En un mundo propio
De tomarse en serio las palabras del jefe de Gabinete, Jorge Capitanich, los preocupados por la evolución de la economía no entienden nada. Hablan de los males causados por lo que llaman el cepo cambiario cuando, nos dice, la verdad es que “en la Argentina existe un mercado libre y único de cambio”, lo que, como podrían informarle millones de personas que quisieran conseguir dólares o euros, es un disparate. Será de suponer que Capitanich lo sabe muy bien pero, como tantos otros funcionarios, se ha sentido obligado a respetar la política comunicacional de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, que consiste en aferrarse cueste lo que costare al “relato”, ya que en su opinión lo que cree la gente es más importante que la realidad. Mientras el gobierno disfrutaba de la aprobación mayoritaria, la política de la mentira supuestamente virtuosa brindaba resultados que eran más que satisfactorios desde el punto de vista oficial, pero en la actualidad es contraproducente. Lejos de estimular confianza en la gestión de Cristina, sólo sirve para hacer sospechar que ni ella ni sus colaboradores principales, como Capitanich y el ministro de Economía Axel Kicillof, tienen la menor idea de lo que les convendría hacer. Cuando formulan declaraciones, los voceros oficiales tienen que pensar en cómo reaccionarán tres públicos muy distintos; la ciudadanía, “los mercados” internacionales y Cristina. Por motivos que a su juicio serán razonables, todos privilegian el tercero. Parecería que temen mucho más a la presidenta que a la mayoría abrumadora de sus compatriotas o a los siempre esquivos mercados, razón por la que dicen cosas que podrían complacerla aun cuando los ponen en ridículo a ojos de los demás. Por miedo a verse retados por una señora que no vacilaría en castigarlos por cualquier desviación de la línea que ha fijado, se limitan a administrar el país imaginario inventado por los propagandistas del Indec. No extraña, pues, que el país real se haya distanciado tanto del oficial. Ya se ha abierto una brecha que es equiparable con la que separa al dólar blue de la variante kirchnerista y puede que se amplíe todavía más en las semanas venideras. Se trata de una situación absurda. Las dos Argentinas, la de Cristina y la de buena parte del resto de la población, son irreconciliables. Medidas que tal vez serían apropiadas para el país de la presidenta no sirven para nada en el que efectivamente existe; antes bien, suelen agravar aún más los problemas. De ser Capitanich, Kicillof y otros que desempeñan cargos clave personajes menos sumisos, ya se las hubieran arreglado para convencer a Cristina de que, a menos que el gobierno modifique radicalmente el rumbo, el país sufrirá una crisis institucional sumamente grave, pero parecería que ni siquiera se han propuesto ponerse a la altura de sus responsabilidades. Los intentos más recientes de reducir la brecha entre el dólar blue y el del hipotético “mercado libre y único de cambio” de Capitanich devaluando el oficial no han prosperado. Tampoco han brindado resultados positivos los esfuerzos por revertir la caída alarmante de las reservas del Banco Central. Para el gobierno de Cristina y, desde luego, para el país en su conjunto, la semana pasada fue ominosa. De repetirse, se difundirá tanto la sensación de que los kirchneristas ya han perdido la capacidad para manejar la economía con un mínimo de eficacia que se rompería el pacto no escrito en que se basa la legitimidad del poder democrático. Es lo que sucedió en vísperas del derrocamiento del presidente Fernando de la Rúa en los días finales del 2001. Si bien, a diferencia de lo que pasaba en aquel entonces, el gobierno de Cristina no se ve frente a una ola de agitación instigada por militantes políticos inescrupulosos –sus adversarios más decididos quieren humillarla forzándola a permanecer en el poder haciéndose cargo del fracaso de su “proyecto”–, el panorama ante el país es similar. Mal que les pese tanto a los kirchneristas como a los opositores que preferirían seguir con sus internas respectivas hasta mediados del 2015, la Argentina necesita un gobierno auténtico, no uno que, agotado el dinero de la famosa caja presidencial, todos los días se ve desbordado por problemas ocasionados por su propia inoperancia.
De tomarse en serio las palabras del jefe de Gabinete, Jorge Capitanich, los preocupados por la evolución de la economía no entienden nada. Hablan de los males causados por lo que llaman el cepo cambiario cuando, nos dice, la verdad es que “en la Argentina existe un mercado libre y único de cambio”, lo que, como podrían informarle millones de personas que quisieran conseguir dólares o euros, es un disparate. Será de suponer que Capitanich lo sabe muy bien pero, como tantos otros funcionarios, se ha sentido obligado a respetar la política comunicacional de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, que consiste en aferrarse cueste lo que costare al “relato”, ya que en su opinión lo que cree la gente es más importante que la realidad. Mientras el gobierno disfrutaba de la aprobación mayoritaria, la política de la mentira supuestamente virtuosa brindaba resultados que eran más que satisfactorios desde el punto de vista oficial, pero en la actualidad es contraproducente. Lejos de estimular confianza en la gestión de Cristina, sólo sirve para hacer sospechar que ni ella ni sus colaboradores principales, como Capitanich y el ministro de Economía Axel Kicillof, tienen la menor idea de lo que les convendría hacer. Cuando formulan declaraciones, los voceros oficiales tienen que pensar en cómo reaccionarán tres públicos muy distintos; la ciudadanía, “los mercados” internacionales y Cristina. Por motivos que a su juicio serán razonables, todos privilegian el tercero. Parecería que temen mucho más a la presidenta que a la mayoría abrumadora de sus compatriotas o a los siempre esquivos mercados, razón por la que dicen cosas que podrían complacerla aun cuando los ponen en ridículo a ojos de los demás. Por miedo a verse retados por una señora que no vacilaría en castigarlos por cualquier desviación de la línea que ha fijado, se limitan a administrar el país imaginario inventado por los propagandistas del Indec. No extraña, pues, que el país real se haya distanciado tanto del oficial. Ya se ha abierto una brecha que es equiparable con la que separa al dólar blue de la variante kirchnerista y puede que se amplíe todavía más en las semanas venideras. Se trata de una situación absurda. Las dos Argentinas, la de Cristina y la de buena parte del resto de la población, son irreconciliables. Medidas que tal vez serían apropiadas para el país de la presidenta no sirven para nada en el que efectivamente existe; antes bien, suelen agravar aún más los problemas. De ser Capitanich, Kicillof y otros que desempeñan cargos clave personajes menos sumisos, ya se las hubieran arreglado para convencer a Cristina de que, a menos que el gobierno modifique radicalmente el rumbo, el país sufrirá una crisis institucional sumamente grave, pero parecería que ni siquiera se han propuesto ponerse a la altura de sus responsabilidades. Los intentos más recientes de reducir la brecha entre el dólar blue y el del hipotético “mercado libre y único de cambio” de Capitanich devaluando el oficial no han prosperado. Tampoco han brindado resultados positivos los esfuerzos por revertir la caída alarmante de las reservas del Banco Central. Para el gobierno de Cristina y, desde luego, para el país en su conjunto, la semana pasada fue ominosa. De repetirse, se difundirá tanto la sensación de que los kirchneristas ya han perdido la capacidad para manejar la economía con un mínimo de eficacia que se rompería el pacto no escrito en que se basa la legitimidad del poder democrático. Es lo que sucedió en vísperas del derrocamiento del presidente Fernando de la Rúa en los días finales del 2001. Si bien, a diferencia de lo que pasaba en aquel entonces, el gobierno de Cristina no se ve frente a una ola de agitación instigada por militantes políticos inescrupulosos –sus adversarios más decididos quieren humillarla forzándola a permanecer en el poder haciéndose cargo del fracaso de su “proyecto”–, el panorama ante el país es similar. Mal que les pese tanto a los kirchneristas como a los opositores que preferirían seguir con sus internas respectivas hasta mediados del 2015, la Argentina necesita un gobierno auténtico, no uno que, agotado el dinero de la famosa caja presidencial, todos los días se ve desbordado por problemas ocasionados por su propia inoperancia.
Registrate gratis
Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento
Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora