Anecdotario bajo techo en las alturas andinas
Una recorrida por la memoria y apuntes que sobreviven como testimonio de las andanzas por las montañas australes, en donde cada refugio encierra un sinnúmero de anécdotas. Episodios emocionantes de una historia llena de personajes enamorados de la cordillera. Hubo hechos trágicos y otros heroicos. De esos acontecimientos surgieron figuras legendarias que pasaron a engrosar la rica historia que hoy se recuerda en esta página.
De boca de viejos caminadores de montaña y ex escaladores del Nahuel Huapi que hoy pudieran trepar hasta alguno de sus refugios andinos, se escucharían -en ese propicio clima bajo techo y junto al fuego-, recuerdos que merecen ser compilados in extenso. El caldeado encuentro rescataría emocionantes episodios transcurridos en las alturas montañosas de la región de los lagos, ya sea de protagonistas a pleno aire libre, de otros agazapados en las empinadas rocas o bien de cada uno de los integrantes de «cordadas» que avanzan sobre paredes de hielo o campos de nieve que se desbarrancan junto a los abismos como en la foto de esta página.
Lo fantasmagórico
Si el encuentro sucede en el refugio Emilio Frey a 1700 metros, inaugurado el 17 de febrero de 1957 frente a la laguna Toncek (por T. Pangerec , caído en el cerro Paine junto a Heriberto Schmoll el 17 de enero de 1954) mientras los postigos de las ventanas se sacuden, puede ser que la narración se vuelva fantasmagórica. Si se evoca la construcción del refugio Manfredo Segré junto a Laguna Negra, es imposible despegar la memoria de Manolo Puente, y de otro enamorado de Bariloche, Manfredo Segré, que se mató en un accidente en Europa. Tampoco olvidar a Marino Mazeo, yerno de Manfredo y escalador obsesivo -se operó los oídos para anular el vértigo- que corrió en viaje relámpago desde Buenos Aires a Bariloche para subir al refugio con pintura y pinceles para embellecerlo: chocó y se mató en la ruta.
De charlas entre memoriosos en tren de tertulia, surgirían figuras legendarias como la del doctor Rodolfo Venzano, quien frecuentó las montañas y refugios barilochenses, pero ya en 1935 creó la Sección Bolsón del CAB, apéndice de corta vida. Venzano sin desligarse del CAB se instaló en El Bolsón y fue pionero del club Piltriquitrón y su refugio. Logró que funcionara hasta 1946 una Comisión de Andinismo, idea fraguada por entusiasmo compartido con Laura Crociati y Jovita Menéndez, Cipriano Almeria, Teresio Guasco, Florencio Azcona y el propio Venzano. El propio Emilio E. Frey alentó al grupo encabezado por Venzano para transformarlo en el club Piltriquitrón. Se fundó el 10 de abril de 1946 y al día siguiente inició la construcción del primer refugio de troncos. En su primer año llegó a tener 22 socios, lo presidió el propio Venzano y lo secundó Enrique Moreno.
Venzano también resultó autor cartográfico de la región -incluido un detallado mapa de El Bolsón-, para lo que recorrió minuciosamente las montañas y valle aledaños al punto de estar supeditado a las señales de humo convenidas para retornar al pueblo en caso de una urgencia médica.
El plan de don Federico
Federico Graef, en cambio nada tuvo que ver con Bariloche o El Bolsón. Si bien era un patagónico por adopción y había trabajado en la etapa pionera de la explotación petrolera en Comodoro Rivadavia. Ya mayor, con algún achaque de salud apareció en San Martín de los Andes. Fue quien sugirió en ese mismo 1946 construir un refugio en el cerro Chapelco, no sólo por considerarlo un lugar estratégico para las travesías veraniegas, sino también como albergue de esquiadores a quienes la trepada invernal sin medios de elevación les resultaba un agobio.
Hasta que no estuviera erigido el refugio propuesto, los amantes del esquí de San Martín de los Andes preferían aguardar las grandes nevadas y viajar hasta poco antes de Chapelco para experimentar bajadas en el cerro Pil-Pil; o también en la Cuesta de O»Grady. El proyecto de Graef tuvo su eco, sobre todo entre entusiastas como eran Francisco Quico Leotta, Manolo Gómez y Willy Hassler, entre otros. Se inauguró en el verano de 1948. Desde entonces permanece -con su característica torreta para las «grandes nevadas» que ya no se precipitan- como el único símbolo vivo de los viejos tiempos.
Aparecerían en la tertulia convocada, los vigorosos perfiles de Alex Hemmi, de Gregorio Ezquerra, de Davorin Jereb (Martin), de Dinko Bertoncelj, de Toncek Pangerec y del casi indestructible Otto Weiskopf, entre muchos otros. De este último se recordarían muchas proezas, como en un gélido viaje austral para la primera expedición invernal al Fitz Roy, ya que Weiskopf hizo de criquet bajo a camión canadiense bautizado como Dumbo (al jeep que volcó varias veces lo bautizaron Tumbo). Cuando en 1965 dos andinistas lugareños cayeron atados desde el Pico Argentino por centenares de metros -Luciano Pera y Jorge Graziozi-, el primero de ellos (otro indestructible, hoy asociado en la organización del Trekking de Hielo de las cercanías de lago Rico y lago Argentino) no sólo no se rompió todos los huesos, si no que abrigó a Graziozi -muy quebrado- y marchó hasta desmayarse en el glaciar no lejos del refugio. Weiskopf, que estaba junto al fuego, apenas distinguió a quien resultó ser Pera, fue en su busca, lo atendió y luego marchó y trajo al hombro a Graziozi hasta el viejo refugio del Tronador. Lo salvó.
Gambrinus – Ideal
En el Bariloche de los años «40, el cruce de Mitre y Rolando era un lugar de postas inevitables para quienes quisieran planear una salida de montaña o toparse con un guía de talla y preceptos alpinos. Es que enfrentados en un eje NO – SE, lucían sus fachadas -de más de cinc y madera que de mampostería sólida- el restaurante Gambrinus y el Bar Ideal, preferidos de algunos montañistas. Funcionaban como dos estratégicos paradores antes que alguna de las chocolaterías que acapararon la calle Mitre comenzara la disputa por ganarse al turismo goloso. La única oferta de la delicia morena en los viejos tiempos se ofertaba en la confitería llamada nada menos que Tronador. Para principios de los años «60 también vendían allí el Panforte Fenoglio y la delicatessen Besos de Bariloche, al tiempo que las parejitas en viaje nupcial compraban el disco grabado por un saxofonista de El Palenque titulado Luna de Miel en Bariloche. En la confitería Tronador de la calle San Martín , detrás del Centro Cívico, también se despachaban helados.
En mérito a la estricta verdad, es cierto que ya entonces y aún desde tiempo atrás, sobre la calle Mitre, pero lejos del centro, la confitería de Carlos Tribelhorn era la única y pionera que vendía bombones.
El bar Ideal estaba presidido por una salamandra -en medio del salón- y su único audio estaba proporcionado por el crujir del entablonado piso cada vez que el mozo cruzaba la inmensidad del salón enarbolando la bandeja hasta la mesa de un famélico mochilero-andinista.
Los montañistas lugareños también concurrían a discutir sus planes de escalada. No pocas victorias cumbreras fueron festejadas en el Gambrinus, donde solía comer -o libar- el legendario guía especializado en los glaciares del Tronador Alex Hemmi. Hablaba en un sentencioso y escaso castellano y recordaba su amor en tierras lejanas a donde finalmente retornó para dejar un abultado anecdotario que ya languidece en la memoria oral y los testimonios escritos que perduran en las Memorias del CAB (también una piqueta que solía exhibirse en el Museo Patagónico del Centro Cívico de la ciudad lacustre).
No era difícil también encontrar a Hemmi en el viejo y destruido primer refugio del Tronador, un abovedado albergue que se destinaba originalmente a ocho montañistas pero que llegó a superplobarse de tal manera que padecía una elevación térmica interior inaguantable. Como tuvo infinidad de filtraciones y las lluvias contribuían al malestar general de los hospedados, se lo calafateó como a un viejo casco náutico y hasta ganó una capa totalizadora de alquitrán. Cuando desbordante de escaladores y excursionistas, el pequeño edificio enfrentado a los glaciares hervía, era alquitrán -y no agua- lo que goteaba sobre tanto montañista durmiente.
(Continuará)
fnjuarez@interlink.com.ar
Curiosidades
* En esta semana, pero hace un siglo, el rumor todavía carente de precisiones, corrió velozmente desde vagos informes de corresponsales de diarios asentados en Londres y , junto con el mutismo que campeó en la Casa Rosada, alimentó las tertulias crepusculares y cotidianas que acostumbraban los políticos e intelectuales de entonces poblando cafeterías de Avenida de Mayo y la zona de Congreso. Exactamente fue el 9 de octubre de 1902 que se supo que la Corona Británica habría fallado en el laudo arbitral por el conflicto limítrofe con Chile. La versión no pudo ser confirmada por ningún funcionario gubernamental, pero se supo que la enorme extensión del Seno de Ultima Esperanza había sido adjudicada a Chile y lo que Argentina había ganado como consecuencias del mismo conflicto, no había trascendido.
* Al día siguiente, 10 de octubre, se supo que el fallo arbitral estaba listo y se espera que el presidente de la comisión volviera a Londres para firmarlo, algo que sucedería el 26 de octubre. También se confirmó que Ultima Esperanza quedaba para Chile y Argentina se quedaba con la región del Lácar y el Valle 16 de Octubre, asiento galés próximo a la aún no fundada ciudad de Esquel.
* En esos mismos días de 1902 los compradores chilenos de ganado vacuno habían cruzado la cordillera y en los territorios neuquinos, rionegrinos y chubutenses detectaban los mejores lotes de terneros.
* De la Confluencia partía al mismo tiempo el alférez Enrique Lavalle al frente de un convoy del regimiento 3 de caballería y equipos militares con rumbo a San Martín de los Andes.
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