Una cita en París
Mientras que algunos integrantes del gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, como el ministro de Defensa Agustín Rossi, siguen despotricando contra el maligno poder financiero internacional, otros, encabezados por el ministro de Economía Axel Kicillof, están procurando reconciliarse con él por motivos muy sencillos: el país necesita desesperadamente conseguir más dinero fresco. Hasta ahora, los resultados de tales esfuerzos han sido magros. Luego de intentar sin éxito convencer a los chinos de que les convendría invertir miles de millones de dólares en la Argentina, Kicillof visitó brevemente Francia en busca de un acuerdo con el Club de París, o sea con la veintena de países acreedores que esperan recuperar el dinero que habían prestado antes del default de fines del 2001. De alcanzar un acuerdo con los acreedores más importantes, inversores tanto estatales como privados comenzarían a tratar a la Argentina como un país “normal”, poniendo fin así al boicot virtual que tanto le ha costado, pero según las reglas del Club, cualquier convenio tendría que ser aprobado por todos los miembros, de suerte que el gobierno no podrá tratar de discriminar entre los países más flexibles que, por casualidad, son los que tienen menos en juego, por un lado, y por el otro los duros, como el Japón y Alemania, que han sido los más perjudicados por la resistencia kirchnerista a saldar las deudas pendientes. Del monto total de aproximadamente 10.000 millones de dólares entre capitales e intereses, más de la mitad corresponde al Japón y Alemania. Desgraciadamente para nosotros, los japoneses y alemanes suelen estar mucho menos dispuestos que los norteamericanos a perdonar las transgresiones financieras. Al regresar al país, Kicillof afirmó que la reunión que celebró en París con las autoridades del Club había sido “extremadamente positiva”, pero que así y todo sólo se trataba del inicio de un proceso “que puede llevar meses”. Tiene razón, ya que, por motivos políticos, el ministro de Economía no quiere que el FMI participe de las negociaciones, pero sucede que los países del Club de París necesitan que el organismo avale un eventual plan de pagos, lo que no podría hacer sin llevar a cabo una auditoría exhaustiva del estado de nuestra economía. Mal que les pese a quienes ven la mano del FMI detrás de todos los males nacionales, se trata de una exigencia muy razonable, ya que desde el punto de vista de los acreedores no serviría para nada un acuerdo que el país no estaría en condiciones de respetar. Kicillof y otros funcionarios insisten en que los acreedores deberían confiar ciegamente en su palabra, pero puesto que el gobierno kirchnerista se ha hecho mundialmente famoso por su voluntad de falsear las estadísticas económicas, es comprensible que los acreedores sean reacios a dejarse impresionar por las promesas de Kicillof, un hombre que, para más señas, no ha vacilado en calificar de “horrible” la seguridad jurídica. Además de desconfiar de un gobierno que durante años hizo gala del desprecio que sienten sus integrantes por las normas internacionales, los países miembros del Club de París no pueden sino dudar de la capacidad de la Argentina para acatar los términos de un acuerdo a largo plazo. Tal y como están las cosas, sería arriesgado tratar de prever el estado de la economía nacional a mediados del año corriente –no es ningún secreto que las reservas están cayendo con rapidez, que la inflación se está acelerando y que el clima político se ha enrarecido–, pero lo que Kicillof tiene en mente es un plan de pagos que dure al menos un decenio. Llegar a un acuerdo mutuamente satisfactorio con el Club de París en un marco de estabilidad no sería del todo fácil pero, huelga decirlo, cuando los índices eran menos alarmantes el gobierno no quería intentarlo. Antes bien, con la miopía que es una de sus características más llamativas, imaginaba que le sería dado mantener el país aislado para siempre de los mercados financieros internacionales. De este modo, logró privar a la economía de las inversiones que tanto necesitaba a cambio de nada más que los escasos beneficios políticos que le supusieron algunas diatribas presidenciales contra el FMI, un organismo que, no bien estalló la crisis del 2008, desempeñaría nuevamente un papel muy influyente en el mundo de las finanzas.
Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.124.965 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Sábado 18 de enero de 2014
Mientras que algunos integrantes del gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, como el ministro de Defensa Agustín Rossi, siguen despotricando contra el maligno poder financiero internacional, otros, encabezados por el ministro de Economía Axel Kicillof, están procurando reconciliarse con él por motivos muy sencillos: el país necesita desesperadamente conseguir más dinero fresco. Hasta ahora, los resultados de tales esfuerzos han sido magros. Luego de intentar sin éxito convencer a los chinos de que les convendría invertir miles de millones de dólares en la Argentina, Kicillof visitó brevemente Francia en busca de un acuerdo con el Club de París, o sea con la veintena de países acreedores que esperan recuperar el dinero que habían prestado antes del default de fines del 2001. De alcanzar un acuerdo con los acreedores más importantes, inversores tanto estatales como privados comenzarían a tratar a la Argentina como un país “normal”, poniendo fin así al boicot virtual que tanto le ha costado, pero según las reglas del Club, cualquier convenio tendría que ser aprobado por todos los miembros, de suerte que el gobierno no podrá tratar de discriminar entre los países más flexibles que, por casualidad, son los que tienen menos en juego, por un lado, y por el otro los duros, como el Japón y Alemania, que han sido los más perjudicados por la resistencia kirchnerista a saldar las deudas pendientes. Del monto total de aproximadamente 10.000 millones de dólares entre capitales e intereses, más de la mitad corresponde al Japón y Alemania. Desgraciadamente para nosotros, los japoneses y alemanes suelen estar mucho menos dispuestos que los norteamericanos a perdonar las transgresiones financieras. Al regresar al país, Kicillof afirmó que la reunión que celebró en París con las autoridades del Club había sido “extremadamente positiva”, pero que así y todo sólo se trataba del inicio de un proceso “que puede llevar meses”. Tiene razón, ya que, por motivos políticos, el ministro de Economía no quiere que el FMI participe de las negociaciones, pero sucede que los países del Club de París necesitan que el organismo avale un eventual plan de pagos, lo que no podría hacer sin llevar a cabo una auditoría exhaustiva del estado de nuestra economía. Mal que les pese a quienes ven la mano del FMI detrás de todos los males nacionales, se trata de una exigencia muy razonable, ya que desde el punto de vista de los acreedores no serviría para nada un acuerdo que el país no estaría en condiciones de respetar. Kicillof y otros funcionarios insisten en que los acreedores deberían confiar ciegamente en su palabra, pero puesto que el gobierno kirchnerista se ha hecho mundialmente famoso por su voluntad de falsear las estadísticas económicas, es comprensible que los acreedores sean reacios a dejarse impresionar por las promesas de Kicillof, un hombre que, para más señas, no ha vacilado en calificar de “horrible” la seguridad jurídica. Además de desconfiar de un gobierno que durante años hizo gala del desprecio que sienten sus integrantes por las normas internacionales, los países miembros del Club de París no pueden sino dudar de la capacidad de la Argentina para acatar los términos de un acuerdo a largo plazo. Tal y como están las cosas, sería arriesgado tratar de prever el estado de la economía nacional a mediados del año corriente –no es ningún secreto que las reservas están cayendo con rapidez, que la inflación se está acelerando y que el clima político se ha enrarecido–, pero lo que Kicillof tiene en mente es un plan de pagos que dure al menos un decenio. Llegar a un acuerdo mutuamente satisfactorio con el Club de París en un marco de estabilidad no sería del todo fácil pero, huelga decirlo, cuando los índices eran menos alarmantes el gobierno no quería intentarlo. Antes bien, con la miopía que es una de sus características más llamativas, imaginaba que le sería dado mantener el país aislado para siempre de los mercados financieros internacionales. De este modo, logró privar a la economía de las inversiones que tanto necesitaba a cambio de nada más que los escasos beneficios políticos que le supusieron algunas diatribas presidenciales contra el FMI, un organismo que, no bien estalló la crisis del 2008, desempeñaría nuevamente un papel muy influyente en el mundo de las finanzas.
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