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Alianza ambigua

Aunque los aliancistas aceptaron a regañadientes la figura de Cavallo, no se muestran comprometidos con lo que representa.





Hay que sentir cierta simpatía por los muchos legisladores de la Alianza que se han visto marginados por el regreso al Ministerio de Economía de Domingo Cavallo. No sólo están obligados a soportar con ecuanimidad aparente las críticas feroces de sus adversarios políticos, de los medios y de muchos ciudadanos enojados, sino que también tienen motivos para suponer que su propio futuro electoral dependerá en buena medida de la evolución de la gestión del hombre que hasta hace poco tomaron por el autor de buena parte de los males del país. De lograr el «superministro» reactivar la economía antes de los comicios de octubre, la Alianza en su conjunto compartirá, si bien no monopolizaría, los beneficios políticos de tal hazaña; en cambio, si los esfuerzos de Cavallo brindan resultados decepcionantes, los más perjudicados serán precisamente aquellos que durante años se le opusieron con vehemencia.

Por supuesto, en un mundo político más racional los integrantes del ala legislativa de la Alianza estarían tratando por todos los medios de convencer tanto a la ciudadanía como a «los mercados» de las bondades de las medidas impulsadas por el ex enemigo mortal convertido en salvador. Lo harían por entender que el eventual fracaso de Cavallo asestaría un golpe demoledor a la UCR, partido que difícilmente sobreviviría a una reedición de la crisis alucinante que truncó la gestión del ex presidente Raúl Alfonsín, a lo que aún queda del Frepaso y, huelga decirlo, al país. Sin embargo, parecería que muchos parlamentarios aliancistas tienen otras prioridades. Un tanto tardíamente, han llegado a la conclusión de que el protagonismo reciente de Cavallo ha sido excesivo y que ellos mismos deberían aportar más al manejo de la economía, participando en las decisiones del gobierno del presidente Fernando de la Rúa y plasmando la estrategia oficial. Dicho de otro modo, quisieran poner algunos palos en la rueda del «superministro» a pesar de saber muy bien que si se las arreglaran para hacerlo demorarían la recuperación del país y en consecuencia reducirían sus propias posibilidades electorales. Al fin y al cabo, es una cosa oponerse a la política económica de un gobierno ajeno, y otra muy distinta proponerse obstaculizar el trabajo de un gobierno que presuntamente es propio.

Aunque Cavallo ha preferido dejar hablar a los legisladores oficialistas sin decir nada que podría irritarlos, no puede sino ser consciente de que la amenaza más grave que pesa sobre sus planes no procede de la oposición peronista formal, sino de las filas de la UCR y del Frepaso. Después de todo, nadie ignora que la razón principal por la cual el «riesgo país» sigue por las nubes consiste precisamente en el temor de los inversores de que «los políticos» -léase, los radicales- consigan frenar todos los esfuerzos por arrancar la economía de su larga modorra. Si bien los legisladores aliancistas han aceptado a regañadientes la figura de Cavallo, por ahora no han manifestado demasiado interés en comprometerse personalmente con lo que representa, lo cual, en última instancia, es lo que más importa. La ambigüedad así supuesta está en la raíz de la convicción difundida de que el gobierno de De la Rúa no posee ni la voluntad ni la firmeza necesarias para impedir que la Argentina continúe hundiéndose.

Desde luego, de haber estado un tanto más dispuestos los radicales y frepasistas a reconocer que en términos generales el planteo cavallista, que en el fondo es «liberal» y «pragmático» a pesar de dejar espacio para algunas innovaciones «heterodoxas» que en el Primer Mundo no sorprenderían a nadie, el país no hubiera llegado a su estado desesperante actual. Pero si bien esto ya parece evidente, el grueso de los políticos profesionales que conforman la Alianza sigue resistiéndose a asumir las connotaciones de su propio fracaso colectivo. Por el contrario, algunos «oficialistas» parecen haberse aferrado con más fervor aún a las ilusiones que deberían haber abandonado diez años atrás y, a juzgar por su negativa firme a formalizar la incorporación a la coalición gobernante del cavallismo, se sentirían reivindicados si por cualquier motivo el ministro resultara incapaz de «solucionar» enseguida los problemas financieros más urgentes del país.


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