Cinco ministerios, ninguna solución
GABRIELA POUSA (*) Economía para Todos
Uno se acuesta con un secretario de Cultura y se despierta con un ministerio con una cantante folclórica dirigiéndolo. No pasa en ninguna parte del mundo. No debería pasar tampoco acá. En primer lugar, porque los ministerios no se crean por decretos de necesidad y urgencia –al menos que no estemos bajo un régimen democrático, claro– y en segundo término porque los mismos están regulados por la Constitución y en ella se lee sin eufemismos cómo y cuántos son. La Constitución de 1853 estableció cinco ministerios y los mencionaba uno por uno. La reforma de 1898 amplió el número a ocho, dejando su estructuración a la ley ordinaria. Posteriormente, la reforma de 1994 dejó la regulación del número de ministros a lo que dispusiera la ley respectiva e incorporó al jefe de Gabinete de ministros. A su vez, los ministerios hallan su naturaleza jurídica en el artículo 100 de la carta magna, del capítulo IV, referido al jefe de Gabinete y demás ministros del Poder Ejecutivo, y en la llamada “ley de Ministros”, que en realidad hoy es el decreto 977/95. Ya empezamos mal: una norma sancionada en el Legislativo no es una mera firma presidencial. Es decir que desde el vamos se ha violado la letra de la norma fundacional de la República. La ley de Ministros no es una ley, es un decreto. Y un decreto con Cristina Kirchner a cargo del Ejecutivo equivale ni más ni menos que a un capricho, pues el mismísimo decreto dice claramente que los ministerios deben ser sólo diez, a saber: del Interior; de Relaciones Exteriores, Comercio Internacional y Culto; de Defensa; de Economía e Infraestructura, Planificación y Obras Públicas; de la Producción; de Justicia y Derechos Humanos; de Trabajo, Empleo y Seguridad Social; de Desarrollo Social; de Salud y de Educación. Sin embargo, desde la asunción de Cristina Kirchner se crearon cinco carteras más por necesidad y urgencia de los caprichos de la presidenta, ya que nada se ha solucionado por el hecho de haber sido creados. Apenas asumió le dio carácter de ministerio a la Secretaría de Ciencia y Tecnología. Luego fue el turno del Ministerio de Agricultura, creado en el 2009, cuando surgió la crisis con el campo. Hoy la crisis sigue igual o peor y encima el pueblo paga con sus impuestos un montón de nuevos sueldos y pagará, en su momento, las respectivas jubilaciones de privilegio. ¿Por qué no iba a ser así si el silencio de los demás poderes democráticos le habilita el antojo a la jefa de Estado? Un año después amanecimos con un nuevo decreto que establecía el Ministerio de Turismo. Seguramente la cantidad de feriados y puentes inventados será la justificación que se le dio a esta inventiva en virtud de la cual se gastan millones sin que se sepa a conciencia cómo, cuánto y de qué manera. En diciembre de ese mismo año, cuando ya la inseguridad hacía mella en los ciudadanos, se creó el Ministerio de Seguridad, área que dependía de la cartera de Justicia. Al frente se nombró a Nilda Garré, cuyo fracaso fue magnánimo. Hoy se supone que lo dirige Cecilia Rodríguez, aunque la de Sergio Berni es la única cara visible. Así estamos. Cuatro años después, tras la tragedia de Once, Cristina transformó la Secretaría de Transporte dependiente de Planificación en Ministerio, medida que tampoco logró efectividad pues al tiempo sucedió la tragedia de Castelar. Sintetizando, Cristina Kirchner ha creado cinco ministerios que en rigor deberían llamarse “misterios”, pues no hay política de Estado concreta emanada de alguno de ellos capaz de solucionar o paliar al menos uno de los problemas perentorios del pueblo. La burocracia ganó y la herencia kirchnerista será una caterva de empleados públicos y estructuras donde se ha enquistado la corrupción. No son siquiera despachos. Son quioscos privados donde llevan a cabo sus negocios los funcionarios. Aún no se sabe con certeza a qué obedece la aparición de Teresa Parodi, pero se pueden prever las políticas de Estado que ha de implementar en lo sucesivo: recitales a troche y moche que venderán como “gratis” cuando, en verdad, los pagamos todos; espectáculos al por mayor para la distracción; viajes a eventos que no aportan un ápice y a los cuales sólo asisten los “culturales” afines al pensamiento dominante… Asimismo, se puede ver que la inseguridad no ha cesado porque tenga un ministerio, el turismo se limita a viajar por la Ruta 2 un fin de semana largo, la agricultura sobrevive gracias a la soja y no a una cartera que incentive la siembra, el transporte digno sigue siendo una promesa y la ciencia es como si no existiera. Grandes erogaciones para escasas soluciones. Por otra parte, hay despachos que existen desde el comienzo cuyas funciones tampoco aportan demasiado. A saber, el Ministerio de Desarrollo no parece tener razón de ser si cuando ha habido alguna catástrofe –como las inundaciones en La Plata– tuvo que ser la sociedad la que la atenuara con donaciones privadas. El ministerio no pudo ofrecer colchones, sábanas ni nada… aunque no se privó de ponerle pecheras a La Cámpora. De Educación mejor no hablar, porque todo lo justifican con el aumento en el presupuesto, cosa que nada tiene que ver con la calidad. Basta con ver el resultado de las pruebas PISA y demás. La salud pública está colapsada. Los médicos deben llevarse los guantes profilácticos, el alcohol y las gasas y los internados las frazadas, pero eso son apenas “detalles” sin importancia. Con Planeamiento e Infraestructura no me meto. Carece de sentido dedicarle tiempo y espacio a un negocio privado de Julio de Vido. Y Economía… Economía, en verdad, no existió jamás. Corolario: lo creado por la presidenta terminó siendo un nuevo conflicto y problema para la gente. Ésa es la dialéctica del kirchnerismo: sumar para restar, porque la suma es de decadencia y la resta es de calidad. (*) Economista
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