ANÁLISIS: Nadie vende dólares, se hunde el peso



MERCADO FINANCIERO

Por Hugo E.Grimaldi

El dólar llamado “blue” tomó una inusitada altura, tras las medidas oficiales de endurecimiento de las compras de paquetes turísticos, pasajes y transacciones por Internet. Una vez más, las autoridades se han pegado un tiro en su propio pie.

La memoria colectiva sabe que la próxima movida será hecha por algún caracterizado miembro del Gobierno quien saldrá a decir circunspecto que se trata de “un golpe de mercado” destinado a producir un “ajuste”. El viejo truco para intentar que los campeones de la mala praxis se conviertan en víctimas.

Ya pasaron los tiempos de difundir que la suba era una cuestión “estacional” o que no había que darle importancia al asunto porque se trataba de un “mercado muy chico” y así justificar, desde las formas, el gran problema de fondo de toda la cuestión: la inflación.

Aunque no se reconzca, es la inflación la que, tratada desaprensivamente con mentiras estadísticas y con los parches del congelamiento, distorsiona todo a su paso, deja flaca las billeteras y torna cada día menos competitiva la economía.

La suba del dólar marginal y la brecha cambiaria que han volado esta semana no son causa de operadores inescrupulosos, sino que son consecuencia de las malas políticas.

Claro que echarle la culpa al “mercado”, una entelequia oscura que mueve al tremendismo porque nadie sabe dónde está, es muy interesante como argumento para quienes no comprenden de qué se trata esto de votar a diario y para quienes creen que las regulaciones todo lo pueden. Pues bien, ha quedado demostrado una vez más que no todo lo pueden.

Que un dólar cueste en el mano a mano entre operadores cerca de 9 pesos porque nadie quiere vender, representa mucho más que el precio de una mercadería. Significa realmente que el valor del peso se ha desparramado por el subsuelo, ya que con esa cotización, la moneda local sirve apenas para comprar un poco más de 11 centavos de dólar.

Por ahora, se trata de falta de oferta de billetes; la próxima estación será la de la huída plena del peso.

Los tiempos de Raúl Alfonsín o aún los de la híper que padeció Carlos Menem en los primeros meses de su gestión fueron iguales. Tras la corrida cambiaria, luego vino la caída de depósitos y la búsqueda de bienes como cobertura.

La carrera que imponen los funcionarios que suponen que el remedio es el correcto, cuando en realidad está intoxicando al paciente, no convence a nadie porque no se trata de una medicina integral.

El Gobierno no se plantea encarar una solución así porque sería tirar por la borda su relato de “década ganada”, ya que se mezcla la necesidad de volver a las fuentes del primer gobierno K con la palabra “ajuste”.

Sin embargo, lo que nadie quiere reconocer es que no hay un modo más doloroso de hacer un “ajuste” que con la inflación. Creen que no se nota, porque no se anuncia en un plan, pero allí está y se muestra agazapada en la pérdida de empleos y en la pobreza.

Cómo llegar al “hambre cero” y a la “desocupación cero” si sigue Cristina en 2015 es la gran incógnita que el Gobierno deberá explicar. Así, con este esquema no se puede. Ni el Papa puede. (DyN)


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