Aprendices de brujo
Aún no hay señales de que se esté por implementar un "plan" sobrio, realista y sistemático para restaurar la confianza. Hasta ahora, sólo se reaccionó frente al susto del día.
En un esfuerzo por ubicar la crisis económica en un contexto que les parece comprensible, muchos políticos han elegido tomarla por una batalla más de una guerra interminable entre «la producción» por un lado y «las finanzas» por el otro, esquema rudimentario en que, suponen, todos los hombres de bien se solidarizarán con la primera oponiéndose a la codicia sin límites de los «usureros». Desgraciadamente para los que piensan de este modo casi medieval, las cosas distan de ser tan sencillas. Como la experiencia de las semanas últimas deberían haberles enseñado, un país que trate de funcionar mucho tiempo sin un sector financiero confiable se asemejará a una persona que se niega a respirar por motivos esotéricos. Lo comprendan o no los comprometidos con planteos populistas, los bancos realmente son necesarios, de suerte que prescindir de ellos no constituye una opción.
Además, los más perjudicados por la inseguridad financiera no suelen ser los ricos, categoría en la cual se encuentra el grueso de nuestra clase política cuyo talento para enriquecerse a costa de los demás es célebre. Los ricos, y los políticos que tienen acceso a información vedada a los no privilegiados, saben muy bien cuidarse en tiempos turbulentos. Lejos de sentirse comprometidos con la estabilidad, muchos prefieren el caos porque les brindará un sinfín de oportunidades para lucrar. En cambio, los integrantes de la clase media «normal» y, huelga decirlo, los pobres se encuentran indefensos. Por supuesto que los más castigados por el «corralito» que fue ordenado a fin de frenar una corrida bancaria no han sido los que han podido retirar sus mil pesos mensuales, sino los que nunca han entrado en un banco pero dependen por completo de los gastos en efectivo de los más acomodados. De insistir los políticos en hablar y actuar como si se creyeran combatientes que participen en una guerra contra la «usura», pues, lo único cierto es que lo mismo que en tantas otras ocasiones la enemiga triunfará, dejando arruinados a millones de personas, eventualidad que acaso no preocuparía a algunos que confían en su capacidad para transformar la angustia ajena en beneficios personales, pero que debería motivar cierta inquietud entre sus congéneres más decentes.
Los exabruptos demagógicos dirigidos contra la banca de Eduardo Duhalde y algunos colaboradores ya han provocado perjuicios muy graves al país y por lo tanto a sus habitantes. Aleccionados por las primeras medidas que han sido improvisadas por el gobierno, economistas, funcionarios y políticos en el resto del mundo están llegando a la conclusión de que las palabras pronunciadas por el presidente no han estado destinadas a aplacar a los extremistas o nostálgicos, sino que reflejan fielmente su manera de pensar, lo cual, como es natural, sólo ha servido para que los interesados en armar un «paquete de rescate» para la Argentina lo hayan suspendido hasta nuevo aviso, lo cual es una pésima noticia para los deseosos de minimizar los costos del desastre.
Ya antes de producirse el «default», los gobiernos e instituciones financieras del resto del mundo entendían que no valdría la pena enviarnos más dinero porque sólo serviría para permitirles a los políticos demorar aún más las reformas que serían necesarias para que el país pueda recuperarse. Con todo, esperaban que en un momento la crisis se haría tan dolorosa que los contrarios a prestar atención a los déficit se verían constreñidos a cambiar de actitud. Sin embargo, lo que ha sucedido a partir de la designación de Duhalde habrá enseñado a los dispuestos a ayudarnos que en el fondo su fe en el valor pedagógico de un colapso económico fue tan ingenua como su convicción de que un día un gobierno argentino comenzaría a cumplir sus promesas. Aún no hay señales de que las autoridades estén por implementar un «plan» sobrio, realista y sistemático con el propósito de restaurar la confianza. Hasta ahora, sólo han reaccionado frente al susto del día, modificando algunos detalles del régimen financiero después de cada cacerolazo y formulando previsiones que serán abandonadas el día siguiente, mientras que políticos irresponsables hablan de la conveniencia de dejar caer a un par de bancos, quizás por suponer que los únicos perjudicados serían los banqueros.