A la espera del caudillo liberal
A pesar de los esfuerzos frenéticos de sus hijos y de sus asesores profesionales, nadie tomaría a Fernando de la Rúa por un líder de verdad. Aunque es algo más que un «dirigente» -palabra que hoy en día sólo quiere decir operador político-, no posee el don de mando más una visión del futuro que le permitirían modificar el curso de los acontecimientos. ¿Los tiene Domingo Cavallo? Puede que sólo se haya tratado de una ilusión y que la estrella de «Mingo» se apague pronto en medio de un ocaso wagneriano, pero no cabe duda de que en las semanas últimas el superministro ha dado al país lo que más necesitaba en una hora especialmente difícil. Con razón o sin ella, millones de personas, algunas de ellas inteligentes y muy bien informadas, confían en que podrá encabezar la marcha por un camino que nos lleve a un futuro satisfactorio.
Cavallo, pues, ha ocupado un vacío que no había cesado de crecer desde mediados de los años noventa cuando Carlos Menem decidió dejar de hacer las veces de un líder para dedicarse a la política con minúscula. Todavía no sabemos si logrará llenarlo para que tanto la Argentina como los «mercados» internacionales opten por acompañarlo en su aventura, pero el mero hecho de que por fin el país parezca contar con un líder auténtico ha servido para estimular lo que hasta sus adversarios califican como una «revolución de las expectativas», lo cual, desde luego, tiene que ser el primer objetivo de cualquier aspirante a liderar.
A la Argentina nunca le han faltado «caudillos» ni «caciques» que se hayan creído elegidos para desempeñar el papel que se ha propuesto Cavallo y que ha emprendido con tanto brío, pero si bien muchos han resultado ser dueños de un poder de convocatoria envidiable, a partir de los días de Juan Domingo Perón ninguno ha conseguido producir los cambios prometidos. Sería fácil atribuir el fracaso así supuesto a sus flaquezas personales o a la «traición» de sus allegados, es decir, a la ausencia de aquellas características que ha de poseer un líder genuino, pero una explicación más convincente sería que luego del naufragio del primer peronismo, casi todos los caudillos nacionales se han comprometido con resistirse a las corrientes mundiales más fuertes, garantizando de este modo su eventual hundimiento. En efecto, de no haber sido derrocado Perón por militares impacientes cuando su régimen ya hacía agua por todos lados, el mismísimo Líder Máximo hubiera compartido el destino de los epígonos que, fascinados por su leyenda, querían continuar su obra.
Pues bien: antes de despilfarrarse el tesoro amontonado cuando el resto del mundo se dedicaba a guerrear, ser un líder era bastante fácil. Bastaba con entender lo que deseaba la gente para entonces arreglárselas para darle una parte con la esperanza de que el crecimiento económico fuera suficiente como para llenar nuevamente las arcas. Al agotarse los suministros, empero, la situación se modificó de manera fundamental. En adelante, un líder auténtico que realmente quisiera mejorar las perspectivas de sus compatriotas se vería obligado a decirles que el porvenir previsto por los caudillos del pasado era una alucinación, que sería necesario desandar un trecho del camino para entonces intentar avanzar por otro muy distinto. Algunos, entre ellos Arturo Frondizi, pareció entender esta verdad tan desagradable como evidente, pero ninguno tuvo la capacidad para persuadir al país a seguirlo. Antes de ponerse en marcha, todos concordaron en que la crisis era tremenda y que sería forzoso hacer muchos sacrificios, pero terminada la etapa de felicitaciones mutuas por el realismo así manifestado, la ciudadanía, azuzada por políticos resueltos a aprovechar el malhumor creciente, se rebeló contra el hereje, acusándolo de haberse puesto al servicio de los enemigos del país y del pueblo trabajador.
Este ciclo se ha repetido en muchas ocasiones. ¿Lo hará una vez más, frustrando los planes de Cavallo y, de paso, provocando un colapso financiero de consecuencias acaso ruinosas? Todo depende de lo que piense la mayoría. Si por fin entiende que los intentos de reemprender el proyecto populista que culminó con la primera gestión de Perón sólo han servido para dejar al país empantanado y que a menos que logre sustraerse a la ciénaga millones se ahogarán, es posible que en esta oportunidad sepa resistir a la tentación de procurar volver atrás. En cambio, de imponerse la convicción de que en el fondo la situación no es tan mala, que sólo se trata de la histeria de corredores bursátiles y los delirios de economistas pedantes obsesionados por lo que dicen en Wall Street, Cavallo tendría que hacer gala de dotes de liderazgo extraordinarias para sobrevivir.
En la Argentina, lo mismo que en los demás países, abundan los políticos que extraen sus libretos de las encuestas de opinión, justificando tal procedimiento con alusiones a su profundo respeto por «la gente» y a su deber democrático de representarla. No son líderes sino seguidores, diferencia que tal vez no importa demasiado cuando un país ya está progresando por el carril indicado pero que resultará fatal cuando, como ha sucedido con la Argentina, se ha equivocado y los deseos inmediatos de la mayoría no pueden coincidir con sus intereses. Aquí, el gobierno que se conformara con manejar la economía según lo que recomienda la mayoría a través de los sondeos sí merecería ser juzgado por «traición infame a la Patria» -para emplear la infeliz fórmula decimonónica, rebosante de fanatismo, que aún figura en la Constitución-, pero la alternativa de pasar por alto el sentir ciudadano no puede considerarse muy democrática.
Por fortuna, existe otra opción, la de familiarizar a los demás con la cruda verdad para que acepten con decisión las medidas inevitablemente antipáticas que tomaría cualquier gobierno responsable. Apenas trató de hacerlo De la Rúa a pesar de ser consciente de que las circunstancias lo obligarían a aplicar un programa económico ajeno al prometido durante la campaña electoral, y es por eso que sus compatriotas lo respetan aún menos que Raúl Alfonsín, hombre que encarnó con convicción aparente la vieja fantasía populista.
¿Ha sido más honesto Cavallo? Si bien se ha abstenido de pronunciar vocablos tan emotivos como «ajuste» y «sacrificio», el que haya condicionado su ingreso al gobierno al otorgamiento de poderes especiales, que a juicio de los pocos guardianes de la llama tradicional que todavía nos quedan lo transformarían en un dictador, debería haber eliminado las dudas en cuanto a su voluntad de impulsar cambios «antipopulares», es decir, molestos desde el punto de vista de la corporación política. Asimismo, aunque se habla mucho de su supuesta evolución del «neoliberal» rabioso de la caricatura progresista en un desarrollista pragmático, no puede existir mucha confusión acerca de la clase de economía que le gustaría ayudar a nacer. A diferencia de los promovidos por todos los líderes anteriores, con la excepción parcial de Menem, el «proyecto» de Cavallo es compatible con la dirección que ha tomado el mundo en las décadas últimas. Están en lo cierto aquellos que lo ubican en la misma línea «liberal» que Alvaro Alsogaray, Roberto Alemann y José Alfredo Martínez de Hoz, pero ocurre que hoy en día no hay otra.
En la actualidad, un líder argentino exitoso no sólo habría de estar pertrechado de las cualidades personales notables propias de su oficio, sino también ser militante de una corriente de opinión que siempre ha sido minoritaria aquí pero mayoritaria o en casi todos los países desarrollados. Si es una persona débil y reacia a actuar sin gozar del «consenso» de los comprometidos con el orden nada grato existente, fracasará. También fracasará aunque fuera un caudillo nato de talento desbordante y vigor superhumano si, como tantos otros, decidiera ponerse a la cabeza de una rebelión inútil más contra el mundo tal y como es. Por fortuna, Cavallo no parece sentirse del todo atraído por el papel «heroico» que tanto ha fascinado a generaciones de políticos ambiciosos. ¿Logrará inaugurar una serie de caudillos populares «liberales»? No tardaremos demasiado en saber la respuesta.
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