A aguantar
Puede que sólo sea cuestión de una calma chicha, pero parecería que en las últimas semanas se ha reducido el peligro del gran «estallido social» que ha sido pronosticado, por lo general por personas deseosas de incomodar al gobierno de turno, desde hace tantos años. Aunque siguen abundando los conflictos protagonizados por piqueteros, sindicalistas y militantes de grupúsculos extremistas, la resistencia de la mayoría a permitirse manipular ha servido para mantenerlos aislados a pesar del deterioro constante de la situación económica. Asimismo, nadie ignora que la llegada al poder del peronismo bonaerense ha frenado los saqueos que, de haberse tratado meramente de la reacción natural de hambrientos desesperados ante una situación totalmente inmanejable, ya serían rutinarios en todo el país. Según el jefe de la Gendarmería, comandante general Hugo Miranda, la tranquilidad social muy relativa que se ha establecido últimamente se debe a que «algo de ayuda está llegando». En cambio, como dijo al matutino porteño «La Nación», la violencia delictiva está en franco ascenso.
Por supuesto que no es posible prever lo que ocurrirá en los meses próximos, pero el que por decisión mayoritaria el país ya haya dejado de deslizarse hacia la anarquía es un fenómeno muy positivo. Si bien sería comprensible que se produjera un mayor grado de violencia social, los más entienden que no serviría para nada porque las «soluciones», en el caso de que surjan, no procederán de los movimientos combativos de propuestas fantasiosas, sino de los comprometidos con la democracia plena y programas económicos comparables con los habituales en los países desarrollados. Por ahora, esta mayoría en el fondo moderada no se ve debidamente representada por la «clase política», pero hace suponer que cuando por fin se celebren elecciones los resultados no necesariamente serán tan alarmantes como sugerirían las encuestas de opinión más recientes. Conforme a éstas, los políticos más favorecidos son aquellos que a su modo encarnan la protesta, pero es probable que andando el tiempo una proporción cada vez mayor de los votantes opte por candidatos que a su juicio encarnan propuestas positivas. Después de todo, a esta altura cualquier político puede denunciar con elocuencia convincente el estado del país y ensañarse con los dirigentes considerados responsables de arruinarlo, pero formular un programa realista destinado a permitirle levantar cabeza es mucho más difícil e incomparablemente más valioso.
La razón básica por la que la violencia política no se ha difundido como tantos habían temido es sencilla: en la actualidad no existe ningún movimiento autoritario o totalitario que esté en condiciones de hacer creer que es dueño del secreto del desarrollo económico rápido. Por el contrario, como entiende muy bien la mayoría abrumadora, todos los países que brindan a sus habitantes un nivel de vida aceptable son democráticos y capitalistas, realidad ésta que muchos lamentan pero que nadie en sus cabales podría negar. En cuanto a las «alternativas» nebulosas a las que aludían populistas peronistas como Eduardo Duhalde y radicales como Raúl Alfonsín antes de que los sectores que encabezaban llegaran al poder, los sucesos de los seis meses últimos se han encargado de mostrar que sólo se trataba de formulaciones verbales desprovistas de sustancia.
Si bien son muchas las variantes democráticas y capitalistas que podrían intentarse, la conciencia de que procurar buscar una «salida» fuera de la amplia zona política así supuesta equivaldría a entregarse a una aventura a un tiempo insensata y terriblemente destructiva está incidiendo profundamente en el estado de ánimo de la población. Poco a poco, está reconociendo -en muchos casos, con resignación malhumorada- que para sustraerse al abismo en el que se ha precipitado el país necesitará más democracia, no menos, y un «capitalismo en serio», no el bodrio corrupto y sumamente ineficaz al cual nos hemos acostumbrado. Así, pues, está creándose un ambiente propicio para la conformación de un partido de centroderecha comprometido con el dinamismo capitalista y otro de centroizquierda propenso a privilegiar la equidad que, esperemos, pronto lograrán reemplazar los dos movimientos populistas que tantos perjuicios irremediables nos han ocasionado.