Al Shabaab, una peligrosa organización terrorista

Redacción

Por Redacción

EMILIO J. CÁRDENAS (*)

Simplificando enormemente, por cierto, uno podría definir el movimiento fundamentalista islámico somalí que responde al nombre de Al Shabaab como la versión local de Al Qaeda, que aún domina buena parte del territorio de la colapsada Somalia. Una de sus células, precisamente, es la que acaba de ser protagonista del cobarde ataque al shopping center Westgate en Nairobi, Kenia, atentado que generó un tendal de muertos y heridos. Hablamos de civiles inocentes que de pronto y cuando menos lo esperaban cayeron víctimas del fanatismo islámico, lo que evidencia que la guerrilla fundamentalista somalí es no sólo un peligro real sino una constante amenaza para la paz y la seguridad de la región toda. Según fuentes de inteligencia norteamericana, la organización Al Shabaab está atravesando un momento complejo, dividida en distintas facciones, sin un comando unificado y con intensas luchas internas de poder. En su propio país el movimiento terrorista enfrenta la acción armada de las fuerzas de paz de Kenia y de Etiopía, así como de otras de la Unión Africana, que protegen –como pueden– al débil gobierno somalí de transición que controla apenas una parte de Mogadishu, la ciudad capital. A duras penas, en rigor. Al Shabaab ha estado asociada a Al Qaeda desde hace ya un buen rato. Basta recordar que operó con ella tanto en el atentado con bombas realizado contra la embajada de Estados Unidos en Nairobi, en 1998, como en el atentado perpetrado contra un hotel de turistas en Mombasa en el 2002. La aparente debilidad circunstancial no ha hecho, sin embargo, perder a Al Shabaab audacia ni eficacia en el uso de la fuerza. Así acaba de ser demostrado –aparentemente– por el reciente fracaso de veinte comandos navales norteamericanos cuando, hace pocos días, intentaron apresar por sorpresa –en la ciudad de Barawe– a uno de sus más temidos líderes: Abdikadir Mohamed Abdikadir, más conocido como Ikrima, su “nombre de guerra”. Los comandos volvieron, sin embargo, con las manos vacías, repelidos. Ikrima ha liderado en las últimas semanas una serie de ataques con granadas perpetrados tanto contra civiles inocentes como contra instalaciones militares keniatas, no sólo en el propio territorio de Kenia sino también en el de Uganda. Además, es el organizador y coordinador de varios otros grupos extremistas multinacionales que cuentan con participación activa de militantes fundamentalistas provenientes de Tanzania y de Yemen. El fracaso de los comandos Seals, como cabía suponer, ha sido celebrado como una victoria por Al Shabaab recordando asimismo en esa oportunidad –siempre alborozadamente– el sorpresivo derribo del helicóptero norteamericano Black Hawk en la ciudad de Mohadishu, en la invasión norteamericana de 1993. Y recalcando, asimismo, que se trata de haber vencido a las mismas fuerzas que no hace mucho ultimaron a Osama bin Laden en Pakistán. El fracaso en el intento de aprisionar a Ikrima en la ciudad de Barawe –una pequeña y normalmente somnolienta población costera somalí, de apenas unos 20.000 habitantes– ocurrió pese a la superioridad norteamericana en materia de armas y al factor sorpresa, que presumiblemente ayudaron a los norteamericanos que llegaron a Somalia desde el mar y actuaron de noche. Barawe, recordemos, es el único puerto somalí a través del cual los terroristas de Al Shabaab pueden movilizarse con libertad utilizando el mar para ello. Las milicias de Al Shabaab dominan la pequeña ciudad, donde actúan a la manera de amos y señores. Allí cobran impuestos, operan una emisora de radio con la que convocan constantemente a la “guerra santa” contra los “infieles”, circulan en camionetas artilladas y son jueces, carceleros y hasta verdugos sin que nadie discuta su autoridad, que es simplemente un hecho que emana de la fuerza precisamente. Por esto el temor de que tras el ataque de los comandos norteamericanos algunos de los locales sean tenidos por “informantes” y, por ello, maltratados. El oficial naval que lideraba el comando de los Seals estadounidenses tomó la decisión de cancelar el intento de aprisionar al líder terrorista al toparse no sólo con una dura resistencia sino con la circunstancia adicional de que los milicianos de Al Shabaab estaban –como quizás debió haberse previsto– rodeados de niños y ancianos, lo que hacía que la captura que se intentaba pudiera terminar en una verdadera tragedia con todas sus consecuencias. La operación, parece obvio, no estuvo bien concebida. Tuvo, de todas maneras, “inteligencia imperfecta”, según lo han admitido expresamente los propios norteamericanos, quienes utilizaron esa gráfica expresión para justificar lo sucedido. Y, quizás, tampoco estuvo bien ejecutada. Por esto la celebración de Al Shabaab, que a nadie debe alegrar porque quienes piensan y ejecutan los desalmados atentados terroristas seguirán haciéndolo, envalentonados por haber evitado la caída de su jefe en manos de quienes lo procuraban. (*) Exembajador de la Argentina ante las Naciones Unidas


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