Boudou, el malquerido

Redacción

Por Redacción

Para el vicepresidente Amado Boudou, ser víctima de nada más que lo que el jefe de Gabinete Jorge Capitanich llama un “linchamiento mediático” sería motivo de alivio. Significaría que sólo tendría que preocuparse por la hostilidad de periodistas resueltos a hundirlo aprovechando la imagen escandalosa que ha logrado conseguir. Pero, como Boudou mismo, Capitanich y otros oficialistas saben muy bien, los problemas del vicepresidente no se limitan a su relación personal con ciertos medios de difusión. Mucho más grave, tanto para él como para el país, es la voluntad del fiscal Jorge Di Lello y el juez Ariel Lijo, entre otros juristas, de obligarlo a rendir cuentas ante la Justicia por su eventual participación en un caso notorio de corrupción, el de la causa de la ex Ciccone Calcográfica. El fiscal y el juez creen tener evidencia suficiente como para pedirle una declaración indagatoria, lo que de por sí marca un precedente: Boudou es el primer vicepresidente en funciones que se ha visto sometido a semejante indignidad. También se ve involucrado en la causa el jefe de la AFIP, Ricardo Echegaray, pero su situación parece menos comprometida que aquella de Boudou que, desgraciadamente para él y para quien le dio el cargo que ocupa, ya ha desplazado al exsecretario de Transporte Ricardo Jaime en el papel ingrato de “emblemático” principal de la corrupción kirchnerista. Si el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner pudiera librarse de Boudou sin pagar un precio muy alto, no vacilaría en soltarle la mano, para emplear una expresión que se ha repetido mucho últimamente. Desde el día en que, para sorpresa general, la presidenta lo eligió como su compañero de fórmula, tal vez con la esperanza de que el estilo desenfadado del personaje la ayudara a conectarse mejor con la juventud rebelde o porque le convenía verse acompañada por un dependiente que le debía todo, Boudou ha sido blanco de las críticas no sólo de opositores sino también de muchos kirchneristas. Puede que en algún momento Cristina creyera que, de fracasar el intento de “democratizar” la Constitución para permitirle estirar su mandato, el exmilitante de la Ucedé podría ser su sucesor, pero pronto se habrá dado cuenta de que se trataba de una idea fantasiosa. Al nombrarlo vicepresidente sin consultar con nadie salvo, tal vez, algunos integrantes de su pequeño círculo áulico, Cristina cometió un error que no le será dado subsanar. Además de contribuir a desprestigiar aún más a un gobierno en dificultades, el avance de la causa Ciccone ha llamado la atención al tema de la línea sucesoria presidencial. Descartado Boudou, que de acuerdo común nunca estará en condiciones de asumir la responsabilidad de gobernar el país, encabeza la cola la senadora Beatriz Rojkés de Alperovich, pero muy pocos la toman en serio. Parecería que los candidatos preferidos por los decididos a reemplazarla cuanto antes son el radical Gerardo Zamora y el peronista Miguel Pichetto, pero a los correligionarios del santiagueño no les gusta para nada la idea, mientras que, en público por lo menos, el rionegrino no ha manifestado mucho interés en lo que para algunos sería una oportunidad irresistible. Sea como fuere, el mero hecho de que las tribulaciones de Boudou hayan dado lugar a especulación en torno a la línea de sucesión es inquietante, ya que refleja la incertidumbre que tantos sienten cuando piensan en el futuro político y económico del país. El embrollo ocasionado por la trayectoria de Boudou ha servido para recordarles a los prohombres de la clase política nacional, en especial a los oficialistas, que el hiperpresidencialismo, en que el poder se ve concentrado en las manos de una sola persona, no garantiza estabilidad. Antes bien, asegura que los cambios, previsibles o no, sean casi siempre traumáticos. En términos políticos, Boudou carece de importancia; su influencia es virtualmente nula, no cuenta con el apoyo de ninguna fracción organizada y, cuando Cristina se recuperaba de sus dolencias más recientes, otros integrantes del gobierno, además de Máximo Kirchner, procuraron ocultarlo por temor a que protagonizara más escándalos. Así y todo, el hombre menos respetado del elenco político nacional ocupa un lugar en el esquema institucional que podría resultar fundamental, ya que está “a un latido” de la presidencia de la república.


Para el vicepresidente Amado Boudou, ser víctima de nada más que lo que el jefe de Gabinete Jorge Capitanich llama un “linchamiento mediático” sería motivo de alivio. Significaría que sólo tendría que preocuparse por la hostilidad de periodistas resueltos a hundirlo aprovechando la imagen escandalosa que ha logrado conseguir. Pero, como Boudou mismo, Capitanich y otros oficialistas saben muy bien, los problemas del vicepresidente no se limitan a su relación personal con ciertos medios de difusión. Mucho más grave, tanto para él como para el país, es la voluntad del fiscal Jorge Di Lello y el juez Ariel Lijo, entre otros juristas, de obligarlo a rendir cuentas ante la Justicia por su eventual participación en un caso notorio de corrupción, el de la causa de la ex Ciccone Calcográfica. El fiscal y el juez creen tener evidencia suficiente como para pedirle una declaración indagatoria, lo que de por sí marca un precedente: Boudou es el primer vicepresidente en funciones que se ha visto sometido a semejante indignidad. También se ve involucrado en la causa el jefe de la AFIP, Ricardo Echegaray, pero su situación parece menos comprometida que aquella de Boudou que, desgraciadamente para él y para quien le dio el cargo que ocupa, ya ha desplazado al exsecretario de Transporte Ricardo Jaime en el papel ingrato de “emblemático” principal de la corrupción kirchnerista. Si el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner pudiera librarse de Boudou sin pagar un precio muy alto, no vacilaría en soltarle la mano, para emplear una expresión que se ha repetido mucho últimamente. Desde el día en que, para sorpresa general, la presidenta lo eligió como su compañero de fórmula, tal vez con la esperanza de que el estilo desenfadado del personaje la ayudara a conectarse mejor con la juventud rebelde o porque le convenía verse acompañada por un dependiente que le debía todo, Boudou ha sido blanco de las críticas no sólo de opositores sino también de muchos kirchneristas. Puede que en algún momento Cristina creyera que, de fracasar el intento de “democratizar” la Constitución para permitirle estirar su mandato, el exmilitante de la Ucedé podría ser su sucesor, pero pronto se habrá dado cuenta de que se trataba de una idea fantasiosa. Al nombrarlo vicepresidente sin consultar con nadie salvo, tal vez, algunos integrantes de su pequeño círculo áulico, Cristina cometió un error que no le será dado subsanar. Además de contribuir a desprestigiar aún más a un gobierno en dificultades, el avance de la causa Ciccone ha llamado la atención al tema de la línea sucesoria presidencial. Descartado Boudou, que de acuerdo común nunca estará en condiciones de asumir la responsabilidad de gobernar el país, encabeza la cola la senadora Beatriz Rojkés de Alperovich, pero muy pocos la toman en serio. Parecería que los candidatos preferidos por los decididos a reemplazarla cuanto antes son el radical Gerardo Zamora y el peronista Miguel Pichetto, pero a los correligionarios del santiagueño no les gusta para nada la idea, mientras que, en público por lo menos, el rionegrino no ha manifestado mucho interés en lo que para algunos sería una oportunidad irresistible. Sea como fuere, el mero hecho de que las tribulaciones de Boudou hayan dado lugar a especulación en torno a la línea de sucesión es inquietante, ya que refleja la incertidumbre que tantos sienten cuando piensan en el futuro político y económico del país. El embrollo ocasionado por la trayectoria de Boudou ha servido para recordarles a los prohombres de la clase política nacional, en especial a los oficialistas, que el hiperpresidencialismo, en que el poder se ve concentrado en las manos de una sola persona, no garantiza estabilidad. Antes bien, asegura que los cambios, previsibles o no, sean casi siempre traumáticos. En términos políticos, Boudou carece de importancia; su influencia es virtualmente nula, no cuenta con el apoyo de ninguna fracción organizada y, cuando Cristina se recuperaba de sus dolencias más recientes, otros integrantes del gobierno, además de Máximo Kirchner, procuraron ocultarlo por temor a que protagonizara más escándalos. Así y todo, el hombre menos respetado del elenco político nacional ocupa un lugar en el esquema institucional que podría resultar fundamental, ya que está “a un latido” de la presidencia de la república.

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