Enclaves autoritarios

El presidente chileno Ricardo Lagos no es el único mandatario latinoamericano que sepa que a pesar del consenso democrático imperante aún existen “enclaves autoritarios” en su país, aunque en el resto de la región dichos enclaves se han visto privados de sus defensas institucionales. Puesto que aquí la democracia ha sido durante muchos años un ideal considerado admirable pero por distintos motivos difícil de alcanzar, es natural que muchas personas, algunas de las cuales ocupan posiciones de poder, se hayan resistido a cambiar actitudes que creen perfectamente legítimas. En Chile, el autoritarismo de los simpatizantes del “partido militar” es más fuerte de lo que es aquí o en otras partes de la región, porque a diferencia de sus camaradas argentinos, peruanos o bolivianos, los uniformados se las arreglaron para prohijar un programa de reformas económicas que, bien que mal, hizo de su país el más próspero y el más dinámico de toda América Latina. Con todo, con tal de que las élites políticas de la región no recaigan en la tentación de suponer que por ser tan profundos los problemas económicos y sociales para solucionarlos sería necesario hacer uso de la violencia, es probable que con pocas excepciones los autoritarios de derecha terminen siendo meros excéntricos que nunca soñarían con tomar al pie de la letra sus propias opiniones truculentas.

Por fortuna, en la actualidad los militares, cuyos privilegios institucionalizados tanto molestan a Lagos -con razón, los juzga incompatibles con la democracia plena-, parecen los menos proclives a intentar volver al pasado. Puede que por deformación profesional muchos desdeñen la democracia, pero los más entenderán muy bien que no están en condiciones de reemplazar a los civiles y que, cuando lo intentaron, la politización resultante fue desastrosa no sólo para el país al acarrear la violación en gran escala de los derechos humanos, sino también para las Fuerzas Armadas mismas al hacer que dependiera la carrera de un oficial menos de sus méritos como militar que de sus ideas y conexiones políticas. Asimismo, nadie ignora que los gobiernos de los países más poderosos y, huelga decirlo, democráticos, ya no pueden manifestar simpatía alguna por un régimen militar, sea éste de derecha o de izquierda.

Sin embargo, el que por ahora los militares no planteen un peligro grave no quiere decir que América Latina ya se haya liberado por completo de la plaga autoritaria. En muchas partes de la región gobiernos de origen constitucional siguen mofándose de la ley y tratando con desprecio sistemático a quienes no comulgan con sus ideas. Si bien estos rezagos del autoritarismo tradicional son más frecuentes en provincias o estados atrasados que en los gobiernos nacionales, al obstaculizar el desarrollo del conjunto deberían preocuparles más, aunque por motivos políticos son muchos los presidentes que prefieren pactar con los caudillos locales, por antipática que les sea su conducta, que correr los riesgos que les plantearía tomar medidas destinadas a obligarlos a respetar las reglas y los principios democráticos

Otro “enclave autoritario” es el conformado por ciertas corrientes de la izquierda. A partir del inicio de la gestión del presidente Néstor Kirchner, en nuestro país muchos políticos han estado advirtiéndonos sobre el presunto peligro inherente tanto en su estilo irascible y personalista como en la trayectoria de algunos integrantes de su entorno. Sin duda exageran -no parece demasiado probable que Kirchner se haya propuesto instaurar una especie de dictadura castrista-, pero así y todo el mero hecho de que hayan surgido sospechas en tal sentido es de por sí inquietante. Después de todo, no hay nada mejor para un autoritario que otro de signo diametralmente opuesto, de suerte que la voluntad de algunos de ver a Kirchner como un izquierdista poco democrático rodeado de ex terroristas resueltos a vengarse de los militares no puede sino estimular a los nostálgicos de la derecha. Si bien es de suponer que a los partidarios de ambos extremos les encantaría reabrir las hostilidades que tanto dolor provocaron hace un cuarto de siglo, es claramente del interés de la mayoría moderada que los fantasmas del pasado no logren regresar.


El presidente chileno Ricardo Lagos no es el único mandatario latinoamericano que sepa que a pesar del consenso democrático imperante aún existen “enclaves autoritarios” en su país, aunque en el resto de la región dichos enclaves se han visto privados de sus defensas institucionales. Puesto que aquí la democracia ha sido durante muchos años un ideal considerado admirable pero por distintos motivos difícil de alcanzar, es natural que muchas personas, algunas de las cuales ocupan posiciones de poder, se hayan resistido a cambiar actitudes que creen perfectamente legítimas. En Chile, el autoritarismo de los simpatizantes del “partido militar” es más fuerte de lo que es aquí o en otras partes de la región, porque a diferencia de sus camaradas argentinos, peruanos o bolivianos, los uniformados se las arreglaron para prohijar un programa de reformas económicas que, bien que mal, hizo de su país el más próspero y el más dinámico de toda América Latina. Con todo, con tal de que las élites políticas de la región no recaigan en la tentación de suponer que por ser tan profundos los problemas económicos y sociales para solucionarlos sería necesario hacer uso de la violencia, es probable que con pocas excepciones los autoritarios de derecha terminen siendo meros excéntricos que nunca soñarían con tomar al pie de la letra sus propias opiniones truculentas.

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