Amnesia crónica
La verdad es que la economía nacional se ha estado deteriorando desde hace por lo menos un siglo.
El presidente Fernando de la Rúa tiene razón al inculpar a los gobiernos anteriores por «el endeudamiento de arrastre y el gran déficit de la Nación» y al señalar que la «crisis estructural es de antes», pero la mayoría tomará sus palabras por un intento patético de minimizar su aporte, que a su juicio ha sido decisivo, a la situación calamitosa actual. Es que nuestra memoria histórica suele ser asombrosamente corta. Por razones electoralistas, tanto los políticos como sus partidarios se esfuerzan por hacer pensar que antes de una fecha muy reciente el país era un auténtico Edén, con el resultado de que hay aliancistas que se las han arreglado para convencerse de que Raúl Alfonsín legó a Carlos Menem una economía floreciente. Asimismo, son muchos los progresistas que imaginan que los problemas económicos del país comenzaban con el golpe militar de 1976 o, quizás, con aquel de diez años antes, aunque en ambos casos una crisis económica exasperante estaba en la raíz de la voluntad de sectores muy amplios de alejarse del sistema democrático.
La verdad es que la economía nacional se ha estado deteriorando desde hace por lo menos un siglo, aunque durante muchos años pocos se dieron cuenta porque el superávit agropecuario era suficiente como para distraer la atención a las deficiencias crecientes en otros ámbitos. Peor aún, la opulencia aparente del campo permitía a los políticos anteponer el reparto de la riqueza a su creación, inaugurando una tradición despilfarradora que dista de haberse agotado. Por el contrario, al difundirse entre los políticos la conciencia de que las fuentes de dinero podrían resultar limitadas, su reacción consistió no en optar por manejar el gasto público con más cuidado, sino en negar la realidad con histeria creciente, fenómeno que sabrán explicar los muchos psicólogos del país. De todos modos, andando el tiempo la «crisis estructural» se profundizaría hasta resultar tan grave que solucionarla hubiera exigido cambios tan traumáticos y tan poco populares que acaso sea comprensible que los líderes de casi todos los movimientos políticos hayan preferido pasarla por alto para achacar los males más evidentes a sus adversarios inmediatos.
Por ser cuestión de una necesidad política, el cortoplacismo ya constituye un elemento básico de lo que podríamos definir como la ideología nacional pero, desafortunadamente para el gobierno actual y para el grueso de los habitantes del país, ya no se trata de lo que podría ocurrir dentro de un año o un par de meses sino de mañana mismo. En efecto, a partir de mediados de noviembre no han faltado personajes eminentes que han estado dispuestos a afirmar que estamos en vísperas de cambios económicos y políticos drásticos, lo cual, huelga decirlo, ha contribuido a provocar no sólo malestar sino también brotes de pánico. Con todo, aunque la cercanía ya alarmante de lo desconocido no ha supuesto que sin excepción los dirigentes políticos estén procurando pensar con más lucidez y serenidad, algunos parecen haber entendido que luego de tantas décadas en las que ellos o sus precursores han tomado «la crisis» como el producto desastroso de errores cometidos hacía muy poco, les convendría pensar en reformas menos superficiales que las habitualmente planteadas. Siempre y cuando dichos dirigentes reconozcan que la Argentina tendrá que manejarse en un mundo democrático que seguirá siendo más capitalista que socialista, su voluntad tardía de hacer frente a las causas básicas de una crisis que ha dejado perplejos a una multitud de estudiosos de otros países desde los años cuarenta del siglo pasado podría resultar fructífera. Incluso podría ser el germen de un «proyecto nacional» a la vez viable y digno, lo cual sería una novedad agradable en una sociedad que, trágicamente, ha fracasado colectivamente en tantas ocasiones que ha engendrado una extraña especie de nacionalismo negativo que se caracteriza por la convicción orgullosa de que, cuando de hacer mal las cosas se trata, la Argentina es imbatible, y que puede ofrecer como prueba el haber dejado atrás a Nigeria para encabezar con comodidad la liga de naciones que ostentan los índices de riesgo país más elevados de la Tierra.