Pueblo carnavalero
Columna semanal
LA PEÑA
A la canilla de casa le faltaba la parte que llevan todas las canillas para colocar las mangueras de riego. Era imposible llenar los globos de carnaval en ese lugar, razón por la cual nos quedaban dos opciones, la canilla de mi abuela o la de una vecina a la que no le gustaba nada que le dejáramos todo revuelto.
La cuestión era inflar los globos lo más rápido posible sin que se reventarán por exceso de agua ni que quedaran demasiado pequeños porque así no había forma de mojar a nadie.
En el pueblo las cosas estaban claras, no había modo de salvarse del carnaval. Sólo los señores mayores y señoras mayores, además de los ancianos, estaban al margen del juego. No estaba escrito, pero se sabía de antemano que si no querían que los mojen no debían andar por la calle. El tema era que no se podía estar guardado una semana porque los carnavales en el pueblo duraban cuanto menos una semana. Era demasiado.
De todos modos, en ese tiempo estaba claro que no valía enojarse porque lo mojaran, formaba parte de las cuestiones pre establecidas. Era un pueblo carnavalero y quien no quería participar debía tomar los recaudos necesarios.
Los globos con agua y los baldes llenos salían desde donde uno no hubiera imaginado. A veces sin nadie a la vista, uno recibía la sorpresa del agua sin que jamás se enterara de dónde salió el atacante.
Aguantárselas. Esa era la palabra que mis padres nos remarcaban todo el tiempo. Esa era la regla durante una semana y a no llorar cuando el viejo de la comparsa se ponía cargoso por la propina. Menos aún cuando el diablo con el tridente recorría las calles del pueblo cantando al ritmo de la comparsa o asustando niños. Eran tiempos de licencias, de permisos que el resto del año estaban vedados.
Lo real era que cada carnaval nos encontraba un poco indefensos como niños. No podíamos competir de igual a igual con el resto de vecinos, amigos y desconocidos que nos desafiaban a mojarnos. Nos daban dinero sólo para una bolsa de globitos de 100 unidades, los que repartíamos entre cuatro hermanos. Es decir, nos tocaban 25 globitos a cada uno para toda una semana, sin contar que entre la cuota de cada uno viniera alguno fallado.
Era imposible que nos alcanzaran para todo el carnaval. Muchos se perdían en la misma canilla cuando se rompía el borde más grueso y otros se reventaban en la mano. Una tortura. Para cuando organizábamos nuestro arsenal de globos ya estábamos empapados.
Lágrimas en puerta acudíamos a mi madre. Mi padre era de palabras firmes y nos decía una sola vez que eso era todo. Con mi madre podíamos negociar a futuro, hacerle aflojar y después le devolvíamos con mandados. Pero con los globos no había caso.
Se ve que igual la conciencia le jugaba en contra porque una tarde apareció en casa con la solución a nuestro mal de carnaval. Nos trajo cuatro pomos, dos azules, uno rojo y uno amarillo. Y los repartió.
La miramos con cierta desconfianza pero los aceptamos, era una salida decorosa ante la falta de globos. Pero lo decoroso duró hasta que intentamos usarlos. Dirían los chicos, un embole, porque entre llenarlo y apretarlo bajo el viejo lema “apretá el pomo”, nos implicaba una eternidad y lío que nos hacía desistir y convertirnos sólo en espectadores del carnaval. No había modo de competir con agua de igual a igual cuando nuestros amigos y vecinos tenían baldes repletos de globos listos para disparar y nosotros apenas un miserable pomo con agua casi inofensivo.
Ahora, no sea que apareciera una tía generosa y nos diera paraPueblo carnavalero una bolsa de globos, porque ahí sí desatábamos una guerra infernal de carnaval.
Eso sí que era diversión. Nada mejor que un globo bien direccionado para morirnos de la risa y de inmediato esperar la represalia.
Jorge Vergara – jvergara@rionegro.com.ar
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