Aferrados al pasado

Redacción

Por Redacción

Cuando el viento sopla a favor, virtualmente todos los gobernantes se sienten superdotados que, a diferencia de sus torpes antecesores, entienden muy bien cómo manejar la economía local. No sólo los dos presidentes Kirchner sino también sus homólogos de otros países, tanto los desarrollados como los atrasados, apostaron a que los buenos tiempos durarían para siempre, ya que, felizmente para ellos, en adelante imperaría lo que llamaban “un nuevo paradigma”, un cambio de reglas que les permitiría pasar por encima de límites antes insuperables puesto que el mundo había dejado atrás la alternancia de etapas de expansión con otras recesivas. Sin embargo, mientras que en los países más avanzados los dirigentes políticos no tardaron en abandonar las agradables ilusiones que se habían difundido antes de estallar la crisis financiera del 2008, en algunos “emergentes” –entre ellos la Argentina y Venezuela– se aferraron a ellas con tenacidad, negándose a considerar la posibilidad de que fuera necesario adaptarse a las circunstancias. Puede que a esta altura los kirchneristas y sus compañeros de ruta chavistas más lúcidos hayan entendido que la economía mundial no volverá a ser lo que era cuando los altísimos precios de los commodities les garantizaban ingresos insólitamente cuantiosos, pero los líderes máximos se sienten tan comprometidos con sus relatos respectivos que se niegan a prestar atención a las advertencias de quienes se animan a decirles que los tiempos han cambiado. Huyen hacia adelante motivados por la esperanza de poder, de un modo u otro, escapar de la realidad amenazadora que les está pisando los talones. Para defenderse, los presidentes Cristina Fernández de Kirchner y Nicolás Maduro están tratando de intensificar los controles de las diversas variables económicas. Quieren que el dólar –mejor dicho, el peso y el bolívar–, los precios de los bienes de consumo y los salarios se sometan a su voluntad. Huelga decir que tales medidas, instrumentadas por militantes a menudo corruptos y casi siempre ineptos, están resultando ser contraproducentes. En ambos países la actividad económica se encuentra en vías de paralizarse y el nivel de vida de sectores cada vez más amplios cae con rapidez. No existe motivo alguno para prever que la situación se revierta. Por el contrario, tal y como están las cosas, parece destinada a continuar agravándose. Si bien la Argentina aún dista de afrontar una “tormenta perfecta” comparable con la que hundió al gobierno del presidente Fernando de la Rúa, la evolución de la economía internacional no la favorecerá en absoluto. Es probable que el precio del producto de exportación estrella, la soja, siga siendo muy superior al corriente antes de la llegada de los Kirchner al poder, pero se ha reducido mucho últimamente y no hay señales de que pueda recuperarse en los próximos meses. Asimismo, si bien la caída precipitada del precio del crudo nos ha brindado algunos beneficios inmediatos, por haberse convertido el país en un importador de energía en el transcurso de la gestión kirchnerista, ha puesto en duda el eventual aprovechamiento de los hidrocarburos de Vaca Muerta que, para resultar rentables, necesitarían que el precio de un barril de crudo superara los 81 dólares. Otros motivos de preocupación son la ralentización del ritmo de crecimiento de China, revés que ha tenido repercusiones negativas en las bolsas de los países desarrollados; los problemas de Brasil, el estancamiento económico de los países de la Eurozona y el temor a que la Reserva Federal de Estados Unidos ponga fin a la era de dinero baratísimo aumentando las tasas de interés, de tal manera privando a los países “emergentes” de inversiones. De lograr la Argentina regresar a los mercados de capitales a inicios del año que viene, luego de alcanzar un arreglo con “los buitres”, descubrirá que los inversores están mucho menos dispuestos a arriesgarse en países poco confiables de lo que hubiera sido el caso algunos meses antes. Por lo demás, aun cuando la influencia del derretimiento de la economía venezolana sea indirecta por ser cuestión de un socio comercial menos importante que otros como Brasil, el impacto psicológico del fracaso de quienes en términos generales comparten la misma ideología no podría sino afectar a los kirchneristas, además de suministrar a sus muchos adversarios motivos adicionales para criticarlos.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.196.592 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Martes 21 de octubre de 2014


Cuando el viento sopla a favor, virtualmente todos los gobernantes se sienten superdotados que, a diferencia de sus torpes antecesores, entienden muy bien cómo manejar la economía local. No sólo los dos presidentes Kirchner sino también sus homólogos de otros países, tanto los desarrollados como los atrasados, apostaron a que los buenos tiempos durarían para siempre, ya que, felizmente para ellos, en adelante imperaría lo que llamaban “un nuevo paradigma”, un cambio de reglas que les permitiría pasar por encima de límites antes insuperables puesto que el mundo había dejado atrás la alternancia de etapas de expansión con otras recesivas. Sin embargo, mientras que en los países más avanzados los dirigentes políticos no tardaron en abandonar las agradables ilusiones que se habían difundido antes de estallar la crisis financiera del 2008, en algunos “emergentes” –entre ellos la Argentina y Venezuela– se aferraron a ellas con tenacidad, negándose a considerar la posibilidad de que fuera necesario adaptarse a las circunstancias. Puede que a esta altura los kirchneristas y sus compañeros de ruta chavistas más lúcidos hayan entendido que la economía mundial no volverá a ser lo que era cuando los altísimos precios de los commodities les garantizaban ingresos insólitamente cuantiosos, pero los líderes máximos se sienten tan comprometidos con sus relatos respectivos que se niegan a prestar atención a las advertencias de quienes se animan a decirles que los tiempos han cambiado. Huyen hacia adelante motivados por la esperanza de poder, de un modo u otro, escapar de la realidad amenazadora que les está pisando los talones. Para defenderse, los presidentes Cristina Fernández de Kirchner y Nicolás Maduro están tratando de intensificar los controles de las diversas variables económicas. Quieren que el dólar –mejor dicho, el peso y el bolívar–, los precios de los bienes de consumo y los salarios se sometan a su voluntad. Huelga decir que tales medidas, instrumentadas por militantes a menudo corruptos y casi siempre ineptos, están resultando ser contraproducentes. En ambos países la actividad económica se encuentra en vías de paralizarse y el nivel de vida de sectores cada vez más amplios cae con rapidez. No existe motivo alguno para prever que la situación se revierta. Por el contrario, tal y como están las cosas, parece destinada a continuar agravándose. Si bien la Argentina aún dista de afrontar una “tormenta perfecta” comparable con la que hundió al gobierno del presidente Fernando de la Rúa, la evolución de la economía internacional no la favorecerá en absoluto. Es probable que el precio del producto de exportación estrella, la soja, siga siendo muy superior al corriente antes de la llegada de los Kirchner al poder, pero se ha reducido mucho últimamente y no hay señales de que pueda recuperarse en los próximos meses. Asimismo, si bien la caída precipitada del precio del crudo nos ha brindado algunos beneficios inmediatos, por haberse convertido el país en un importador de energía en el transcurso de la gestión kirchnerista, ha puesto en duda el eventual aprovechamiento de los hidrocarburos de Vaca Muerta que, para resultar rentables, necesitarían que el precio de un barril de crudo superara los 81 dólares. Otros motivos de preocupación son la ralentización del ritmo de crecimiento de China, revés que ha tenido repercusiones negativas en las bolsas de los países desarrollados; los problemas de Brasil, el estancamiento económico de los países de la Eurozona y el temor a que la Reserva Federal de Estados Unidos ponga fin a la era de dinero baratísimo aumentando las tasas de interés, de tal manera privando a los países “emergentes” de inversiones. De lograr la Argentina regresar a los mercados de capitales a inicios del año que viene, luego de alcanzar un arreglo con “los buitres”, descubrirá que los inversores están mucho menos dispuestos a arriesgarse en países poco confiables de lo que hubiera sido el caso algunos meses antes. Por lo demás, aun cuando la influencia del derretimiento de la economía venezolana sea indirecta por ser cuestión de un socio comercial menos importante que otros como Brasil, el impacto psicológico del fracaso de quienes en términos generales comparten la misma ideología no podría sino afectar a los kirchneristas, además de suministrar a sus muchos adversarios motivos adicionales para criticarlos.

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