Despedidas
Reflexiones, pensamientos, anécdotas y sueños sobre viajar.
Es una sensación que normalmente arranca una semana antes de viajar, pero a veces me sorprende la noche anterior. Es una ansiedad que me desborda, como si estuviera sin un lugar donde repararme mientras se acerca la tormenta. La llamo el síndrome de la despedida. Me fui de Italia antes de cumplir 18 años, con una mezcla de tristeza por lo que dejaba -familia, amigos, infancia- y emoción por lo que venía con la universidad en Escocia, donde salí al mundo para comenzar una nueva vida. Dos días antes de irme, hubo una fiesta memorable en la terraza de mis padres. Me acuerdo poco de esas horas de frases lindas, música y abrazos. Recién al día siguiente, horas antes de viajar, armé las valijas. No estuve sola: una comisión de voluntariosos amigos entraba y salía de mi habitación. Todos sugerían algo. “¿Tienes suficiente ropa? Mira que allá hace frío”. Sentía que me ahogaba, como si tuviera un elefante sentado entre el pecho y la garganta. Llegó la hora. Viajé en tren de Nápoles a Roma, y de ahí tomé el avión hacia Edimburgo. Una docena de caras queridas fueron a despedirme a la estación. Nunca voy a olvidar la tristeza en los ojos de mi papá. Tampoco a mi hermano que, como en las películas, corrió junto al tren hasta el final del andén. Mi mamá me acompañó en el viaje. No lloré. En Italia dicen que si elegiste la bicicleta, te toca pedalear. Había decidido irme y aceptar la tristeza me parecía una contradicción demasiado grande. Fue el inicio de una vida itinerante, a veces solitaria, repleta de despedidas. Idas al aeropuerto para acompañar a los amigos que, como yo, también se iban de los lugares. Valijas hechas a último minuto para postergar la realidad. Fiestas, cenas y borracheras para eludir la tristeza de los hasta luego, que a veces fueron hasta siempre. Montañas de palabras lindas para desearme lo mejor cada vez que me fui a vivir a otra ciudad: Bonn, Santiago de Chile, Montreal, Londres, Quito, Caracas… Últimos sábados, últimos domingos. Y siempre la misma sensación de falta de aire, que de a poco empecé a reconocer y a nombrar. Con el tiempo se añadieron las lágrimas. Descubrí que soy bien llorona, como mi mamá. Ella se pone gafas oscuras cada vez que se va a despedir de mi hermano o de mí, pero los sollozos delatan su desconsuelo. Mi papá también se pone triste pero, aún en el 2014, sigue pensando que los hombres no lloran y se hace el chistoso: “Me da vergüenza estar con tu madre llorando, la gente va a pensar que le pego”. ¿Cómo puede llegar a ser tan doloroso salir de viaje? A veces me parece que casi me arrancan una extremidad cuando me separo de mis seres queridos. Como escribió mi amiga Sarah cuando me fui de Londres, “Te extrañaremos así como un pie que se cayó mientras dormíamos”. Creo que poco a poco estoy entendiendo que el llorar de mi mamá, así como mi sensación de angustia, están despegados de la realidad. Parecen ser lágrimas atávicas, que vienen de generaciones de migración y separaciones dolorosas. En mi caso, es como si se hubiesen quedado atrapadas cuando me hice la valiente aquella vez en la estación de Nápoles. ¿Y qué pasa con los recuerdos alegres? Durante el síndrome de la despedida, todo se borra. Por ejemplo, no me acuerdo de los lindos mensajes que cada uno de mis amigos escribió en su mano cuando me fui de Londres. Lo único que siento es dolor, como si fuera una amputación. Hace poco, ante la cercanía de la próxima mudanza, me propuse tener presente que a cada despedida le sigue una bienvenida. Si se reduce todo al instante del adiós, como si ahí estuviera en juego algo definitivo, el dolor se hace insoportable. Ampliando el enfoque hay más espacio para respirar y dejar brotar la emoción. Se puede sentir algo de tristeza, pero al mismo tiempo seguir adelante con una valija llena de manos que me saludan y me acompañan con cariño. @irenecaselli
En el camino
Irene Caselli irenecaselli@gmail.com
Es una sensación que normalmente arranca una semana antes de viajar, pero a veces me sorprende la noche anterior. Es una ansiedad que me desborda, como si estuviera sin un lugar donde repararme mientras se acerca la tormenta. La llamo el síndrome de la despedida. Me fui de Italia antes de cumplir 18 años, con una mezcla de tristeza por lo que dejaba -familia, amigos, infancia- y emoción por lo que venía con la universidad en Escocia, donde salí al mundo para comenzar una nueva vida. Dos días antes de irme, hubo una fiesta memorable en la terraza de mis padres. Me acuerdo poco de esas horas de frases lindas, música y abrazos. Recién al día siguiente, horas antes de viajar, armé las valijas. No estuve sola: una comisión de voluntariosos amigos entraba y salía de mi habitación. Todos sugerían algo. “¿Tienes suficiente ropa? Mira que allá hace frío”. Sentía que me ahogaba, como si tuviera un elefante sentado entre el pecho y la garganta. Llegó la hora. Viajé en tren de Nápoles a Roma, y de ahí tomé el avión hacia Edimburgo. Una docena de caras queridas fueron a despedirme a la estación. Nunca voy a olvidar la tristeza en los ojos de mi papá. Tampoco a mi hermano que, como en las películas, corrió junto al tren hasta el final del andén. Mi mamá me acompañó en el viaje. No lloré. En Italia dicen que si elegiste la bicicleta, te toca pedalear. Había decidido irme y aceptar la tristeza me parecía una contradicción demasiado grande. Fue el inicio de una vida itinerante, a veces solitaria, repleta de despedidas. Idas al aeropuerto para acompañar a los amigos que, como yo, también se iban de los lugares. Valijas hechas a último minuto para postergar la realidad. Fiestas, cenas y borracheras para eludir la tristeza de los hasta luego, que a veces fueron hasta siempre. Montañas de palabras lindas para desearme lo mejor cada vez que me fui a vivir a otra ciudad: Bonn, Santiago de Chile, Montreal, Londres, Quito, Caracas... Últimos sábados, últimos domingos. Y siempre la misma sensación de falta de aire, que de a poco empecé a reconocer y a nombrar. Con el tiempo se añadieron las lágrimas. Descubrí que soy bien llorona, como mi mamá. Ella se pone gafas oscuras cada vez que se va a despedir de mi hermano o de mí, pero los sollozos delatan su desconsuelo. Mi papá también se pone triste pero, aún en el 2014, sigue pensando que los hombres no lloran y se hace el chistoso: “Me da vergüenza estar con tu madre llorando, la gente va a pensar que le pego”. ¿Cómo puede llegar a ser tan doloroso salir de viaje? A veces me parece que casi me arrancan una extremidad cuando me separo de mis seres queridos. Como escribió mi amiga Sarah cuando me fui de Londres, “Te extrañaremos así como un pie que se cayó mientras dormíamos”. Creo que poco a poco estoy entendiendo que el llorar de mi mamá, así como mi sensación de angustia, están despegados de la realidad. Parecen ser lágrimas atávicas, que vienen de generaciones de migración y separaciones dolorosas. En mi caso, es como si se hubiesen quedado atrapadas cuando me hice la valiente aquella vez en la estación de Nápoles. ¿Y qué pasa con los recuerdos alegres? Durante el síndrome de la despedida, todo se borra. Por ejemplo, no me acuerdo de los lindos mensajes que cada uno de mis amigos escribió en su mano cuando me fui de Londres. Lo único que siento es dolor, como si fuera una amputación. Hace poco, ante la cercanía de la próxima mudanza, me propuse tener presente que a cada despedida le sigue una bienvenida. Si se reduce todo al instante del adiós, como si ahí estuviera en juego algo definitivo, el dolor se hace insoportable. Ampliando el enfoque hay más espacio para respirar y dejar brotar la emoción. Se puede sentir algo de tristeza, pero al mismo tiempo seguir adelante con una valija llena de manos que me saludan y me acompañan con cariño. @irenecaselli
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