Alea iacta est

Gobierno y oposición han cruzado su propio Rubicón. Sólo falta saber quién lo ha hecho en dirección al poder y quién marcha en sentido contrario.

Por Redacción

POLÍTICA

Tal vez la mayor curiosidad del actual tablero político -ya cerrado el plazo para la presentación de alianzas y candidaturas- es que los principales contendientes están donde dicen que querían estar. Allí vemos al oficialismo -con la presidenta como bandera y Zannini como instrumento- defendiendo la “continuidad”, a Macri frente al gobierno, enarbolando su mensaje de “cambio” monocolor, y un poco más atrás aparece Massa ocupando el sitio que le dejaron para su “cambio justo”.

Desconozco la intensidad de las preferencias del líder del Pro para ser presidente en esta vuelta, y no sé cómo medir el valor que le otorga a la preservación de la “marca” electoral de su agrupación, que lo llevó -entre otras decisiones- a avanzar en su carrera presidencial sin una coalición con los sectores massistas del peronismo bonaerense. Tampoco sé cuánto le interesaba realmente al exintendente de Tigre ser parte de una gran PASO opositora o “bajar” a la gobernación de la estratégica provincia de Buenos Aires. Pero creo tener más claro por qué el kirchnerismo luce entusiasmado con la división de la oposición.

Por lo pronto, el oficialismo viene alcanzando los dos objetivos estratégicos que se propuso cuando advirtió que su ciclo político no necesariamente debía terminar el próximo 10 de diciembre. El primero fue generar un artificial (e insostenible) “veranito” económico para lubricar las propuestas de sus candidatos. El segundo fue operar -hasta donde le fue posible- para mantener desunidas a las principales vertientes del cambio, aunque en este último punto contó con la invalorable colaboración de sus protagonistas.

Aunque el horizonte es incierto y la competencia cerrada (una variable que se sale de madre o un candidato que derrapa pueden producir modificaciones significativas del escenario), el Frente para la Victoria se relame con la perspectiva de que sus contendientes se han ubicado en el preciso lugar donde siempre los quiso tener.

En principio, Scioli logra sacarse de encima una incómoda coalición opositora sustentada por votos, punteros e intendentes peronistas que amenazaban con capturar sonoras aspiraciones de renovación pero manteniendo su flexible afiliación al redil justicialista. Acostumbrado desde siempre a flotar en cambiantes y turbulentas aguas, ahora mira de reojo a Zannini del mismo modo que antes observó a Mariotto, mientras ensaya su anhelado nuevo rol frente al espejo trizado de la historia: ¿será el Kirchner de Duhalde, el Cámpora de Perón o el Alvear de Yrigoyen? ¿O tal vez haya que reconocerle alguna originalidad que escribirá con el sudor y las lágrimas (esperemos que no con la sangre) de sus propias letras: el Scioli de Cristina?

Hablando de reinas, la presidenta está de parabienes porque siempre quiso confrontar en solitario contra el ingeniero. Ha construido su personalidad política durante la última década e incluso ha reescrito sin sonrojarse su zigzagueante historia personal, confrontando con lo que ella define como “la derecha”, el “neoliberalismo”, los “malditos años 90” y otros etcéteras por el estilo. Desde allí le será relativamente fácil utilizar el poderosísimo aparato comunicacional del Estado para identificar a Macri con un supuesto regreso al pasado tan temido, e incluso con la pérdida de lo poco que se ha avanzado en materia social. Será un fuerte mensaje que los sectores populares que dependen de un subsidio o de un plan para mitigar el hambre -donde el macrismo tiene muy escasa llegada- escucharán con un tono cercano a la amenaza o la extorsión: ahora están mal pero pueden estar peor.

Curiosamente, en el otro extremo de la escala social, el razonamiento tiene algunas vetas convergentes con el planteo anterior. “Mauricio” siempre será uno de ellos, por familia, por educación, por negocios compartidos, y querrían que le fuera bien; pero la bomba que dejará Kicillof -razonan no pocos hombres y mujeres de negocios- solamente podrá ser desactivada por un peronista (o con una fuerte participación peronista). El gran empresariado que forma el “círculo rojo” raramente se deja impresionar por los dudosos resultados de un “focus group” y calculan con los pies en la tierra y la mano en el bolsillo: el hijo de Franco, sin acuerdos serios con una pata justicialista en la provincia de Buenos Aires, podría -en el mejor de los casos- ganar la elección, pero le será una misión (casi) imposible desmontar la envenenada herencia económica del kirchnerismo con todo el peronismo en la oposición, sin mayoría parlamentaria y con la izquierda enfrentando el ajuste por las calles. Así, los dueños del poder económico han comenzado a recalcular sus estrategias y tal vez terminen descubriendo que más vale pésimo conocido que malo por conocer.

Como la vida nos da sorpresas, en la misma fila de los patrones se alternarán notorios popes nacional-populares de la pluma y la palabra. De aquí en más, el progresismo más o menos K en todas sus formas (desde sus diversos anclajes universitarios a sus coordinados funcionarios intelectuales, pasando por todas las derivas de la patria movilera) encontrarán en Macri la excusa perfecta para terminar apoyando a Scioli y, de paso, conservar la oficina, el programa en la TV “pública” o la generosa financiación a la película. Como ya quedó demostrado que el ingeniero es la derecha noventista que regresa con el ajuste bajo el poncho, apuntalar al exmotonauta noventista es lo mejor que puede hacerse para salvar la “espesura de los hechos”. No me pierdo por nada del mundo la futura epístola de Carta Abierta donde quizá comparen a Karina Rabolini con Juana Azurduy o Rosa Luxemburgo.

Y finalmente, pero no en último lugar, habrá amplias franjas de sectores medios, fuertes críticos del oficialismo pero huérfanos de una representación política definida, que empezarán a transitar por el sendero de la desilusión. Será difícil que los mismos ciudadanos que nutrieron copiosas marchas reclamando un gesto de unidad para hilvanar un acuerdo de la oposición no vean en algunos líderes opositores los principales responsables de un último y frustrado intento de coalición. El gobierno aprovechará el río revuelto para transmutar ese desencanto en serena aceptación de lo irremediable, mientras estimulará por varios medios la dispersión de votos que ya no encontrarán a la mano nítidas alternativas “útiles”.

Dicen que al cruzar el río Rubicón, camino a conquistar el poder de Roma y a contramano de las leyes que le impedían avanzar hacia la capital al mando de tropas, Julio César pronunció la célebre frase: “La suerte está echada” (alea iacta est). A su manera, gobierno y oposición han cruzado su propio Rubicón. Sólo falta saber quién lo ha hecho en dirección al poder y quién marcha en sentido contrario.

Antonio Camou

Sociólogo. Miembro del Club Político Argentino

Antonio Camou