Antes y después 01-11-03
Por Jorge Gadano
Veinte años antes del 30 de octubre de 1983, un 12 de octubre, Arturo Illia asumía la presidencia de la República. Gracias a la proscripción del peronismo había triunfado en las elecciones convocadas por el presidente cívico-militar José María Guido con un 23% de los votos, un porcentaje similar al que obtuvo Néstor Kirchner el 27 de abril pasado.
Lo que pasó en los veinte años que siguieron fue el capítulo más traumático en la historia del país desde la organización nacional. Illia, electo por seis años, fue derrocado antes de cumplir con la mitad de su mandato. Se inauguró entonces una dictadura, la de Juan Carlos Onganía, que aunque se pretendía milenaria tampoco pudo durar más de tres años, porque marcó su fin el Cordobazo del 29 de mayo de 1969.
La fatal lógica trienal también castigó al justicialismo, que entre 1973 y 1976 dio al país cuatro presidentes: Héctor Cámpora, Raúl Lastiri, Juan Perón e Isabel Martínez de Perón. Quien vivió en la Argentina en esos años sintió el calor del infierno, pero el infierno verdadero llegó después. El país, entonces conocido mundialmente por el tango, Juan Manuel Fangio, el trigo y las vacas, se distinguió a partir de marzo de 1976 por los desaparecidos. Hasta entonces la política de las dictaduras hacia los opositores había sido la de encarcelar, fusilar, exiliar, torturar. Pero aquel régimen militar, que ya no fue una «Revolución» -como lo fueron la Libertadora o la Argentina- sino un «Proceso de Reorganización Nacional», basó su política de «reorganización» en las desapariciones. Fueron miles de argentinos que estaban y dejaron de estar. Desaparecieron. Hoy, 30 años después, siguen faltando. Vivos o muertos, no están.
A los argentinos nos distingue -además del tango, el trigo, las vacas y, en las últimas décadas, Borges, Maradona y la soja- nuestra capacidad de impedir que cualquier gobierno, civil o militar, se estabilice. Por eso la última dictadura tampoco duró demasiado: seis años, si se tiene en cuenta que la aventura de Malvinas fue nada más que un intento de prolongar una agonía mortal.
Así concluyeron aquellas dos décadas. Las ilusiones no se habían perdido, y el 30 de octubre de 1983 renacieron. Con la democracia se come, se cura y se educa, había proclamado Raúl Alfonsín en el curso de su campaña electoral. Se esperaba que los próximos veinte años fueran mejores. ¿Lo fueron?
Quizás pueda parecer escandaloso preguntar eso. Veinte años de democracia deben ser necesariamente mejores que otros veinte años de dictaduras y gobiernos civiles descalificados por las proscripciones. Pero siempre es bueno hacerse preguntas, sobre todo en este país, donde lo que escasea -entre tantas escaseces- son las respuestas.
Como todo, el juicio sobre si fueron o no fueron mejores depende del punto de vista. Si, digamos, uno está en el lugar de la pobreza extrema, que es el de la marginalidad, el hambre, la muerte prematura, una democracia que sólo le da miseria le importa poco. Mejor dicho: no le importa tanto por el imperio de la Constitución, como por su carácter clientelar. Le permite convertirse de ciudadano en cliente, con lo cual puede obtener, a cambio de su voto, desde unos pesos, un colchón, chapas, un plan Jefes y Jefas, hasta una casa o un trabajo estable, liviano y bien remunerado en el Estado tratándose de quienes se capacitan como punteros y aportan no sólo su voto sino también el de otros.
Quien está en el lugar de la riqueza extrema piensa de otra manera. Cree en la democracia, tanto más fervientemente cuanto mayor es la adaptación de los pobres al sistema clientelar. Deja de creer, naturalmente, cuando esos pobres pasan a formar parte -en compañía del narcotráfico, el terrorismo, el sida- de las «nuevas amenazas» que se alzan contra la civilización occidental después del derrumbe del comunismo.
La ventaja de la democracia, en cualquier caso, consiste en que uno, rico o pobre, puede decir lo que piensa sin que un garrote policial lo silencie. Claro que, como sucede todos los días, el garrote permanece en actividad durante los regímenes democráticos (más contra los pobres que contra los ricos). Pero siempre queda la posibilidad de protestar contra el garrote, o de ir a la Justicia donde, a veces, algo de eso (de justicia) se encuentra.
En las dictaduras uno no puede decir lo que piensa, y el riesgo es el de dejar de pensar, con lo cual la especie se animaliza.
La Argentina nunca supo de pobreza tan extendida y extrema como en estos años de democracia. Pero, por lo general, en las dictaduras la pobreza cultural va de la mano con la material.
Para llegar a una conclusión, habría que decir que siempre es mejor una democracia discapacitada, o «con capacidades diferentes», que una dictadura. Lo que pasa es que en estos últimos veinte años, entre que la casa estaba en orden y que no nos iban a defraudar, las cosas han ido de mal en peor. De modo que lo que un periodista piense importa poco. Así es.
Por Jorge Gadano
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