Mi papá es una sirena
Faltaban dos días para el acto. Estaba todo listo. Sólo quedaba el ensayo general y algunos retoques de la escenografía. Había llevado meses de reuniones y debates interminables. Él fue tajante: “No quiero ser el príncipe”, dijo. “Quiero ser sirena.” Y así nomás, abandonó el papel protagónico en la obrita de fin de año con la que mamás y papás de sala de 5 homenajeábamos a los egresaditos y nos dejó con un agujero en el elenco. Claro que ese fue sólo el corolario de una serie de sucesos desafortunados que habían empezado a principio de año (por no decir al comienzo de la escolaridad), cuando avisaron que mamis y papis estábamos a cargo del acto de fin de año, que eso era muy importante porque los chicos terminaban la etapa inicial y pasaban a la primaria. Para diciembre falta mucho, pensamos todos, y dejamos que pasara el tiempo. Pero el futuro llegó y, con él, la primera reunión. Luego de una breve charla técnica a cargo de una mamá, aparentemente actriz, varios procedieron a sacarse los zapatos y caminar, en silencio, por una habitación emitiendo diferentes sonidos (aclaración necesaria: era nuestro primer –y último año– en esa escuela), mientras la mamá-actriz iba “guiando”: “Ahora, todos somos gallinas; ahora, leones; ahora, abrazos”… El papá de mi hijo y yo seguíamos sentados, más bien petrificados, anonadados. Si bien era nuestro primer año en esa escuela, la intención era participar activamente porque somos muy obedientes con las exigencias escolares. Sin embargo, descubrimos in situ que la situación “clase de teatro-conozcámonos-toquémonos” era un límite imposible de cruzar, aun por nuestro hijo. Todo empeoró –sí, podía ser peor– cuando abrieron un baúl con distintas prendas y casi todas y todos empezaron a probarse vestuarios. Allí falló mi instinto periodístico: de ese baúl y de esa improvisación surgieron las primeras sirenas. Y el futuro príncipe estaba entre ellas. El de la actuación obligada por los hijos es uno de esos momentos en los que la maternidad y la paternidad nos ponen a prueba: ¿hasta dónde estamos dispuestos a hacer el ridículo? La respuesta, en mi caso al menos, es “al infinito y más allá”. Así, me he calzado disfraces de Jessie, la vaquerita; de princesa obesa (embarazada de 36 semanas); de lavandera… y podría seguir. Todo, solamente para que el pibe me vea cinco minutos sobre el escenario. Y si no estoy, ¿qué pasa? Pasa que cómo voy a ser la única que no esté ahí. Porque, convengamos, lo que a los chicos les importa de las obras protagonizadas por sus mamás y sus papás no es el guión, ni la escenografía ni la música… quieren ver a sus viejos disfrazados de alguna cosa. Pero que esta reflexión no tape lo verdaderamente importante: qué pasó con el papá disconforme con su papel en la obrita. El príncipe fue reemplazado presurosamente por otro progenitor ansioso de protagonismo y la sirena fue sirena. Y colorín, colorado, el cuento se ha terminado. Decía, al principio, que todo esto ocurrió en la sala de 5 de mi hijo mayor. Y más allá de la anécdota, lo que pasó con esa obrita nos empujó a decidir que la escuela primaria que elegiríamos para él tendría otras características. Es verdad que una siente que entrega a su pequeño al mundo cuando lo deja por primera vez en brazos de la maestra jardinera, pero el primario implica un niño escolarizado y una familia escolarizada. Así lo definimos mi amiga Paula Rodríguez y yo en la “Guía inútil para madres primerizas 3”. La batalla escolar: “No importa el modelo que hayas elegido: desde la all inclusive que recibe al niño al alba y te lo entrega al atardecer bien cansado, comido y tal vez no tan sucio, hasta la básica que te lo alberga por cuatro horas y le inculca los contenidos curriculares mínimos, todas las instituciones harán lo imposible para involucrarte, o sea llenarte de consignas y preocupaciones que hagan difícil –sino imposible– el cumplimiento de otras consignas y preocupaciones vinculadas a lo que solías llamar ‘mi trabajo’, ‘mi carrera’, ‘mi salud’, ‘mi vida’”. Con la convicción de que la socialización entre padres no tiene escapatoria, pero con la ilusión de reducir los daños colaterales, optamos por una escuela menos artística y con menos padres aspirantes a actores. El año pasado, de todos modos, para un acto de mi hijo más chico, me vi obligada a practicar una coreografía con una pareja de contadores, un ingeniero y una abogada. Pero eso sí: nadie quiso cambiar de personaje a último momento. (*) Periodista. Directora de la revista “Barcelona”
Opiniones
Ingrid Beck – @soyingridbeck (Especial para “Río Negro”)
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