Al Assad no es Kadafi pero impone un régimen de terror

Redacción

Por Redacción

Bashar al Assad resiste la rebelión en su contra mucho mejor que Muammar Kaddafi, bajo la mirada de Occidente que lo observa con los brazos cruzados, sin animarse a intervenir como lo hizo en Libia.

Cualquiera que vea hoy las marchas que se realizan en apoyo al presidente sirio, al cumplirse un año de una revuelta en su contra, podría creer que el mandatario se encuentra consolidado definitivamente en el poder.

Esa imagen parcial y confusa contrasta con la de millones de sirios que rechazan la continuidad de la dinastía instalada por el padre de Al Assad, Hafez, hace cuarenta años, que le permitió a Bashar llegar al gobierno en 2000, según videos y denuncias de organizaciones de derechos humanos.

Al Assad no es Kadafi, pero su régimen de terror puede ser comparado con el de otros dictadores árabes. «¿Cuántos más tienen que morir?», preguntó en el Senado estadounidense el ex candidato presidencial republicano, John McCAin.

A pesar de los triunfos del Ejército en Homs, principal bastión rebelde, y en Idlib, la oposición continúa armándose y luchando para derrocar Al Assad, mientras todos los días aparecen decenas de cadáveres de ciudadanos contrarios al presidente sirio.

Actualmente, las tropas del gobierno se mueven hacia la ciudad Deraa, donde hace un año se inició la rebelión, tras la detención y tortura de unos adolescentes que habían pintado la siguiente frase: “El Pueblo quiere la caída del régimen”.

Algunos analistas comparan el caso de Al Assad con el del ex presidente iraquí, Saddam Hussein, quien aplastó una sublevación shiita y kurda en 1991 luego de la Guerra del Golfo, pero fue derrocado doce años después por una invasión estadounidense.

“La oposición está mal equipada, y con pocas esperanzas por el momento de conseguir más armamentos y apoyo político. Ellos tienen sólo pequeñas armas y explosivos caseros para contener a las fuerzas de Al Assad, las cuales en su mayoría permanecen leales al presidente”, dice el periodista Scott Peterson.

En un nota enviada desde Turquía para el diario estadounidense The Christian Science Monitor, Peterson señala que en Libia, «por contraste, la mayoría de los militares desertaron, y la oposición tomó el control del oeste del país, con su cuartel general en la ciudad de Bengazi”.

En medio de esta situación, el enviado especial de la ONU en Damasco, Kofi Annan, pidió al Consejo de Seguridad que supere sus diferencias, especialmente con Rusia y China, para solucionar un conflicto que en un año causó la muerte de más de 8.000 personas y unos 30.000 desplazados.

Considerado por algunos un héroe del mundo árabe, Al Assad respira tranquilo por estos días en que los militares sirios entraron en la ciudad de Homs, principal bastión de los rebeldes, quienes por el momento no logran controlar ninguna zona de Siria.

Apoyado por los alauitas (una rama shiita) y otras minorías que temen al yugo de los sunnitas, el mandatario y su esposa gozan del lujo y de la tecnología, según unos 3.000 correos electrónicos filtrados por la oposición, informó el diario británico The Guardian.

Ni siquiera las declaraciones del secretario general de la Liga Arabe, Nabil Elabary, quien acusó al régimen sirio de cometer crímenes de lesa humanidad, han disuadido al mandatario para que morigere la represión contra su pueblo.

Elabary pidió una investigación internacional independiente en Siria, porque señaló que «no sería ético que quienes cometen matanzas e Homs o Idlib queden impunes». Sin oír las críticas contra su gobierno, Al Assad continúa con su ofensiva militar y convocó a elecciones para el 7 de mayo, tras postergarse los comicios previstos para marzo, luego de triunfar con el 90% de los votos en un referendo el 25 de febrero pasado, para reformar la constitución.

Según la organización Amnistía Internacional (AI), con sede en Londres, la tortura en Siria alcanzó niveles que no se habían observado durante años, con descargas eléctricas y palizas, mediante una metodología que tiene 31 malos tratos contra detenidos.

AI señaló en un comunicado que los testimonios de sobrevivientes de torturas aportan «nuevas pruebas sobre la comisión de crímenes de lesa humanidad en Siria».

A pesar de las denuncias que existen en contra de Al Assad, Estados Unidos y sus aliados conocen perfectamente los riesgos que supondría una intevención militar: los bombardeos de la Organización del Atlántico Norte (OTAN), que favorecieron a los rebeldes que combatían a Kaddafi, dejaron un mal ejemplo en la comunidad internacional.

Después de un año de revuelta, Al Assad logró consolidarse en el seno de las fuerzas armadas, mientras que sólo el viceministro de petróleo, Abdo Hussameddine, se apartó del gobierno sirio.

También se benefició con los dos vetos que Rusia y China impusieron en el Consejo de Seguridad de la ONU, para bloquear una serie de medidas para deponer al mandatario sirio, así como con el apoyo de Irán y de la milicia libanesa de Hezbollah.

Rusia, que tiene un destacamento en el puerto de Tartus, en el noroeste de Siria, sigue vendiendo armamento y combustible al presidente sirio. Pero Al Assad se encuentra aislado entre los árabes.

Kuwait, Qatar, Oman y los Emiratos Arabes Unidos -miembros del Consejo de Cooperación del Golfo Pérsico-, se unieron a Arabia Saudita y a Bahrein para anunciar el cierre de sus embajadas en Damasco.

Agencia Télam


Bashar al Assad resiste la rebelión en su contra mucho mejor que Muammar Kaddafi, bajo la mirada de Occidente que lo observa con los brazos cruzados, sin animarse a intervenir como lo hizo en Libia.

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