“Abuelo pionero, hijo estanciero, nieto pordiosero”
Juan Bautista Alberdi en un 25 de mayo va a decir: “Sin que pueda decirse que hemos vuelto al punto de partida, nos hallamos como en 1810”. ¿Qué nos faltó para que la utopía venciera la realidad? Allen, cuyo origen parecía tener un destino manifiesto, un deber casi moral de ser algo grande, se quedó, se frustró. Si fuese un amigo le preguntaríamos: ¿qué te sucede? ¿Cómo te encuentras? Hablaríamos en tiempo presente, ni pasado ni futuro.
Fechas como estas dan lugar a realizar un ejercicio que pocas veces hacemos: reflexionar acerca de nuestra realidad. Los primeros hombres que habitaron esta tierra, nuestros abuelos, llegaron con algo mucho más importante que el dinero, llegaron con esperanza, voluntad, ansias de progreso. El devenir del éxito era un hecho. Tenían sed y tenían un plan para saciarla. Ellos no habitaban, convivían. “El trabajo dignifica”, te decían. Se relacionaban unos con otros, se asistían, todavía existía la empatía. Cuando las necesidades fueron satisfechas los hijos crecieron y muchas cosas quedaron en el olvido, solo de “trabajo” conocían. Aquellos límites que habían caracterizado su crecimiento ya no fueron impuestos a sus hijos. El sacrificio ya no era una opción. “Mírame las manos –me decía mi abuelo–. Están cansadas, a vos te espera otra cosa”. Pasaron los años y ahora somos pordioseros. Estamos despojados, parecemos dormidos, no podemos mirar el futuro. La gran diferencia entre la primera y la última generación radica solo en eso, en algo tan simple pero tan complejo al mismo tiempo: la voluntad. Hoy todos habitamos la ciudad, pero no convivimos. Nos alejamos. Entonces me pregunto: ¿qué nos distingue a los viejos de los jóvenes? Los lazos, la sed, la falta de diálogo.
Si uno da una vuelta al centro y mira se da cuenta de que aquellos elementos característicos y más antiguos del municipio son producto de una planificación, de un querer, de una voluntad. Las paredes, cordones, medianeras, ventanas, los semáforos, los carteles, dan a conocer cómo vive una sociedad. Hoy tenemos: edificios altos, bajos, antiguos, iglesias que no están, cada uno de ellos superpuestos uno a continuación del otro, no existe un orden, no existe un bien común, no existe razón social. El Estado se limita a grandes obras que solo persiguen un fin electoral. Obras de alto impacto, muy lejos de estar enmarcadas en una política pública. El norte parece distante. La salud se cae a pedazos, los colegios se llueven. ¿De quién es la culpa? De todos.
Iván González Cortés
DNI 34.141.128
Iván González Cortés
DNI 34.141.128
Allen
“Hoy todos habitamos la ciudad, pero no convivimos. Nos alejamos. Entonces me pregunto: ¿qué nos distingue a los viejos de los jóvenes? Los lazos, la sed, la falta de diálogo”.
Datos
- “Hoy todos habitamos la ciudad, pero no convivimos. Nos alejamos. Entonces me pregunto: ¿qué nos distingue a los viejos de los jóvenes? Los lazos, la sed, la falta de diálogo”.
Juan Bautista Alberdi en un 25 de mayo va a decir: “Sin que pueda decirse que hemos vuelto al punto de partida, nos hallamos como en 1810”. ¿Qué nos faltó para que la utopía venciera la realidad? Allen, cuyo origen parecía tener un destino manifiesto, un deber casi moral de ser algo grande, se quedó, se frustró. Si fuese un amigo le preguntaríamos: ¿qué te sucede? ¿Cómo te encuentras? Hablaríamos en tiempo presente, ni pasado ni futuro.
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