Dueños de la calle
Columna semanal
La peña
Los autos que llegaron a mi pueblo se quedaron por décadas ahí, tanto que pasados muchos años uno volvía a ese escenario y se encontraba con vehículos emblemáticos que jamás salieron de sus calles.
Salvando las enormes diferencias, en el tema de los vehículos mi pueblo tiene un aroma a Cuba, donde nada se descarta, todo se recicla. Y es común recorrer sus calles y encontrar autos, camionetas y camiones que ya desaparecieron de los escenarios de otras ciudades. Falcon, Chevrolet Súper, Fiat 128, Rastrojero, Estanciera y muchos más que forman parte casi del patrimonio histórico del pueblo.
Andalgalá creció lento, muy lento, a tal punto que su población actual no dista mucho de la de hace algunas décadas atrás. Hace 30 años tenía 15.000 habitantes, en el 2012 había llegado a los 18.000. Apenas tres mil habitantes en 30 años.
Y así es su paisaje, pocos autos, poca gente, poco recambio, lo cual se puede leer de mil maneras. Esa movilidad se tradujo en fotografías que podrían armar la historia del pueblo, pero con el tiempo corriendo lento.
Volver a sus calles hoy implica ver la convivencia de nuevas y viejas generaciones, pero también de modernísimos vehículos con otros que ya en cualquier ciudad del mundo dejaron de existir. Un pueblo agrícola-minero sumó recursos para un sector que sí se modernizó, pero mostró de manera más tajante los años que lo separaban del resto. y eso se tradujo en las calles.
Hasta hace unos años todavía funcionaba un viejo Jeep de color celeste cuyo dueño era simplemente don Centeno. Solía sacarlo cada día, recorrer parte del pueblo y volver a guardarlo. Supongo que el día que no pudo manejar más el Jeep no salió más de su casa. Pero pasaron muchos años hasta que dejamos de verlo.
Un vecino tenía un Chevy de color crema que todavía existe y en un estado para el asombro. Jamás restaurado, jamás repintado, tal y como salió de fábrica. Sus dueños lo usaban de vez en cuando, pero jamás si llovía. Todos estos vehículos se integraron al patrimonio del pueblo, pero tradujeron parte de la idiosincracia porque mantenerlos, cuidarlos, era hasta una cuestión filosófica. El para qué cambiarlos sigue vigente en la actualidad porque jamás creyeron que progresar implicara tener auto nuevo.
El progreso era mandar a los hijos a la universidad, tener una casa en condiciones, vivir con salud, que no faltara la comida. Eso era progresar, el auto, la camioneta eran para servir, pero conque funcionarán como correspondía alcanzaba.
Mi padre jamás llegó al cero kilómetro. Creo que el que menos rodaje tenía ya había llegado a los 30 años, porque mi padre no los medía por kilometraje sino por años de antigüedad. La Estanciera es la que más recuerdo, capaz de llegar a donde nadie llegaba. Mi padre estaba orgulloso del motor Tornado que tenía y siempre lo decía a quién lo desafiaba.
En ese tiempo no teníamos idea de lo que significaba, pero decir motor Tornado era tener un plus en la materia. Y como no podíamos agrandarnos demasiado porque siempre en casa hubo vehículos viejos, aprendimos eso del motor Tornado como para sentirnos orgullosos aunque sea de una parte de la Estanciera. El panadero del pueblo tenía una F100 gris, que sólo cambió de color con los años, pero siempre la vi pasar haciendo el mismo recorrido en el reparto del pan. Volví muchos años después al pueblo y la misma camioneta seguía haciendo el mismo trayecto cada mañana.
El doctor que vivía a media cuadra de casa era el que más cambiaba de modelos y fue el que por primera vez trajo al pueblo una coupé Fiat 125, la misma que se usaba en el turismo nacional de ese tiempo.
De todos modos la modernidad llegó, pero no con la fuerza suficiente para desalojar a los viejos dueños de las calles.
jorge vergara
jvergara@rionegro.com.ar
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