Argentina persiguió el triunfo, lo atrapó y tiene un pie en Alemania

Derrotó a Colombia con mucho esfuerzo.



Fue un triunfo lleno de esfuerzo, transpirado y justo. Un 1 a 0 que deja a Argentina en la escalera del avión que va a Alemania.

Una postura audazmente ofensiva, con cuatro defensores -ergo: regreso a la línea de cuatro- pero con dos de ellos, los laterales, yendo por las bandas de manera incesante. Luego el mediocampo, con jugadores de excelente pie, típicos representantes de la escuela argentina. Y arriba dos delanteros feroces, de los mejores que han salido en los últimos años.

El banquete, entonces, estaba servido. ¿Sería Colombia el pato de la boda? ¿Soportaría la presión o se convertiría, cuando nadie lo hubiera esperado, en el aguafiestas de la noche?

Algo estaba claro, al menos en el inicio del duelo de Núñez: los cafeteros se plantaron con actitud en el césped de River, concentrados, jugando con la intensidad y la fe de los convencidos en su causa.

Argentina, eso seguro, debía extremar sus recursos para sacar adelante el partido. Tenían que aparecer Riquelme y "Lucho". Por eso fue importante, pese a que no pasó a mayores, que Román, pasado el cuarto de hora inicial, encarara hacia el área y fuera derribado. Su tiro libre se fue altísimo, pero significó, al menos de manera tangencial, un aviso de presencia.

Colombia no aminoraba ni un ápice su presión en mitad de cancha, estropeando el circuito que podían construir Román-"Lucho"-Cambiasso. Ya no había dudas cerca de la media hora de juego: el equipo amarillo estaba jugando "el" partido del año.

El dibujo de Pekerman dejó un equipo largo en la cancha, que caía una y otra vez en la trampa colombiana, en su absorción, su inteligencia para marcar, con Yepes y Córdob como figuras. No en vano el conjunto de Rueda llegó al partido con el arco menos vencido, demostrando, anoche, esa condición de invulnerabilidad.

Hasta que, al borde del fin del primer tiempo, Vargas se fue expulsado. La falta de esa pieza, fundamental en el engranaje caribeño, colocaba un halo de duda sobre la rigidez del esquema.

Para entonces, Colombia ya tenía sus espaldas apoyadas en el borde de su área, defendiendo con nueve hombres, atándose a la esperanza de una contra.

Argentina, como era de esperar, iba e iba. Su empeño y coraje se sintetizan en la figura de Sorín, el capitán que desborda optimismo y actitud.

Pero, aún con 10, Colombia siguió jugando al límite, dejando la vida en cada pelota, raspándose para no soltar el empate. La imagen era muy similar a tantos otros partidos de la era Bielsa: un equipo, Argentina, yendo al ata-que con furia, a veces repitiéndose o apelando al centro como método, pero desesperado por ganar, por torcer esa histori de felicidad que parecía serle esquiva. Y otro equipo, Colombia, aferrado a una postura ultradefensiva, que se intensificaba hasta volverse descaradamente conservadora. Era su negocio, y lo llevaba adelante sin tapujos.

Para entonces, el dominio argentino era abrumador.

Y de tanto ir, al fin se desató el delirio: tocó Román, centreó Galletti y Crespo, el dueño del gol, la mandó adentro.

Una enorme red de alivio cayó sobre Nuñez. La tensión seguía, pero ya no con el pliegue desesperado que tenía antes.

Argentina siguió yendo, y bien pudo aumentar. Pero el camino siguió atascado como hasta entonces. La diferencia era suficiente. Los tres puntos, fundamentales y necesarios, se quedaban con quien más los merecía. (AR)

Nota asociada: "Estoy bien, estoy feliz" En La Paz o en Núñez, Galletti resulta fundamental

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