Sin paracaídas
Todos los dirigentes opositores, además –sería de suponer– de muchos oficialistas que por motivos personales prefieren guardar silencio, entienden que el “modelo” kirchnerista no tiene futuro, ya que el país sencillamente no está en condiciones de generar, o de conseguir, las enormes cantidades de dinero que serían necesarias para que resultara viable. Como tantos “modelos” anteriores que terminaron desintegrándose luego de permitir a sus artífices disfrutar de algunos años de popularidad, el kirchnerista parece haber sido ideado para un país mucho más rico y más productivo que el existente. Sin embargo, aunque los políticos que militan en las diversas agrupaciones opositoras coinciden en que el esquema reivindicado con pasión por la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y sus incondicionales no podrá sobrevivir a las tormentas que le esperan, ninguno quiere decirnos lo que cambiaría si le tocara encargarse de la economía nacional. Para ellos es agradablemente fácil quejarse del aumento desmedido del gasto público, la inflación y lo agobiante que es la presión impositiva pero, por motivos políticos comprensibles, quienes hablan de lo urgente que a su juicio es corregir las distorsiones que siguen agravándose son reacios a entrar en detalles. Saben que los subsidios para energía y transporte son insostenibles, pero reducirlos de golpe perjudicaría enormemente a millones de personas. También son conscientes de que cualquier intento de racionalizar, por decirlo así, el empleo público despidiendo a quienes no cumplen funciones imprescindibles tendría consecuencias dolorosas. La situación se ha hecho tan mala que incluso datos que podrían considerarse positivos distan de serlo. De ser otras las circunstancias, el que en lo que va del año el país haya gastado mucho menos de lo previsto en importar energía sería una muy buena noticia, pero sucede que el ahorro resultante se ha debido en buena medida a la ralentización abrupta de la actividad económica: el país necesita menos energía porque está en coma, no porque se haya hecho más eficiente. En casi todos los rubros el deterioro ha sido aún mayor que el vaticinado a comienzos de año por los “agoreros”, cuya supuesta voluntad de desanimar a la ciudadanía suelen denunciar los voceros oficiales, con caídas que en algunos casos, como el de la construcción y el de las ventas minoristas, se acercan peligrosamente al 10% y en otros, como la producción de automóviles, lo exceden por un margen muy amplio. Al gobierno le gustaría reaccionar frente al desastre con medidas “keynesianas”, aumentando mucho el gasto público con la esperanza de que el consumo sirva para reactivar el alicaído sector privado, pero le faltan los recursos financieros genuinos que precisaría para que los paquetes de estímulo que, según parece, tiene en mente el ministro de Economía Axel Kicillof tengan el impacto deseado. Asimismo, a pesar de la recesión, la tasa anual de inflación ya supera el 40%, según el “índice del Congreso” que, huelga decirlo, es mucho más verosímil que el oficial difundido por el Indec, que la pone por debajo del 20%: la reforma ensayada por el gobierno a pedido del FMI no ha servido para nada. Aun cuando, para alivio de muchos, a inicios del año que viene el gobierno se resigne a alcanzar un arreglo con los fondos buitre, lo que le permitiría acceder al mercado de capitales internacional, los aspirantes a suceder a Cristina en la Casa Rosada tendrían que prepararse para heredar la tremenda crisis ocasionada por la propensión no sólo de los kirchneristas sino también de muchos otros a creer que la Argentina es un país tan rico que le será dado pasar por alto la siempre decepcionante realidad objetiva. He aquí la razón principal por la que, una y otra vez, la economía nacional ha sufrido crisis traumáticas. Cuando suceden, los políticos, con escasas excepciones, están más interesados en aprovecharlas, atribuyéndolas a los errores o los delitos ideológicos de sus adversarios, que en analizar lo ocurrido con frialdad a fin de impedir que se reedite en el futuro cercano. Es lo que sucedió después de la implosión de la convertibilidad de los años noventa del siglo pasado y, a menos que tengamos mucha suerte, lo mismo sucederá cuando “el modelo” de Cristina se haya desplomado por completo, depauperando a millones de familias.
Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.196.592 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Viernes 17 de octubre de 2014
Todos los dirigentes opositores, además –sería de suponer– de muchos oficialistas que por motivos personales prefieren guardar silencio, entienden que el “modelo” kirchnerista no tiene futuro, ya que el país sencillamente no está en condiciones de generar, o de conseguir, las enormes cantidades de dinero que serían necesarias para que resultara viable. Como tantos “modelos” anteriores que terminaron desintegrándose luego de permitir a sus artífices disfrutar de algunos años de popularidad, el kirchnerista parece haber sido ideado para un país mucho más rico y más productivo que el existente. Sin embargo, aunque los políticos que militan en las diversas agrupaciones opositoras coinciden en que el esquema reivindicado con pasión por la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y sus incondicionales no podrá sobrevivir a las tormentas que le esperan, ninguno quiere decirnos lo que cambiaría si le tocara encargarse de la economía nacional. Para ellos es agradablemente fácil quejarse del aumento desmedido del gasto público, la inflación y lo agobiante que es la presión impositiva pero, por motivos políticos comprensibles, quienes hablan de lo urgente que a su juicio es corregir las distorsiones que siguen agravándose son reacios a entrar en detalles. Saben que los subsidios para energía y transporte son insostenibles, pero reducirlos de golpe perjudicaría enormemente a millones de personas. También son conscientes de que cualquier intento de racionalizar, por decirlo así, el empleo público despidiendo a quienes no cumplen funciones imprescindibles tendría consecuencias dolorosas. La situación se ha hecho tan mala que incluso datos que podrían considerarse positivos distan de serlo. De ser otras las circunstancias, el que en lo que va del año el país haya gastado mucho menos de lo previsto en importar energía sería una muy buena noticia, pero sucede que el ahorro resultante se ha debido en buena medida a la ralentización abrupta de la actividad económica: el país necesita menos energía porque está en coma, no porque se haya hecho más eficiente. En casi todos los rubros el deterioro ha sido aún mayor que el vaticinado a comienzos de año por los “agoreros”, cuya supuesta voluntad de desanimar a la ciudadanía suelen denunciar los voceros oficiales, con caídas que en algunos casos, como el de la construcción y el de las ventas minoristas, se acercan peligrosamente al 10% y en otros, como la producción de automóviles, lo exceden por un margen muy amplio. Al gobierno le gustaría reaccionar frente al desastre con medidas “keynesianas”, aumentando mucho el gasto público con la esperanza de que el consumo sirva para reactivar el alicaído sector privado, pero le faltan los recursos financieros genuinos que precisaría para que los paquetes de estímulo que, según parece, tiene en mente el ministro de Economía Axel Kicillof tengan el impacto deseado. Asimismo, a pesar de la recesión, la tasa anual de inflación ya supera el 40%, según el “índice del Congreso” que, huelga decirlo, es mucho más verosímil que el oficial difundido por el Indec, que la pone por debajo del 20%: la reforma ensayada por el gobierno a pedido del FMI no ha servido para nada. Aun cuando, para alivio de muchos, a inicios del año que viene el gobierno se resigne a alcanzar un arreglo con los fondos buitre, lo que le permitiría acceder al mercado de capitales internacional, los aspirantes a suceder a Cristina en la Casa Rosada tendrían que prepararse para heredar la tremenda crisis ocasionada por la propensión no sólo de los kirchneristas sino también de muchos otros a creer que la Argentina es un país tan rico que le será dado pasar por alto la siempre decepcionante realidad objetiva. He aquí la razón principal por la que, una y otra vez, la economía nacional ha sufrido crisis traumáticas. Cuando suceden, los políticos, con escasas excepciones, están más interesados en aprovecharlas, atribuyéndolas a los errores o los delitos ideológicos de sus adversarios, que en analizar lo ocurrido con frialdad a fin de impedir que se reedite en el futuro cercano. Es lo que sucedió después de la implosión de la convertibilidad de los años noventa del siglo pasado y, a menos que tengamos mucha suerte, lo mismo sucederá cuando “el modelo” de Cristina se haya desplomado por completo, depauperando a millones de familias.
Registrate gratis
Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento
Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora