir, por un lado y, por el otro, la conciencia de que, si trata de aprovecharlo con vigor excesivo su salud se vería perjudicada. El gobernador bonaerense Daniel Scioli dice que en los dos años que, según la Constitución, le quedan en el poder Cristina “va a poner lo mejor de ella” para que quien le “tome la posta” en el 2015 se encuentre con un país “en óptimas condiciones”, pero sólo se trata de una expresión de deseos. Ya antes de caer enferma la presidenta era penosamente evidente que en la fase final de su gestión continuarían agravándose problemas atribuibles al abismo cada vez más ancho y profundo que se abría entre la Argentina del “relato” o del Indec y el país real. Para que Cristina estuviera en condiciones de “poner lo mejor de ella” con el propósito de legar al próximo gobierno un país con la inflación controlada, las reservas del Banco Central en un nivel adecuado y así por el estilo, tendría que entender que le convendría hacerlo, pero no existen motivos para suponer que ha llegado a la conclusión de que sería necesario modificar el rumbo. Antes bien, sería probable que luego de recuperarse de su enfermedad se negara a tomar medidas destinadas a asegurar que el próximo gobierno reciba una herencia tan espléndida como la prevista por el gobernador que, para disgusto de los kirchneristas más comprometidos con “el modelo”, aún espera sucederla en la Casa Rosada.

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