Medios y lenguaje

Columna semanal

Redacción

Por Redacción

PALIMPSESTOS

Para junio, casi todos los años, en San Millán de la Cogolla, la cuna de nuestro idioma, se reúnen periodistas, docentes, lingüistas de España, México, Estados Unidos y Argentina para debatir la importancia de los periodistas como responsables del uso adecuado del español. Formación y responsabilidad en el uso del idioma parecen ser los rieles por donde deben transitar todos/as aquellos/as que se sitúan delante de un micrófono, de una cámara o de una computadora en la redacción de un medio gráfico. Es decir, ni más ni menos que llamar a las cosas por su nombre.

Esto plantea algunas dificultades que también tienen que ver con cuestiones que podríamos llamar “geoculturales”, pongamos por caso aquellas regiones o países dependientes de una metrópoli, entendida esta como un lugar hegemónico; es decir, un sitio desde el cual se elaboran discursos, se construyen imaginarios que luego van a ser tomados como referencia e imitados por quienes están en la periferia de ese centro de irradiación que juzgan como prestigioso.

Para ser más concreto, durante el siglo XIX y parte del XX para los argentinos esa metrópoli fue París. Basta ver la arquitectura de muchas ciudades locales que tienen determinados sectores edilicios a imagen y semejanza de la “ciudad luz”; también si repasamos el vocabulario de nuestra lengua notaremos una gran cantidad de términos franceses como chofer, garaje, restaurante, etc.

No es mi propósito seguir el largo periplo de nuestra dependencia metropolitana. Sino hacer un paralelo, ya que así como nos seducen determinados vínculos con las metrópolis europeas o Nueva York o Los Ángeles y adoptamos usos, costumbres, palabras, así también sucede con Buenos Aires, nuestra metrópolis local.

Me detendré únicamente en el plano de la lengua. Allí hay un fenómeno muy particular y tiene que ver con los medios de comunicación. A nadie escapa que los medios influyen de manera sustancial en la gente; estos medios provienen en la mayoría de los casos de Capital Federal y muestran sus usos de la lengua y sus costumbres. Es cierto también que hay cierta resistencia de diarios, revistas y radios provinciales; en cambio en las televisoras la resistencia es menor ya que emiten los contenidos del canal propietario porteño, y presentan pocos programas de producción regional, ubicados en horarios un tanto estrambóticos.

Esta mirada algo “tilinga” hacia la metrópoli, por ejemplo, llevó a gran parte de la población a adoptar muy rápidamente el adjetivo “trucho/a” como sinónimo de falso, de fraudulento cuando esta palabra, al igual que “forro/a”, se popularizó en un programa televisivo. Los medios de comunicación actúan como verdaderos “modelos” lingüísticos y es necesario tomar conciencia de la importancia que se le debe dar a la formación idiomática de quien escribe, habla o participa en un medio. Porque de lo contrario seguiremos teniendo locutores y periodistas que dicen “pienso de que…”, “se adecúa…”, o bien exposiciones de ideas que terminan por desorientar a los lectores, oyentes ya que no se sabe qué se quiso decir.

Esta actitud desaprensiva con el idioma tiene consecuencias ya que a modo de catarata estos usos idiomáticos de los medios de Buenos Aires se vuelcan con sus arbitrariedades e irregularidades también en muchos medios provinciales que los adoptan como “novedad”.

Hay un diario deportivo capitalino que se especializa en jugar con las palabras, y eso está bien, pero cuando el juego se hace norma, la lengua lo sufre. Un ejemplo: el adjetivo “intratable” que significa: insociable, no tratable ni manejable. Resulta que por una cuestión metafórica se le adjudicó el mote de intratable a un equipo o una persona que fue invencible, que tuvo una labor casi perfecta en su juego. Pero ahora en diarios, revistas, radios y televisión cuando un equipo o alguien manifiesta una gran superioridad ya es tildado de intratable, palabra que no tiene nada que ver con el concepto que se quiere expresar y que provoca en quienes no son asiduos lectores de deportes, al menos desconcierto.

Néstor Tkaczek

ntkaczek@hotmail.com


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