Un gobierno disfuncional

Redacción

Por Redacción

Obligado a elegir entre un ajuste administrado y uno caótico, con un costo social mucho mayor, el gobierno prefiere la segunda alternativa por una razón muy sencilla: no quiere asumir la responsabilidad por lo que ha hecho. Parecería que la presidenta Cristina Fernández de Kirchner se convenció de que los ajustes son derechistas y dice que una mandataria tan progresista como ella nunca soñaría con tomar medidas que reducirían el poder adquisitivo de la gente, una tarea que, en distintas oportunidades nos aseguró, les correspondería a otros llevar a cabo. Inspirándose en esta idea disparatada, ya que siempre será preciso ajustar algo, durante años se negó a dejarse preocupar por la inflación, el vaciamiento del Banco Central o la brecha creciente entre el dólar oficial y el blue, hasta que ya no le quedó más opción que reconocer que, sin plata, sería necesario tratar de “sincerar” algunas variables económicas. Puede que algunos miembros del gobierno hayan entendido que la irresponsabilidad supuestamente principista reivindicada por la presidenta no era una opción racional, pero de ser así se mantuvieron callados ya que, como nos informó hace poco el jefe de Gabinete, Jorge Capitanich, aun cuando estaba descansando en El Calafate, tomaba todas las decisiones importantes. A Cristina le gusta afirmarse víctima de conspiraciones siniestras. Tiene razón, pero los enemigos más temibles que enfrenta no son los medios de comunicación independientes, los especuladores o los centros del poder financiero internacional. Son aquellos militantes, oportunistas y funcionarios que, al ponerse a su servicio, se convirtieron enseguida en autómatas dóciles que se limitaban a obedecerle a pesar de que, en el caso de algunos por lo menos, sabían muy bien que, si no cambiaba el rumbo, llevaría el país a un nuevo desastre descomunal. Para justificar su conducta mientras cumplían funciones en el Poder Ejecutivo nacional, exmiembros del gobierno han señalado que la presidenta no suele tolerar el disenso, que se enoja mucho si un subordinado se anima a contradecirla. También ha transcendido que, en ocasiones, la mandataria misma dice sentirse rodeada por inútiles. En otras palabras, la Argentina se ve gobernada por pusilánimes serviles que se saben despreciados por una jefa que claramente no entiende cómo manejar la economía pero que se resiste a permitirse aconsejar. Así las cosas, no es del todo sorprendente que el país se haya precipitado en una crisis de la cual no le será nada fácil sustraerse. Se trata de una consecuencia previsible –y prevista– de la nefasta tradición política caudillista que tantos desastres ha provocado en el transcurso de la historia nacional. Una proporción muy grande de la ciudadanía y, desde luego, de los “dirigentes” que dependen del voto popular, quiere que todo gire en torno a una sola persona presuntamente iluminada y cree que, si le juran lealtad, se verá beneficiada por tal aporte al interés común. Es una modalidad destructiva que, al socavar las instituciones propias de una sociedad democrática moderna, estimula la corrupción y premia la inoperancia que con tanta frecuencia caracteriza a los “leales” que andando el tiempo conseguirán desplazar a los meramente competentes. Cuando de gobernar se trata, la lealtad equivale a traición si se expresa convalidando cursos de acción que sólo producirían resultados negativos. Aunque Cristina encabeza la lista de los culpables de desaprovechar una coyuntura internacional excepcionalmente favorable, la acompaña un contingente nutrido de legisladores, funcionarios y otros, además de millones de votantes que, engañados por una sensación pasajera de bienestar incipiente, pasaron por alto detalles como los supuestos por la corrupción endémica, la demagogia clientelista, la inflación galopante y las deficiencias patentes de todos los servicios públicos. Muchos pagarán un precio muy elevado por la adhesión de tantos a la ilusión kirchnerista. Los ajustes no suelen discriminar entre quienes contribuyeron de un modo u otro a provocarlos y los que vanamente advirtieron que, tarde o temprano, “el proyecto” voluntarista del matrimonio santacruceño chocaría de frente contra la dura realidad, y que cuando ello ocurriera millones de personas se verían privadas de los recursos considerados necesarios para una vida digna.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.124.965 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Sábado 18 de enero de 2014


Obligado a elegir entre un ajuste administrado y uno caótico, con un costo social mucho mayor, el gobierno prefiere la segunda alternativa por una razón muy sencilla: no quiere asumir la responsabilidad por lo que ha hecho. Parecería que la presidenta Cristina Fernández de Kirchner se convenció de que los ajustes son derechistas y dice que una mandataria tan progresista como ella nunca soñaría con tomar medidas que reducirían el poder adquisitivo de la gente, una tarea que, en distintas oportunidades nos aseguró, les correspondería a otros llevar a cabo. Inspirándose en esta idea disparatada, ya que siempre será preciso ajustar algo, durante años se negó a dejarse preocupar por la inflación, el vaciamiento del Banco Central o la brecha creciente entre el dólar oficial y el blue, hasta que ya no le quedó más opción que reconocer que, sin plata, sería necesario tratar de “sincerar” algunas variables económicas. Puede que algunos miembros del gobierno hayan entendido que la irresponsabilidad supuestamente principista reivindicada por la presidenta no era una opción racional, pero de ser así se mantuvieron callados ya que, como nos informó hace poco el jefe de Gabinete, Jorge Capitanich, aun cuando estaba descansando en El Calafate, tomaba todas las decisiones importantes. A Cristina le gusta afirmarse víctima de conspiraciones siniestras. Tiene razón, pero los enemigos más temibles que enfrenta no son los medios de comunicación independientes, los especuladores o los centros del poder financiero internacional. Son aquellos militantes, oportunistas y funcionarios que, al ponerse a su servicio, se convirtieron enseguida en autómatas dóciles que se limitaban a obedecerle a pesar de que, en el caso de algunos por lo menos, sabían muy bien que, si no cambiaba el rumbo, llevaría el país a un nuevo desastre descomunal. Para justificar su conducta mientras cumplían funciones en el Poder Ejecutivo nacional, exmiembros del gobierno han señalado que la presidenta no suele tolerar el disenso, que se enoja mucho si un subordinado se anima a contradecirla. También ha transcendido que, en ocasiones, la mandataria misma dice sentirse rodeada por inútiles. En otras palabras, la Argentina se ve gobernada por pusilánimes serviles que se saben despreciados por una jefa que claramente no entiende cómo manejar la economía pero que se resiste a permitirse aconsejar. Así las cosas, no es del todo sorprendente que el país se haya precipitado en una crisis de la cual no le será nada fácil sustraerse. Se trata de una consecuencia previsible –y prevista– de la nefasta tradición política caudillista que tantos desastres ha provocado en el transcurso de la historia nacional. Una proporción muy grande de la ciudadanía y, desde luego, de los “dirigentes” que dependen del voto popular, quiere que todo gire en torno a una sola persona presuntamente iluminada y cree que, si le juran lealtad, se verá beneficiada por tal aporte al interés común. Es una modalidad destructiva que, al socavar las instituciones propias de una sociedad democrática moderna, estimula la corrupción y premia la inoperancia que con tanta frecuencia caracteriza a los “leales” que andando el tiempo conseguirán desplazar a los meramente competentes. Cuando de gobernar se trata, la lealtad equivale a traición si se expresa convalidando cursos de acción que sólo producirían resultados negativos. Aunque Cristina encabeza la lista de los culpables de desaprovechar una coyuntura internacional excepcionalmente favorable, la acompaña un contingente nutrido de legisladores, funcionarios y otros, además de millones de votantes que, engañados por una sensación pasajera de bienestar incipiente, pasaron por alto detalles como los supuestos por la corrupción endémica, la demagogia clientelista, la inflación galopante y las deficiencias patentes de todos los servicios públicos. Muchos pagarán un precio muy elevado por la adhesión de tantos a la ilusión kirchnerista. Los ajustes no suelen discriminar entre quienes contribuyeron de un modo u otro a provocarlos y los que vanamente advirtieron que, tarde o temprano, “el proyecto” voluntarista del matrimonio santacruceño chocaría de frente contra la dura realidad, y que cuando ello ocurriera millones de personas se verían privadas de los recursos considerados necesarios para una vida digna.

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