Conflictos sin fin a la vista
Al agravarse las catástrofes humanitarias que tanto dolor están provocando en Siria y países vecinos como Jordania, Turquía y el Líbano, muchos culpan a “la comunidad internacional” por no hacer lo suficiente como para defender a los atrapados en una guerra civil caótica en la que las fuerzas del dictador Bashar al-Assad, grupos islamistas y facciones presuntamente moderadas están luchando por imponerse y en la que todos han perpetrado atrocidades. Sin embargo, la “comunidad internacional” está tan fragmentada que no está en condiciones de actuar de manera coherente. Para que lo hiciera, sería necesario que Rusia, China, Estados Unidos, los diversos países europeos y otros combinaran sus esfuerzos, pero puesto que Rusia apoya a Al-Assad mientras que los occidentales esperan verlo desplazado por alguien comprometido con la democracia pluralista y la tolerancia religiosa, es escasa la posibilidad de que lleguen a un acuerdo. También lo es que “el diálogo de paz” que debería celebrarse en Ginebra produzca algo más positivo que la cuota habitual de banalidades bienintencionadas. Últimamente, se han multiplicado las críticas dirigidas contra los países occidentales por no abrir las puertas de par en par para que ingresen centenares de miles, acaso millones, de refugiados sirios. Tanto el Vaticano del papa Francisco como organizaciones humanitarias laicas parecen resueltos a difundir la idea de que, si bien en esta oportunidad sería difícil atribuir lo que está sucediendo en Siria al intervencionismo occidental, la supuesta indiferencia de los europeos y norteamericanos ante una tragedia de dimensiones bíblicas ha resultado ser igualmente terrible. Desde su punto de vista, el que la mayor parte de la ayuda económica a los refugiados haya sido aportada por Estados Unidos y el Reino Unido, carece de importancia y lo mismo podría decirse de los informes según los cuales Al Qaeda está entrenando a contingentes de yihadistas en Siria para que reanuden la guerra santa en Europa y América del Norte. Tampoco les impresiona el hecho de que los gobiernos occidentales sean reacios a correr el riesgo de permitir la entrada de contingentes de fanáticos aguerridos no sólo por temor a la xenofobia atribuida al grueso de sus compatriotas, sino también porque la experiencia les ha enseñado que aun cuando se tratara de una pequeña minoría de los acogidos como refugiados decididos a huir del infierno en que se ha convertido Siria, su capacidad para sembrar muerte y destrucción sería enorme. Como fue de prever, el repliegue de Estados Unidos del Oriente Medio y Afganistán no ha traído la paz. Por el contrario, ha brindado a los islamistas, tanto sunnitas como chiitas, una oportunidad para redoblar sus ataques. En Afganistán, los talibanes ya están festejando lo que para ellos será un triunfo histórico sobre los infieles que están a punto de abandonar a su suerte al gobierno elegido de Hamid Karzai. En Irak y en Siria, yihadistas vinculados con Al Qaeda están matando a todos aquellos que se animan a desobedecerles. En Libia, los islamistas asesinaron a un embajador estadounidense sin que el presidente Barack Obama reaccionara; para excusar la pasividad del “hombre más poderoso del mundo”, los voceros de la Casa Blanca insisten, para incredulidad hasta de los oficialistas, en que el diplomático fue víctima de un disturbio espontáneo motivado por la difusión de un video antimusulmán confeccionado en California por un copto. Y, para más señas, el régimen teocrático iraní se jacta de haber frustrado los esfuerzos del “Gran Satanás” norteamericano por frenar su programa nuclear. Mal que bien, parecería que las zonas más conflictivas del mundo requieren la presencia de un “gendarme”, ya que de otro modo estallarán. Lo entienden muy bien los franceses, cuyos soldados están tratando de imponer la paz en Mali y la República Centroafricana, pero no cuentan con los recursos que les serían necesarios para sustituir a los norteamericanos. En cuanto a “la comunidad internacional”, depende tanto de los intereses de países como Rusia y China que están más interesados en incomodar a sus rivales occidentales que en promover la paz, que sería inútil esperar que interviniera para mitigar el caos sanguinario que tanto sufrimiento está causando en el Oriente Medio, África y países asiáticos como Afganistán y Pakistán.
Al agravarse las catástrofes humanitarias que tanto dolor están provocando en Siria y países vecinos como Jordania, Turquía y el Líbano, muchos culpan a “la comunidad internacional” por no hacer lo suficiente como para defender a los atrapados en una guerra civil caótica en la que las fuerzas del dictador Bashar al-Assad, grupos islamistas y facciones presuntamente moderadas están luchando por imponerse y en la que todos han perpetrado atrocidades. Sin embargo, la “comunidad internacional” está tan fragmentada que no está en condiciones de actuar de manera coherente. Para que lo hiciera, sería necesario que Rusia, China, Estados Unidos, los diversos países europeos y otros combinaran sus esfuerzos, pero puesto que Rusia apoya a Al-Assad mientras que los occidentales esperan verlo desplazado por alguien comprometido con la democracia pluralista y la tolerancia religiosa, es escasa la posibilidad de que lleguen a un acuerdo. También lo es que “el diálogo de paz” que debería celebrarse en Ginebra produzca algo más positivo que la cuota habitual de banalidades bienintencionadas. Últimamente, se han multiplicado las críticas dirigidas contra los países occidentales por no abrir las puertas de par en par para que ingresen centenares de miles, acaso millones, de refugiados sirios. Tanto el Vaticano del papa Francisco como organizaciones humanitarias laicas parecen resueltos a difundir la idea de que, si bien en esta oportunidad sería difícil atribuir lo que está sucediendo en Siria al intervencionismo occidental, la supuesta indiferencia de los europeos y norteamericanos ante una tragedia de dimensiones bíblicas ha resultado ser igualmente terrible. Desde su punto de vista, el que la mayor parte de la ayuda económica a los refugiados haya sido aportada por Estados Unidos y el Reino Unido, carece de importancia y lo mismo podría decirse de los informes según los cuales Al Qaeda está entrenando a contingentes de yihadistas en Siria para que reanuden la guerra santa en Europa y América del Norte. Tampoco les impresiona el hecho de que los gobiernos occidentales sean reacios a correr el riesgo de permitir la entrada de contingentes de fanáticos aguerridos no sólo por temor a la xenofobia atribuida al grueso de sus compatriotas, sino también porque la experiencia les ha enseñado que aun cuando se tratara de una pequeña minoría de los acogidos como refugiados decididos a huir del infierno en que se ha convertido Siria, su capacidad para sembrar muerte y destrucción sería enorme. Como fue de prever, el repliegue de Estados Unidos del Oriente Medio y Afganistán no ha traído la paz. Por el contrario, ha brindado a los islamistas, tanto sunnitas como chiitas, una oportunidad para redoblar sus ataques. En Afganistán, los talibanes ya están festejando lo que para ellos será un triunfo histórico sobre los infieles que están a punto de abandonar a su suerte al gobierno elegido de Hamid Karzai. En Irak y en Siria, yihadistas vinculados con Al Qaeda están matando a todos aquellos que se animan a desobedecerles. En Libia, los islamistas asesinaron a un embajador estadounidense sin que el presidente Barack Obama reaccionara; para excusar la pasividad del “hombre más poderoso del mundo”, los voceros de la Casa Blanca insisten, para incredulidad hasta de los oficialistas, en que el diplomático fue víctima de un disturbio espontáneo motivado por la difusión de un video antimusulmán confeccionado en California por un copto. Y, para más señas, el régimen teocrático iraní se jacta de haber frustrado los esfuerzos del “Gran Satanás” norteamericano por frenar su programa nuclear. Mal que bien, parecería que las zonas más conflictivas del mundo requieren la presencia de un “gendarme”, ya que de otro modo estallarán. Lo entienden muy bien los franceses, cuyos soldados están tratando de imponer la paz en Mali y la República Centroafricana, pero no cuentan con los recursos que les serían necesarios para sustituir a los norteamericanos. En cuanto a “la comunidad internacional”, depende tanto de los intereses de países como Rusia y China que están más interesados en incomodar a sus rivales occidentales que en promover la paz, que sería inútil esperar que interviniera para mitigar el caos sanguinario que tanto sufrimiento está causando en el Oriente Medio, África y países asiáticos como Afganistán y Pakistán.
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