Amanecer en Ceibas, entre el mate y la tensión

"Río Negro" estuvo en Entre Ríos, uno de los epicentros de la protesta del campo. Productores lanzaron duras críticas al gobierno y temen a los camioneros apostados en cercanías.

Por Redacción

CEIBAS, Entre Ríos.- En la bajada del segundo puente Zárate-Brazo Largo, la figura del gendarme parado en territorio entrerriano se va recortando con nitidez. Pide «Alto».

-¿Hacia dónde va señor? Si va a Ceibas, le conviene cortar por acá -dice y gira 90 grados marcando un camino a sus espaldas. Camino que el «Atlas de rutas» Firestone define de «consolidado secundario». Se inicia luego de atravesar dos cuadras o quizá tres de un paisaje donde reina la pobreza: precarias casillas de madera montadas sobre pilotes. Todo a 180 kilómetros de Buenos Aires, la «capital de un imperio que no fue», dijo André Malraux.

Cuadras de bares, un cabaret y todo a pura cumbia. Y un cartel: «No hay carne de vaca, no hay arroz, no hay soja, pero hay pescado», reza, y muestra la testa veterana de un surubí que fue vital en tiempos que ya son bíblicos.

El camino sigue. Por la izquierda bordea una ría del Paraná. A lo largo de kilómetros y kilómetros, la costa aparece poblada de faroles de noche en cuyo haz de luz aparecen y desaparecen pescadores artesanales, ganándose el sustento de las próximas 24 horas.

Noche pesada. Húmeda. Negra, como las de Alan Poe. Veinte kilómetros adelante, en el cruce que conduce a a Paranacito, un hombre inmenso hace señas con una linterna. Son las 4 de la madrugada.

-Señor, un minuto nomás -dice mientras una columna de tractores dobla hacia al norte, hacia Ceibas.

-¿De dónde viene? -pregunta, mientras invita con un mate inmenso, una pata de vaca con la calabaza adentro,

-¡Río Negro!… Yo hice la colimba por allá, en Covunco; luego me mandaron a Junín. Estuve a cargo de las mulas… Morfan todo el día y yo todo el día dándoles de comer. Fue hace un montón de años. ¿Conoce no? -dice y sigue hablando.

-Un fin de semana franco, con un chaqueño, quisimos conocer Neuquén. Nos fuimos a dedo. Paró una camioneta con un chofer y dos tipos grandotes de caras largas, aburridas. No hablaban. En un boliche, nos compraron dos de salame y queso y nos dejaron en Neuquén. Ellos estaban dormidos. Yo miré al chofer… «Es el gobernador Sapag y un hermano», me dijo -señala el hombre y se despide. Tiende la mano. Se llama Azcueta.

Y deja el mate de regalo.

A las seis de la mañana amanece en Ceibas.

-En el censo del 2001 teníamos 1.400 habitantes, ahora debemos andar por los 1.800 -dice el intendente Edgardo Traba.

-Creció, claro, con la devaluación del 2002. El campo venía bien; Ceibas es el campo, vivimos de él -señala con el rostro denunciando noches sin dormir.

-¡Cómo son los periodistas, no! -agrega sin disgusto.

-¿Por qué?

-Se lo pasan preguntando si la gente del campo está armada… ¡Por favor. Yo no las vi! -señala.

-Tanto es el campo para nosotros que hasta el aceite con el que hacemos papas fritas y milanesas lo guardamos para darle a los postes -señala una regordeta de batón de percal que ha escuchado la conversación en la vereda de la intendencia.

-De su mano derecha cuelga un canasto con no menos de media docena de termos.

-Es para los muchachos del piquete… Mire si seremos campo -dice y muestra el índice de la mano izquierda muy rebanado y con décadas de cicatrizado.

-Me crié pelando pollos -dice mientra escucha a un nieto que desde una camioneta le grita:

-¡Vamos abuela!…

A las 7, sobre la Ruta 12, el piquete está a pleno. La noche no fue fría. Y para los que lo fue, se amortiguó con fogones. Corren el mate, café, pan caliente y manteca de campo.

Desde la pertenencia social no hay una tipología estándar de piqueteros. Los une el reclamo contra las retenciones, pero los diferencian los intereses en juego. Abundan los jóvenes vestidos con camisas y bombachas de El Cardón y aquéllos con prendas adquiridas en tiendas que orillan los ramos generales.

Los hay propietarios de tierra de cultura largamente rentística. Y lo hay arrendatarios condicionados por aquello que Carlos Pellegrino definió como «suertes mil» cuando se puso al campo argentino a sus hombros para lucha contra la langosta.

Y los hay peones con paga en blanco y los más con paga en negro.

Los enojos hacen blanco en el ministro Aníbal Fernández.

-Ahora dice que el cortar rutas es dañar derechos. ¿Por qué no se lo dice a sus propios piqueteros? También irrita aquí el presidente de la UIA, Lascurain:

-Chupamedias del gobierno… ¡La UIA sólo existe si hay subsidios del gobierno!

A media mañana, siguen llegando respaldos de Paranacito, Villa Paranacito, Sagastume.

Todo es decisión. Todo es cohesión. Todo es emoción.

-Esto es un nuevo «Grito de Alcorta» -le dice al periodista Oscar Gómez Castañón el presidente de Pampa Sur.

Comparación absurda. Demagógica. Fundada sólo en pura intención, que no resiste la más mínima analogía entre aquel hecho de la primera década del siglo anterior y este movimiento.

A 40 kilómetros al sur de Ceibas acampa la brigada de Moyano. Carpas verdes, remeras verdes. Cambio de colores: en los '70, el ultraderechista Brito Lima dotaba a sus huestes de remeras negras. Era el Comando de Organización.

Unos y otros, hombres de músculos duros. Y cerebro apto para obedecer.

 

CARLOS TORRENGO

(Enviado especial)