Análisis: Maridaje político-religioso sin disimulo




La conquista de votos vía la poderosa grey evangélica ha sido -desde antiguo- tentación y realidad de las agrupaciones políticas en el país.

Los intereses son, en realidad, simbióticos:

• las plataformas evangélicas vienen fortaleciendo su capacidad de influencia en la agenda pública, con el inocultado objeto de alcanzar espacios de poder. El desamparo espiritual suele emerger como la justificación exacta para un socorro espiritual en tiempos turbulentos.

• no pocos partidos políticos ven al colectivo evangélico como una vertiente clientelar apetecible por su fuerte labor social y un claro dominio del espacio mediático.

Pero la mimetización de intereses a veces no ayuda al afianzamiento de la pretendida condición de un Estado laico, neutral de cualquier credo u organización religiosa.

Sabemos que la Constitución aún requiere de precisiones en su articulado para formalizar legislativamente lo que se predica en la teoría y lo que constituye un avance mundial: un Estado que no acepte injerencias de confesiones religiosas -sean cuales fueren- en los tres poderes del Estado. La fe religiosa queda reservada a las convicciones humanas íntimas, libres de coacción.

En definitiva, el Estado es de todos, no de una religión en particular. El laicismo es cultura de libertad, tolerancia y diversidad.

En Río Negro, y a contramano de los avances seculares, las acciones electorales del partido gobernante asociadas a un credo religioso se hacen ya sin disimulo.

La presentación en sociedad de la figura de la ahora gobernadora electa Arabela Carreras, cuando asomó a su candidatura por impedimentos legales de Alberto Weretilnek, se hizo durante un Encuentro Cristiano Evangélico. Ocurrió en marzo ante 1.200 pastores y fieles evangélicos, en Roca. Allí mismo el gobierno entregó personerías jurídicas a sus núcleos locales y, horas después, un generoso subsidio.

El fin de semana pasado se repitió un escenario evangélico para aplaudir y apuntalar las candidaturas legislativas de la funcionaria Mónica Silva y del ex ministro Luis Di Giacomo. La oportunidad fueron las jornadas “Arte y espiritualidad”, que se realizaron en el IUPA bajo auspicio de la misma Universidad. Su rector normalizador, Gerardo Blanes, es legislador electo por Juntos. El vicegobernador electo Alejandro Palmieri estuvo también presente.

El hecho de que el acontecimiento de un credo evangélico se realizara en un espacio universitario no tendría mayor significación si no fuera porque -más allá de la actuación de los grupos y solistas y del Coro Góspel- las presencias y discursos tuvieron un claro matiz partidario. Pastores y políticos/funcionarios presentes se pronunciaron con vehemencia en favor de una prolongación de Juntos Somos Río Negro en el poder. “Vienen tiempos de bendición y buenas cosechas en la provincia”, dijo uno de los líderes del encuentro. Otro ponderó desde el palco el “acercamiento de la iglesia y el gobierno sin prejuicios”, pese “a muchas críticas que se escucharon previo al encuentro”.

La transfiguración de una jornada cultural en un mitin político puede resultar engañosa a los ojos de espectadores no avisados. Pero la presencia de representantes del Estado en una jornada religiosa y proselitista enciende alarmas mucho más sonoras.

Se induce a doble confusión: la de gobierno-partido cuando hay funcionarios y recursos públicos en un acto político, dentro de una universidad pública. Y la de gobierno-religión cuando se auspicia públicamente y sin rubor un maridaje que colisiona con los principios de laicidad.

El patrocinio universitario oscurece más el escenario, considerando la dependencia presupuestaria del IUPA con el gobierno rionegrino y la condición partidaria de su rector. Simultáneamente abre el dilema sobre cómo garantizar que se cumplan las consignas educativas esenciales de esta institución acreditada.


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