Los diques se rompen

Redacción

Por Redacción

Se equivocaron los convencidos de que el gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner lograría corregir poco a poco las distorsiones propias del “modelo” vigente, de tal modo mitigando el impacto del ajuste que está en marcha y que, tal y como están las cosas, amenaza con ser brutal. Ya es evidente que el ministro de Economía Axel Kicillof y los militantes de La Cámpora que conforman su equipo no están en condiciones de instrumentar una estrategia gradualista que, desde luego, para tener éxito requeriría de un grado de competencia profesional que le es ajeno. Al darse cuenta los agentes económicos de que Kicillof y sus subordinados sólo saben improvisar, se desplomó la confianza en su gestión. Tiene razón el jefe de Gabinete Jorge Capitanich cuando dice que la devaluación del peso de la semana pasada fue impulsada por “el mercado”; pudo hacerlo porque el gobierno perdió la capacidad para impedirla, no porque de súbito haya llegado a la conclusión de que le convendría respetar la ley de la oferta y la demanda. Lo mismo podría decir de la decisión de autorizar la compra de dólares para tenencia y ahorro. El cepo cambiario –el que, según Capitanich, nunca existió– resultaba contraproducente; lejos de hacer más atractivo el peso, lo afeó tanto que quienes estaban en condiciones de cambiarlo por otra moneda lo hacían sin preocuparse por la cotización, razón por la que se disparó el dólar blue. Para agravar todavía más la situación en que el país se encuentra merced a los errores perpetrados por el gobierno, a Kicillof se le ha ocurrido afirmarse víctima de una conspiración supuestamente urdida por el CEO de la sucursal local de la petrolera angloholandesa Shell, Juan José Aranguren, a su juicio el hombre detrás de “un ataque especulativo muy fuerte”. Kicillof basó la acusación en la compra, hecha por Shell con la aprobación del Banco Central, de 3,5 millones de dólares, dando a entender así que una operación por lo que es para el mundo de las finanzas un monto menor sería más que suficiente como para dinamitar la economía nacional. Se trata de un disparate, claro está. Con todo, el mero hecho de que el ministro de Economía haya intentado defender su gestión desafortunada atribuyendo el colapso del peso a un complot destinado a “armar un clima apocalíptico” es de por sí motivo de alarma. Parecería que los soldados de Cristina se sienten tan desconcertados por el derrumbe del “modelo” que su prioridad actual consiste en atribuir el desastre a la malevolencia de quienes no comparten sus fantasías ideológicas estudiantiles. Desde hace años, economistas –“ortodoxos” o “heterodoxos”, da igual– un tanto más serios que los populistas que rodean a la presidenta están advirtiendo que resultaría insostenible la combinación de subsidios gigantescos, un déficit energético creciente y una tasa de inflación que pronto superaría el 30% anual, que según Cristina nos permitiría mantenernos a flote mientras los países ricos se hundían. Pues bien, si algo es insostenible, tarde o temprano dejará de funcionar. Aunque se demoró bastante la implosión prevista por los escépticos, parecería que ya ha comenzado. Como siempre ha sido el caso, la devaluación está alimentando la inflación que se ha acelerado en los días últimos, el precario acuerdo de “precios cuidados” de inicios del mes corriente ya se ha desactualizado, los sindicalistas no querrán conceder nada mientras el panorama sea tan confuso y, hasta nuevo aviso, pocos empresarios soñarán con arriesgarse invirtiendo o creando fuentes de empleo formales. Por motivos comprensibles, casi todos están preparándose para enfrentar un período, que tal vez resulte prolongado, signado por la incertidumbre, lo que no podrá sino incidir de manera muy negativa en la actividad económica. Apenas una semana atrás, el consenso era que el 2014 sería un año muy difícil pero que así y todo el país no sufriría una recesión. Por desgracia, el estado de ánimo reflejado por el optimismo tibio que hasta hace poco predominaba ha cambiado para peor. Al difundirse la sensación de que los encargados de manejar la economía son unos inoperantes que anteponen su relación personal con Cristina a los intereses del país y por lo tanto se limitan a obedecer sus órdenes, por caprichosas que les parezcan, el país está en vías de paralizarse.


Se equivocaron los convencidos de que el gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner lograría corregir poco a poco las distorsiones propias del “modelo” vigente, de tal modo mitigando el impacto del ajuste que está en marcha y que, tal y como están las cosas, amenaza con ser brutal. Ya es evidente que el ministro de Economía Axel Kicillof y los militantes de La Cámpora que conforman su equipo no están en condiciones de instrumentar una estrategia gradualista que, desde luego, para tener éxito requeriría de un grado de competencia profesional que le es ajeno. Al darse cuenta los agentes económicos de que Kicillof y sus subordinados sólo saben improvisar, se desplomó la confianza en su gestión. Tiene razón el jefe de Gabinete Jorge Capitanich cuando dice que la devaluación del peso de la semana pasada fue impulsada por “el mercado”; pudo hacerlo porque el gobierno perdió la capacidad para impedirla, no porque de súbito haya llegado a la conclusión de que le convendría respetar la ley de la oferta y la demanda. Lo mismo podría decir de la decisión de autorizar la compra de dólares para tenencia y ahorro. El cepo cambiario –el que, según Capitanich, nunca existió– resultaba contraproducente; lejos de hacer más atractivo el peso, lo afeó tanto que quienes estaban en condiciones de cambiarlo por otra moneda lo hacían sin preocuparse por la cotización, razón por la que se disparó el dólar blue. Para agravar todavía más la situación en que el país se encuentra merced a los errores perpetrados por el gobierno, a Kicillof se le ha ocurrido afirmarse víctima de una conspiración supuestamente urdida por el CEO de la sucursal local de la petrolera angloholandesa Shell, Juan José Aranguren, a su juicio el hombre detrás de “un ataque especulativo muy fuerte”. Kicillof basó la acusación en la compra, hecha por Shell con la aprobación del Banco Central, de 3,5 millones de dólares, dando a entender así que una operación por lo que es para el mundo de las finanzas un monto menor sería más que suficiente como para dinamitar la economía nacional. Se trata de un disparate, claro está. Con todo, el mero hecho de que el ministro de Economía haya intentado defender su gestión desafortunada atribuyendo el colapso del peso a un complot destinado a “armar un clima apocalíptico” es de por sí motivo de alarma. Parecería que los soldados de Cristina se sienten tan desconcertados por el derrumbe del “modelo” que su prioridad actual consiste en atribuir el desastre a la malevolencia de quienes no comparten sus fantasías ideológicas estudiantiles. Desde hace años, economistas –“ortodoxos” o “heterodoxos”, da igual– un tanto más serios que los populistas que rodean a la presidenta están advirtiendo que resultaría insostenible la combinación de subsidios gigantescos, un déficit energético creciente y una tasa de inflación que pronto superaría el 30% anual, que según Cristina nos permitiría mantenernos a flote mientras los países ricos se hundían. Pues bien, si algo es insostenible, tarde o temprano dejará de funcionar. Aunque se demoró bastante la implosión prevista por los escépticos, parecería que ya ha comenzado. Como siempre ha sido el caso, la devaluación está alimentando la inflación que se ha acelerado en los días últimos, el precario acuerdo de “precios cuidados” de inicios del mes corriente ya se ha desactualizado, los sindicalistas no querrán conceder nada mientras el panorama sea tan confuso y, hasta nuevo aviso, pocos empresarios soñarán con arriesgarse invirtiendo o creando fuentes de empleo formales. Por motivos comprensibles, casi todos están preparándose para enfrentar un período, que tal vez resulte prolongado, signado por la incertidumbre, lo que no podrá sino incidir de manera muy negativa en la actividad económica. Apenas una semana atrás, el consenso era que el 2014 sería un año muy difícil pero que así y todo el país no sufriría una recesión. Por desgracia, el estado de ánimo reflejado por el optimismo tibio que hasta hace poco predominaba ha cambiado para peor. Al difundirse la sensación de que los encargados de manejar la economía son unos inoperantes que anteponen su relación personal con Cristina a los intereses del país y por lo tanto se limitan a obedecer sus órdenes, por caprichosas que les parezcan, el país está en vías de paralizarse.

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