Alerta: genocidio a la vista

Por Redacción

Martín Lozada (*)

Días atrás se produjo la voz de alerta: Raisedon Zenenga, responsable de la misión de las Naciones Unidas en Sudán del Sur (Unmiss), informó que los rebeldes usaron radios locales para transmitir sus mensajes de odio y declarar que ciertos grupos étnicos “no debían permanecer en Bentiu”. Incitaron también a los hombres de una comunidad a cometer “actos de violencia sexual” contra las mujeres de otra población. Tanto es así que Toby Lanzer, el máximo dirigente de la ONU en el país, afirmó que “es la primera vez que somos conscientes de que una estación de radio ha animado a la gente a participar en atrocidades”. De modo que la voz genocida sonó por la radio, dando estímulo a los rebeldes de Sudán del Sur, en su mayoría de la etnia nuer, para incitar el odio y la venganza contra los miembros de la tribu dinka. El resultado es que cientos de civiles fueron asesinados entre el 15 y el 16 de abril en la ciudad petrolera de Bentiu. Situación que evoca a los 100 días que duró el genocidio en Ruanda en 1994, cuando más de 800.000 hombres, mujeres y niños fueron exterminados por pertenecer a la etnia tutsi. Para entonces, los mensajes radiales en aliento al genocidio fueron constantes. Cabe recordar que la Convención Internacional para la Prevención y Castigo del Crimen de Genocidio de 1948, como su propia denominación lo indica, apunta a lograr la prevención del fenómeno genocida. Sin embargo, ninguna referencia hace en su texto en relación con la especificidad de las medidas a desplegar en tal carácter. En función de ello, resulta primordial comprender qué estructuras y sistemas sociales, políticos, económicos y ambientales son capaces de determinar violencias estructurales, así como cuáles son los condicionamientos capaces de generar y propagar actos genocidas. A ese fin, es posible comenzar con el interrogante planteado por Yves Ternon, respecto de cuál es el momento en que un Estado se convierte en genocida. Considera dicho autor que el genocidio constituye el hito final de una crisis anunciada por actos que le son previos y de cuya naturaleza es dable identificar el desencadenamiento del mismo. Aísla, a ese fin, una serie de sucesos cuyos tiempos se superponen, que van desde la discriminación inicial y su posterior paso a las agresiones físicas, a una secuencia programada de destrucción que se vale tanto de la derogación de los derechos cívicos de los miembros del grupo-víctima, como de su desnacionalización, expulsión, deportación, persecución y exterminio. A estas secuencias le subyace un proceso de radicalización ideológica en torno a un principio básico de carácter excluyente, del cual se desprende una visión totalizadora del mundo y su incompatibilidad con los dilemas que el grupo percibido como amenaza le plantea. Leo Kuper, por su parte, ha estudiado qué tipos de sociedades son aquellas con mayor posibilidad de recaer en este fenómeno. Entre ellas se refiere a las “sociedades multiétnicas”, es decir, las que presentan fracciones poblacionales diferenciables desde el punto de vista étnico, nacional, cultural y religioso. Si bien no toda sociedad multiétnica conlleva en su seno un potencial genocida, lo cierto es, según Kuper, que determinadas circunstancias histórico-culturales pueden poner en marcha conflictos de máxima violencia entre esos distintos segmentos humanos. Toma como ejemplo a las sociedades marcadas por la dominación colonial, las que en muchos casos fueron cohesionadas artificialmente pese a manifiestas diferencias en su conformación étnica, idiomática y religiosa. Y destaca que durante ese período de dominación los diferentes grupos fueron consolidando un cierto status quo que, en ocasiones, se vio alterado luego de ocurrido el proceso de descolonización, con el consiguiente malestar de aquellos desaventajados por la nueva coyuntura. El Estado nacional resultante ha supuesto, en muchos casos, el afianzamiento de un determinado grupo en la cúspide de la pirámide social y, simultáneamente, la subordinación de otros. A partir de entonces, el reacomodamiento de aquéllos puede revelar una conflictividad capaz de asumir el rostro de la exclusión, la persecución y también de la masacre genocida. Tras obtener la ansiada independencia del norte en junio del 2011, Sudán del Sur esperaba ver crecer sus ingresos en un 35% a raíz del dinero procedente del petróleo, puesto que 500 empresas de 55 países tenían intención de invertir en el país. Sin embargo, las expectativas de crecimiento no tardaron en verse frustradas a raíz del desencadenado estallido criminal. Juez Penal – Catedrático Unesco en Derechos Humanos, Paz y Democracia.