Abuela

Columna semanal

Por Redacción

EL DISPARADOR

Hay abuelas que ocupan un lugar central para algunas personas. Otras que no. Y otras que durante unos años toman una importancia medular en la vida de sus nietos. Este último es el caso de Isidoro Reyes, que seguía movilizado días después de la ya anunciada partida de su abuela. Al despedirse, se le cruzaron recuerdos, anécdotas y silencios.

Lo primero que pensó es que fue una mujer que lo dio todo. Su abuela era callada, trabajadora y una buscavida desde joven. Tuvo tres hijas y una docena nietos, de los cuales Isidoro estaba entre sus preferidos. Al verlos juntos, los vecinos en la calle bromeaban: “Ahí va la abuela con su noviecito”.

Ella era de las que se mordían la lengua antes de soltar una grosería. Más bien, de su boca salían palabras que, para Reyes, solo su abuela usaba. En vez de mantel, decía “hule”, que era más preciso. Para sugerirle que no hiciera una tontería, decía “no seas chambón”. Si estaba muy enojada porque se había quemado con el horno, el improperio impulsivo se transformaba y terminaba de salir de su boca como una expresión suavizada: “Me caaa…cho en dié”.

Pero el discurso no era el fuerte de la abuela. Cuando tenía trece años, Isidoro le preguntó por una señora que la visitaba casi a diario: “¿Dónde la conociste a tu amiga?”. Sin quitar la vista de la olla en la que preparaba mermelada casera, la abuela respondió severa: “No es mi amiga, es de esos hijos que tienen ustedes los hombres”. Reyes dedujo que esa señora era un hijastra de su abuela. Y luego confirmó que se trataba de una hija que había tenido su abuelo antes de juntarse con su abuela. Fue la única vez que tocaron el tema.

Ella casi no hablaba de su ámbito privado. Y no era por falta de tiempo compartido, porque los primeros siete u ocho años de su vida, Isidoro mayormente los pasó en lo de su abuela. Era su aliada perfecta, y la que le daba todo lo que él no tenía en su casa paterna. Porque los Reyes son siete hermanos y ahí no había espacio para caprichos. Hasta que llegaba a lo de su abuela, donde Isidoro era un verdadero rey.

La abuela se levantaba con el día y no hacía ruido para no perturbar el sueño de Isidoro que, cuando se despertaba, a media mañana, tenía el desayuno listo. “Las rotas cómansela ustedes”, se quejó una vez Reyes, sin saber que su abuela, en su austeridad, compraba galletitas rotas porque eran más baratas. Era una austeridad que Isidoro vio luego en su casa, porque su mamá -la hija de su abuela- la había heredado.

Durante el día, la abuela, que además tejía, era la costurera del barrio. Y por la noche jugaba a los dados y a las cartas con Reyes, que años después se dio cuenta de que con disimulo ella a veces lo dejaba ganar.

“Abuela, tengo hambre”, decía Isidoro, al ratito de haberse acostado. Ella se levantaba de la cama, iba hasta la cocina y volvía con una naranja, un durazno o una manzana, todo cortado y sin cáscara.

Después sí, ya era el momento de dormir. “Que sueñes con los angelitos. Hasta mañana… si dios quiere”, se despedía ella, y suspiraba. Y un día no hubo más suspiros. Y Reyes se pregunta ahora si su papá, su mamá, su abuela y su abuelo estarán juntos, hablando de cocina y de costura. Y si todos se volverán a encontrar.

Juan Ignacio Pereyra

pereyrajuanignacio@gmail.com


Exit mobile version